Los Juegos Olímpicos de Sochi ponen luz sobre la realidad de Rusia: tiene competencia en dos de las tres R: resistencia financiera y activos con precios razonables, pero en cuestiones de reformas estructurales aún enfrenta retos importantes.

 

 

 

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Coincidiendo con la celebración de los Juegos Olímpicos de invierno en la ciudad rusa de Sochi, los países emergentes se han visto afectados por una fuerte salida de capitales, lo que ha depreciado sus divisas con una intensidad no vista desde mayo de 2013, cuando la Reserva Federal anunció por primera vez su intención de reducir las compras de bonos. Entre los mercados emergentes, Rusia se encuentra en una posición un tanto conflictiva dado que ha demostrado tener competencia en dos de las tres R: resistencia financiera y activos con precios razonables, en tanto que la tercera, reforma, aún plantea retos importantes.

Rusia puede considerarse un país afortunado en muchos sentidos: tiene un superávit por cuenta corriente equivalente al 2% del PIB, una deuda externa que asciende a tan sólo el 14% del PIB, un presupuesto prácticamente equilibrado y unas reservas en divisas extranjeras cercanas a los 500,000 millones de dólares, además de fondos de estabilización del petróleo por valor de 175,000 millones de dólares.

Dicho esto, resulta difícil justificar que Rusia pertenezca al grupo de los cinco frágiles: Turquía, Sudáfrica, India, Brasil e Indonesia, que sufren graves problemas de financiamiento externo. Podemos entonces decir que Rusia ha aprobado la prueba de resistencia financiera.

También obtiene buenas calificaciones, gracias a los precios razonables de sus activos financieros. Su mercado bursátil es el menos caro en el universo de mercados emergentes, ya que cotiza a tan sólo 5 veces las ganancias estimadas para 2014, y sus bonos soberanos cotizan con un diferencial de 246 puntos base respecto a los títulos del Tesoro a 10 años, un margen superior al de países como México (217 puntos base) que cuentan con muchos menos recursos financieros para su disponibilidad.

Sin embargo, a pesar del éxito de Rusia con las dos R, a sus mercados financieros no les ha ido tan bien en el último episodio de aversión al riesgo. En lo que va de año, el rublo se ha depreciado un 5.6% frente al dólar y el índice bursátil del país ha caído un 11.1% en dólares. Ambos se sitúan muy por detrás del comportamiento medio de los mercados emergentes.

Parte de esta rentabilidad posiblemente obedezca a un contagio indiscriminado, ya que los inversionistas se desprenden de todos los activos de mercados emergentes en función del supuesto de «culpabilidad por asociación».

No obstante, hay razones para sospechar que parte de la evolución del mercado ruso obedece a problemas concretos del propio país, lo que nos lleva a los Juegos Olímpicos de invierno en Sochi. El costo estimado de estos juegos, según el consenso de los medios, asciende a 50,000 millones de dólares. Si se confirma esta cifra —que representaría un excedente de gasto del 300% respecto al presupuesto original de 12,000 millones de dólares— se romperían récords históricos de los juegos internacionales.

A todas luces, Rusia está en condiciones de hacer frente a estos altos costos, pero la escasa transparencia que rodea a esta cifra no es sino una muestra de algunos de los temas pendientes del país. Por ejemplo, en 2013, Rusia ocupó el puesto 127 en el ranking de los 175 países que componen el Índice de Percepciones de Corrupción que elabora Transparency International.

Entonces, ¿en qué se beneficiará Rusia con los Juegos Olímpicos de invierno? La historia sugiere que incluso los proyectos que implican costos tan grandes tienen un impacto transitorio en la actividad económica general, dado que la mayor parte de la infraestructura se utiliza una sola vez.

Y aunque los datos empíricos sugieren que los Juegos Olímpicos de verano generan rentabilidades relativas superiores en los mercados bursátiles del país anfitrión durante el año posterior a los juegos, estos datos son mucho menos concluyentes en el caso de los Juegos Olímpicos de invierno. Rusia ha incurrido en grandes gastos, de modo que resulta probable que los juegos se celebren con eficacia e incluso con cierta grandiosidad. Sin embargo, para el observador perspicaz, los juegos son también una ventana que permite ver el funcionamiento de un aparato gubernamental enorme e ineficiente, poniendo de manifiesto al mundo que, en lo que a nuestra tercera R se refiere (las reformas estructurales), Rusia aún no ha alcanzado el nivel requerido. Las otras dos R —resistencia y precios razonables— están ya bien consolidadas. Los avances en materia de transparencia y corrupción implicarían un poder económico y financiero aún mayor para Rusia, y los mercados financieros del país comenzarían a tener el atractivo que deberían tener.

 

 

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