En las últimas décadas se había avanzado mucho en torno a la reducción de la desigualdad en las organizaciones. La tendencia buscó mejorar las condiciones de trabajo y de vida de los colaboradores. Hasta el lenguaje y las nomenclaturas se modificaron: ya no se dice empleado: los trabajadores son integrantes de un equipo; ya no hay secretarias, hay asistentes. Se achataron las estructuras jerárquicas, se eliminaron muchos mandos intermedios, se establecieron canales de comunicación directos, se dio acceso a puestos de trabajo a personas con independencia de su género, etnicidad, discapacidad, preferencias. En fin, se avanzó con el fin de alcanzar niveles de productividad incluyentes.

De todo ello hemos sido testigos quienes nos hemos dedicado a los temas de administración de empresas y gestión de negocios. Hemos visto la transformación que ha sufrido el concepto empresa a raíz de la reflexión planteada sobre su identidad. En los tiempos de Taylor y Fayol, la empresa era casi sinónimo de fábricas y de procesos industriales, con los humanistas se buscó dar comodidad al trabajador en el espacio de trabajo, con Mary Parker Follet se estudió la disposición de la máquina y del lugar de labor para facilitar los movimientos de las personas. Sin embargo, fue hasta que llegaron los sistemas de gestión por competencias que las características de la persona se pusieron en primer lugar. Se posibilitó el dialogo del talento humano con el plan estratégico. Hoy, las habilidades, actitudes y desempeños del individuo se sitúan frente al reflector y se ponen al servicio de la productividad.

Sin embargo, siempre es más fácil destruir que crear. Los avances se convierten en retrocesos y las reglas del juego cambian cuando el mercado nos enfrenta a crisis económicas, escases de trabajo, subempleo y opciones limitadas. Entonces, con condiciones poco favorables, la tiranía mete los bigotes en el escenario y muchos caen en la tentación. El autoritarismo es el ejercicio abusivo de la autoridad. La autoridad es la facultad de dar instrucciones a personas que están bajo su mando. Los conceptos son parecidos, pero no son iguales. La autoridad busca la organización de los recursos disponibles para darles un uso eficiente, mientras que el autoritarismo tiene como fin intimidar y generalmente es un impulso irracional que no repercute en la productividad.

Los ejemplos de autoritarismo recorren el mundo: desde el más evidente que está encarnado en Donald Trump hasta el escándalo de las nueces protagonizado por Heather Cho, hija del presidente de Korean Air y alta ejecutiva de la empresa, quien obligó a que un sobrecargo se arrodillara por haberle servido nueces de macadamia en bolsa y no en plato. La irracionalidad de los hechos autoritarios tiene repercusiones graves en términos de credibilidad, de imagen, de falta de solidaridad y apego a la empresa. El equipo de trabajo se disuelve y volvemos a los tiempos en que los empleados regresan a su condición de trabajadores. El tema no es únicamente de nomenclatura, es más grave que eso.

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Los pasos hacia atrás son sensibles y espero que no se conviertan en irreversibles. Insisto en que el autoritarismo es un envite ilógico porque no tiene como fin la productividad, su intención es ejercer el grado de superioridad con el fin de generar miedo. Un grupo de personas amedrentadas pueden tener la boca cerrada y el corazón lleno de resentimiento. La combinación es una bomba letal que estallará, tarde o temprano, generando resultados adversos para la empresa. Con el tema de Heather Cho, el exabrupto de la funcionaria de Korean Air le salió caro a la compañía. La orden que dio, estando fuera de sí, de que el avión regresara a su posición en el aeropuerto JFK tuvo consecuencias en cascada. Retrasó otros vuelos en uno de los aeropuertos más ocupados del mundo, el retrasó el propio vuelo en el que iba la funcionaria, los intentos por callar al sobrecargo para que no diera su versión a los medios, en fin, la tiranía cuesta. El autoritarismo sale caro más allá de los temas de imagen.

Las condiciones de autoritarismo dan como primera consecuencia jerarquías intimidantes. Este efecto no es causado por personalidades berrinchudas o ejecutivos caprichosos solamente, sino por estructuras que devalúan en forma inédita las condiciones de trabajo. Ante la excusa de la oportunidad de mercado, se ofrecen plazas que empeoran la calidad del trabajo y de vida de la gente lo que provoca desigualdad. Los avances tecnológicos han dado paso a empresas que, sin parecerlo, tienen estas estructuras y someten a sus empleados a situaciones de desprotección. La simulación es el mejor cómplice. Estas organizaciones denominan a sus trabajadores como socios para evitarse el gasto que implica un salario en forma, prestaciones y seguridad social.

Me refiero a plataformas en las que de “afilias” para ser chófer, repartidor, persona de aseo o cualquier otra labor, que permiten la proliferación del subempleo, el mercado pirata ─son salarios no declarados, la mayoría de las veces─ jornadas de trabajo extendidas que no tienen la carga de horas extras que se pagan dobles o triples, la individualización en la que quien desempeña la labor está sólo negociando sus condiciones de trabajo ─a veces con una máquina o con una aplicación─ y el engaño: el empleado cree que está emprendiendo, cuando en realidad se está convirtiendo en un trabajador autónomo.

La diferencia entre un emprendedor y un empleado autónomo es que el primero toma un riesgo buscando beneficios posteriores; el segundo toma esa alternativa con la esperanza de tener ingresos porque los beneficios generalmente se van para quienes les están afiliando a la plataforma. Es importante elevar la voz para que las condiciones de desigualdad paren y para detener la brecha que separa a quienes nada tienen y quienes todo lo poseen. No es un grito resentido, es la búsqueda de retomar el camino que nos lleve a ofrecer condiciones de trabajo dignas y libres de abusos. Es reivindicar el aliento civilizador que tiene la línea de mando.

No debemos olvidar que el fin de la Administración como disciplina es evitar el caos, para ello se vale de procesos que busquen la eficiencia y lleven a conseguir márgenes de utilidad más elevados sustentados en buenas prácticas. El autoritarismo y las jerarquías intimidantes no buscan establecer lineamientos de eficiencia. El diálogo entre el Plan Estratégico de la empresa con un Plan de Gestión por Competencias es una alternativa para alejarnos de la tentación del autoritarismo y evita la construcción de jerarquías intimidantes. La razón es sencilla, una administración basada en desempeños, habilidades y actitudes es clara, es transparente y abona al orden y a la productividad. Por el contrario, las jerarquías intimidantes son irracionales, caóticas, oscuras y restan eficiencia.

Es momento de poner atención. Hay un acicate que busca volver a aquellos tiempos en los que se consideraba al hombre como un instrumento de producción, pero la realidad es que aquellas épocas fueron menos productivas y no siempre trajeron buenos resultados. En las últimas décadas se había avanzado en el sentido contrario. Podemos recuperar el rumbo.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

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