La filmografía de González Iñárritu está afincada en el sufrimiento ajeno, el único mérito de salvación posible ante las desgracias del universo, y alcanza su cenit argumental con The Revenant.

 

Un hombre en situación de calle, un fantasma, debe vivir lejos de su hija porque su pasado guerrillero lo obligó a alejarse de su familia, además su nuevo perro adoptivo despierta de su convalecencia sólo para matar a las mascotas llegadas previamente a su domicilio. Una pareja que recién perdió a un hijo abandona al resto de descendencia en brazos de una niñera mexicana irresponsable para hacer un tour por medio oriente, donde una bala perdida se incrusta en el pecho de ella poniendo en peligro su existencia. Un padre soltero, de viudez fresca, debe enfrentar la educación de sus hijas, mientras ve espectros y lucha con el cáncer que crece dentro de su cuerpo. Un actor con una hija drogadicta, se siente frustrado por haber alcanzado el éxito comercial y no ser valorado como artista (a quién se parece).

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Todas son historias de redención filtradas por el dolor, asimismo son las columnas vertebrales del cine de Alejandro González Iñárritu. Una filmografía afincada en el sufrimiento ajeno, único mérito de salvación posible ante las desgracias del universo. Temática que alcanza su cenit argumental en El renacido (The Revenant, 2015), donde el dolor es el único motor narrativo y pieza central del quehacer cinematográfico.

Hugh Glass (Leonardo DiCaprio) es un explorador que viaja junto a su hijo y una compañía americana dedicada a la recolección/curtido de pieles animales. La vida en la agreste tundra del norte americano es dura. Un ataque repentino de indígenas a su campamento deja diezmado al grupo, obligándolos a replegarse y buscar refugio en el bosque donde el peligro acecha. Glass comenzará a perderlo todo, si es que no lo había extraviado antes, entre esos árboles eternos y en la profunda nieve, el único camino es seguir luchando mientras haya vida en su cuerpo.

En pocas líneas es posible comprobar que estamos ante “pornografía del sufrimiento”, una cinta construida desde el rechazo (del público) a experimentar lo mismo que el protagonista, no en la empatía por su experiencia/epifanía. De manera similar a los clásicos melodramas tremendistas mexicanos (aunque Iñárritu no hable conscientemente de dicha influencia), aquí el dolor es mérito y razón de ser. Si el relato de Hugh Glass estuviera en la Biblia, su dolor lo llevaría a ser considerado un santo, el mismo Iñárritu lo ha catalogado como tal (por algo dice que su película debe ser vista en un templo) y así lo muestra: pagando no sólo sus posible errores sino los de todos a su alrededor.

Hay un fallido intento del cineasta mexicano por crear un paralelismo con el jefe de la tribu indígena que busca a su hija, secuestrada por colonizadores. No obstante la mezcla religiosa/mística de los momentos experimentados por Glass, la mirada del realizador mexicano no pasar de colocar al jefe indio como un buen salvaje, ejecutor de la última voluntad de dios y última conexión de ese lugar cuasi cavernícola/semi civilizado con la “verdadera” naturaleza. Aquí las apariencias de profundidad temática son más importantes que la profundidad misma. Dicha presencia siempre es vista a distancia, nunca en primer plano, como también es observada su esposa, una nativa, en esos flashbacks donde Glass recuerda el momento en que su vida comienza a perder cohesión.

No resulta extraño entonces que Iñárritu cite de manera explícita a varios maestros, a cuyos temas él se siente cercano, como Werner Herzog (Fitzcarraldo), Terrence Malick (El árbol de la vida) o Andrei Tarkovsky (guiño apasionado a Nostalgia). Autores de hombres luchando contra el mundo, buscando entenderse y significarse dentro del todo.

El viaje de Glass/DiCaprio/Iñárritu es el mismo, cada uno dentro de su narrativa debe superar el dolor para hallar su recompensa. Para Alejandro G. Iñárritu, el ser considerado un autor consumado, justo como sus héroes fílmicos (todavía lejos de serlo) a base de una filmación brutal y lejos de la comodidad de un set; Glass, venganza para su familia y la vida que perdió; DiCaprio, la validación de un premio por su arrojo al ejercer su oficio. Tres hombres se convierten en uno mismo.

El renacido es un western hermosamente presentado (‘El Chivo’ podría filmar mierda y aun así provocar lágrimas). Un bello cuento de redención que ha provocado lo que pocas películas producidas en Hollywood logran (porque de ‘independiente’, no tiene nada), convertirse en un evento. Un punto de discusión donde sólo parecen existir extremos. Un regreso a un cine que pocas veces se hace, porque la industria está más enfocada en comercializar sagas y mallas. Quizá el tiempo nos diga que unos y otros estaban en un error, la verdad quizá se encuentre en el punto medio. El lugar donde toda la filmografía de Iñárritu siempre ha estado.

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