Después de un debate, todos se declaran ganadores, arman fiestas con sus seguidores y divulgan encuestas y sondeos en las redes y los medios de comunicación que confirman su triunfo. En el marco de la campaña, esa es la rutina electoral.

En el análisis, los post-debates y las mesas de discusión, se hará un desglosado fino y puntual de los temas, propuestas y candidatos; hoy también hay que poner en la mesa el nuevo formato y el papel de los moderadores. Sin duda, los cambios fueron benéficos, una mejor producción y un esquema menos acartonado. El debate se hizo más fluido, más eficiente y más detallado. Hay que reconocer la precisión, la imparcialidad y la claridad en las preguntas planteadas además de una actitud sobria y equilibrada por parte de los conductores.

Los primeros ganadores fueron los electores; todas las alternativas coincidieron en este escenario para que pudieran compararlos, medirlos, evaluarlos. Hay que reconocerles a todos los candidatos el haberse conducido con firmeza, pero con respeto; con ataques -cierto-, pero con datos para sustentar sus dichos. Esas son marcadas diferencias respecto de los monólogos y agresiones del pasado.

La temática era la más aguda y critica para todos: inseguridad, corrupción y democracia. Las estadísticas, los datos contundentes, nadie podía evadirlos; a todos les toca una parte del problema, a cada uno, un señalamiento, una deuda, acusaciones por acción o por omisión.

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¿Qué podemos decir de los resultados para cada uno?

Respondamos en estricto orden alfabético:

Anaya. – Se mantuvo firme en su estrategia; mostrarse sólido, crítico, con una visión de futuro concreta, moderna y con propuestas viables. Su blanco primario era atacar a López Obrador, sitiándose como la única opción que puede vencerlo, pero tuvo que contrapuntear tanto a Meade como a Zavala. Aunque tuvo que destinar una buena parte de su tiempo a defenderse de los lastres y acusaciones, también aprovecho para destacarse como buen polemista y supo colocar sus contrataques y propuestas de manera contundente.

Es destacable el planteamiento de privilegiar la prevención e inteligencia antes que la fuerza en el combate al crimen organizado. En materia de corrupción, la muerte civil como castigo a los malos servidores públicos le sirvió de entrada para echar en cara a López Obrador las alianzas que está tejiendo con quienes antes eran sus detractores y que ahora se cobijan en sus filas buscando impunidad.

Anaya destacó por su vestimenta, pulcro muy cuidado. Una comunicación verbal sólida con inflexiones, cambios de tono y acentuaciones que reforzaban sus dichos. Supo encuadrarse en la propuesta de un cambio en la armonía y cerro con propuestas para las mujeres, los jóvenes y contra toda forma de discriminación.

López Obrador. – Como puntero fue el objetivo de todos los contrincantes. No tuvo que hacer ningún ajuste, sino mantenerse en lo que viene manifestando desde hace años. La pobreza y la desigualdad como los generadores de la violencia y la delincuencia. La corrupción como el mayor obstáculo a vencer. Repaso y condenso todas las frases de campaña y en el guion incluyó a la mafia del poder, la venta del avión presidencial; reducir los sueldos de los de arriba para subirle a los de abajo; acabar con los privilegios y ofrecer la revocación del mandato.

Como había dicho, se mantuvo ecuánime, no cayó en provocaciones, no se dejó llevar ni se enredó, ofreció amor y paz. Esquivó y aguantó los lances de todos sus contrarios, fue acusado de hacer de Morena un negocio familiar, tener departamentos no declarados y ofrecer impunidad a cambio de votos. Nunca se inmutó, sus respuestas fueron simples y directas, usando en algunos momentos apoyos gráficos, escasas con los términos que ya popularizó, barrer de arriba para abajo, el pueblo pone el pueblo quita, la minoría rapaz.

Su cierre fue contundente, siempre incluyente, del lado del pueblo ofreció encabezar la 4ª revolución histórica en el país, no por ambición vulgar sino para lograr un cambio pacífico en la política.

Meade. – Su posición en las encuestas no le dejaban opción, así que fue el candidato que más atacó, lo que le quitó enfoque a sus propuestas. Aunque buscaba destacar sus dotes de honestidad, experiencia y preparación, el peso de la corrupción y la mala imagen de gobierno lo persiguieron durante todo el debate.

Empezó frio y con el estilo de comunicación plano que le caracterizan, pero fue creciendo, tomando confianza y por momentos ofreció una autocrítica interesante y una perspectiva constructiva de gobierno. Algunos de sus términos y acusaciones fueron graves, títere de los criminales, aliado y defensor de los malos, pero no obtuvo la reacción esperada.

Rodríguez (El Bronco). – Arrancó con una alocución muy personal sobre la inseguridad, mostrando una bala, hablando de su secuestro y la muerte de su hijo, en ese marco atrajo la atención hacia sus propuestas: preparatorias militarizadas, la creación de un FBI mexicano, la contratación de expertos en el tema de inseguridad. Destacable también las alocuciones a los partidos y los políticos; la carta para renunciar a los recursos públicos y la idea de hacer a un lado el asistencialismo. Crítico, persistente mostró seriedad y mesura con propuestas.

Zavala. – Un punto crítico en su comunicación era su esterilidad y falta de brillo, en el debate mostró un manejo de las manos, la voz y la escena muy efectivo. Se vio empoderada, mostró recursos y herramientas como una alocución directa a los votantes, supo entregar mensajes a las mujeres y marcar distancia tanto de influencias familiares y los estereotipos que le achacaban. Sin duda sus mejores aportaciones son el combate a la impunidad, un nuevo sistema anticorrupción y una profunda vocación de políticas públicas en favor de la familia, las mujeres y los grupos vulnerables.

 

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