¿Cuáles son los errores más comunes de una campaña electoral?, ¿qué deben evitar hacer los candidatos si quieren ser considerados por sus electores?

1.- El síndrome del espejo.

En el ideal democrático una campaña electoral debe servir para establecer un intercambio, debate de ideas y evaluación para alinear las propuestas, proyecto y visión de un candidato con las demandas, expectativas, intereses y preocupaciones de los electores.

La sociedad debe sentirse representada, escuchada, motivada a votar, pero suele ocurrir que el candidato se pierde en un reflejo de sí mismo que no coincide en absoluto con la realidad en la que perciben los ciudadanos, esto sucede por egoísmo, ambición y/o la desinformación y cerrazón de su equipo de trabajo.

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Los afectados por este padecimiento, se niegan a ver, escuchar, responder, ser sensibles o atender las exigencias de los votantes; no conocen sus problemas, se cierran ante los reclamos, evitan hablar de la corrupción y la impaciencia de una sociedad cansada de demagogia y promesas incumplidas. Viven frente a un espejo que no los deja ver detrás de él, se sienten seguros en una burbuja de impunidad y se ocultan en una tierra de fantasía de frases huecas porque no tienen ni la capacidad, integridad o el interés para servir con eficiencia.

2.- El estratega serenísimo.

Este desorden toma su nombre de un personaje de la historia mexicana que se hacía llamar el Napoleón americano; en una campaña electoral nada puede ser improvisado, se requiere energía social, fuerzas vivas, trabajo de base, pero bien orientado, enfocado, bastan un descuido, una indiscreción, una noticia, un rumor, una frase, o un mal comportamiento para echar por tierra toda la reputación personal y/o acabar con las aspiraciones de todo candidato.

Aquellos que creen saberlo todo, que se dicen autosuficientes, son los primeros en caer y hacer tremendos ridículos electorales, ocurrencias, exhibicionismo, aberraciones, lo que sea por un voto o una foto. Ante la falta de talento político, los candidatos optan por tratar de parecer comediantes o meros personajes de soporte en la película del poder a la que no pertenecen, no saben ejecutar, son aburridos, les faltan méritos, gracia y virtudes.

3.- Liderazgos sin fundamento.

En política todo lo que no consta no cuenta. Los problemas que enfrenta el país aunados a la corrupción ya no admiten postergación. Se requiere un liderazgo poderoso, atrayente, un carisma eficiente que pueda mover la conciencia social, alinear las distintas fuerzas y ser el centro de grandes reformas, además de dar la seguridad y estabilidad necesarias para crecer, sobre todo para volver a creer en la política.

Para evitar este padecimiento, hay que hacer una evaluación profunda, objetiva, metódica y reflexionar sobre el beneficio social quien puede con esta compleja agenda, al margen de  géneros, alcurnia o escuelas. Se trata de capacidad, calificación, compromiso, cualidades y congruencia. Ante un mercado partidista mediocre hay que vender caro el voto, obligar a que mejore la oferta o buscar nuevas alternativas de representación.

4.- Visceralidad.

Si algo debe predominar en un candidato es la intensidad mesurada, la pasión cerebral, el autodominio y la iniciativa eficiente. La política es un arte muy delicado, los chismes, intrigas y los enemigos gratuitos están a la orden del día. Mantener el equilibrio, la estabilidad, el control de las decisiones y las acciones es fundamental. Manejar la coyuntura es un deporte extremo, ante muros y negociaciones hace falta diplomacia, tacto, fortaleza y una decidida defensa de los intereses nacionales.

Basta mirar al norte para ver lo que los berrinches, la arrogancia y los excesos ególatras pueden provocar. Una vez conocí a un muy destacado político oriental que decía que para tener éxito en la política habría que ser como el mar, ser capaz de provocar paz, descanso, relajación y al mismo tiempo misterio, respeto e inquietud. Un océano en calma, atrayente, cielo brillante y color esmeralda que en unos segundos puede convertirse en un terrible huracán, arrasador, gris y rugiente.

5.- Los saldos pendientes.

Las campañas son fiscalización, exploración e indagatoria abierta, es el tiempo para que las viejas rencillas, los conflictos no atendidos, el choque de personalidades y las deudas afloren. Sometidos al escrutinio de los electores; quienes quieran superar esta aduana deben cerrar ciclos, revisar sus redes sociales, documentación en orden, relaciones personales, información, seguidores, hay que poner a buen resguardo la reputación civil.

Comunicación, relaciones públicas, amistades sólidas, prestigio intachable, aliados firmes, unidad, integridad, son los blindajes que no fallan.

6.-Ingenuidad.

Las campañas son crisis permanente. Las frases comunes de los perdedores de una contienda electoral incluyen: “no pensamos”, “no nos imaginamos”, “no creímos que nos harían esto”, “es que eso no se vale”, “confiamos en las autoridades”, “si siempre estuvo con nosotros”, “no nos podían traicionar”, “las cosas se arreglaran solas”, “todavía tenemos tiempo”, “eso lo vemos una semana antes del día la votación” y “pero si eran militantes de nuestro partido de toda la vida”.

Las similitudes de los términos militares con los de las campañas no son gratuitas, el poder no se gana de un día para otro, es una competencia cruda, hay que pensar, imaginar, ser creativos, eficientes, contundentes, apasionados, intensos, devastadores, confirmar las lealtades, así como asegurar y proteger cada voto.

7.- Sobreexposición.

Administrar la plataforma de exposición de la campaña es clave, planear los recorridos, eventos, visitas domiciliarias, propaganda, redes, medios tradicionales, todo debe responder a un orden complejo de prioridades. Mensajes emitidos que impacten en las audiencias con claridad, certeza y trascendencia.

En estos tiempos, los electores se aburren con facilidad, la publicidad se pierde entre miles de estímulos y la credibilidad de los spots anda por los suelos, queda entonces considerar la rentabilidad electoral de cada impacto, difundir de manera inteligente y sobre todo la sociedad exige ser escuchada más que oír lo mismo de siempre.

 

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