Los lugares públicos siempre son un riesgo para los jefes del crimen organizado. Es ahí donde se descuidan o la seguridad puede fallar y en la que existe mayor riesgo para una filtración sobre su paradero.

En general son buscados por las autoridades, pero sobre todo por sus propios enemigos.

De igual forma, son momentos en los que los perpetradores de los ataques pueden salir muy mal librados, muriendo en el lugar de los hechos o siendo detenidos.

A Amado Carrillo lo trataron de matar en el restaurante Bali Hai que estaba en avenida Insurgentes. Lo salvó, a él y a su familia, la suerte y su guardia personal. Lo detuvieron, pero lo dejaron en libertad porque no había órdenes de captura en su contra, aunque ya era el segundo en importancia del Cártel de Juárez, donde mandaba Rafael Aguilar Guajardo.

A los hermanos Javier y Ramón Arellano Félix les dispararon cuando se encontraban en la discoteca Christine en Puerto Vallarta. Aquello significó un escándalo, ya que murieron seis personas y policías de varias corporaciones resultaron involucrados en el atentado.

A Joaquín “El Chapo” Guzmán lo trataron de asesinar con una bomba que se colocó en el Hotel Camino Real de Guadalajara, durante una celebración de 15 años de una de sus ahijadas.

Francisco Arellano, luego de purgar una condena en Estados Unidos, regresó a México y murió de dos balazos que le propinó un sicario disfrazado de payaso en una fiesta de niños.

Por eso los hechos ocurridos en Plaza Artz, en la Ciudad de México, tienen su importancia y dan una idea de las disputas de los grupos criminales por control territorial.

El operativo, en el que murieron dos israelíes y un policía resultó herido fue planeado con cuidado. Uno de ellos, Ben Sutchi, estaba entrenado en labores de contraterrorismo y sabía que estaba en riesgo, como ocurre con cualquiera que se dedique a los mercados ilegales. En cuestiones de seguridad no hay reposo posible.

Había sido detenido en 2005, en la Ciudad de México, y trasladado a Israel donde se le buscaba por homicidio.

Al parecer, sus actividades tenían que ver con el tráfico de armas y con el lavado de dinero en circuitos internacionales.

La ejecución, en un restaurante y en una plaza con vigilancia tenía sus desafíos logísticos, que permitieron que la instrucción se llevara a cabo, pero fracasaron en el escape de la autora material del crimen.

La mujer, Esperanza “N” sin embargo, estaba entrenada y soltó la historia de la infidelidad para confundir y para que sus jefes tuvieran tiempo de volver a las sombras y resguardarse.

Quizá, en un primer análisis, lo que habría que precisar es qué tanto se trató de un caso de alto impacto, pero no de una línea profunda de comportamiento criminal.

 

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