Forbes México conversó con un cuarteto de expertos en movimientos disruptivos y su diagnóstico sobre México es demoledor: el gobierno, las empresas y los ciudadanos de este país son expertos en adoptar modelos exitosos, no en generarlos; sólo una transformación cultural podría cambiar su suerte.

 

Por Pierre-Marc René

 

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Millones de personas en todo el mundo visitan cada año los diferentes parques de atracción de Disney. La experiencia es única y depende en gran medida de los empleados que trabajan a la sombra de los proyectores. Una de esas mentes es Sean Madden, director ejecutivo de Ziba Design, uno de los despachos que contribuyó al rediseño del programa de Disney, lo cual implicó un cambio digital en muchas de sus atracciones.

“Creo que la innovación es la ejecución de una gran idea. Llamo esto ‘la rutina de la innovación’”, explica Madden.

Sean es licenciado en Ciencias de la Computación y Literatura, y un reconocido experto en el diseño de servicios y estrategias para la innovación. Entre sus principales clientes están FedEx, Intel, Samsung y Disney.

Para este gurú de la innovación, ¿qué se necesita hacer para materializar una idea brillante y rentabilizarla? Fracasar. “No hay que tener miedo a fracasar. En Estados Unidos, éste es parte de los modelos de riesgos. De diez firmas que invierten, sólo una resalta. En Estados Unidos hay una noción en la que el fracaso se asimila como algo positivo. Francamente, no sé en la cultura mexicana cuál es la respuesta ante el fracaso, pero es necesario entender que el fracaso es también un acto de celebración”.

¿Dónde está la falla? ¿Qué estamos haciendo los mexicanos para no encausar nuestra creatividad y generar riqueza? Forbes México, gracias a la organización México en movimiento, tuvo la oportunidad de conversar con cuatro referencias internacionales en materia de innovación, entre ellos, Sean.

 

Emprendedores, ¡atrévanse!

Leland Maschmeyer asesora empresas de tecnología y es socio en Collins, una agencia especializada en identidad y diseño de experiencias en Nueva York. Bajo sus ojos, el sistema educativo y la cultura empresarial en los países emergentes, donde el crecimiento económico se estanca fácilmente, son las principales causas de la fuga de cerebros. ¿Cómo frenar la estampida?

“Una de las cosas que resulta eficiente en muchos países, y que podría servir en México, es elevar la cultura del emprendedurismo y celebrar el espíritu emprendedor. Estados Unidos, por ejemplo, es único en eso. La cultura que existe allá aprueba el fracaso y promueve la insistencia por intentar hacer cosas remarcables, aunque fracases, porque al final vas a intentar nuevamente y aprendes durante el proceso”.

Sean añade: “El error de México, y de sus empresas, es tratar de adaptar las tecnologías ya existentes a sus modelos actuales. Por otro lado, entiendo que el problema es que no hay incentivos para innovar debido a que en México todo depende de monopolios”.

Y es en este punto donde entra Willem Heesbeen, investigador en la Universidad Alvar Aalto de Helsinki y especialista en las posibilidades de innovación que surgen del diseño, los modelos de negocio y la economía de impacto social. “México no es diferente a otros países. Aquí hay mucha voluntad de la gente y de los estudiantes para innovar y desarrollar nuevas ideas. Pero la creación e innovación son temas difíciles de entender por el gobierno. Por eso mucha gente sale de sus países en busca de más libertades”.

La coyuntura podría ser terreno fértil para promover las ideas brillantes y generar efectos disruptores. Willem, quien ha sido investigador asociado en Microsoft Global y ocupó varios puestos en Volkswagen, Harley-Davidson y Motorola, informa que en Europa existe actualmente un movimiento de creación de pequeñas empresas, debido a la crisis económica que azotó la región.

“La innovación no surge en la oficina, sino en las calles y donde vive la gente. Muchas empresas están financiando a compañías externas e incubadoras que les han permitido ser más competitivas en áreas en las que perdían terreno. Sin duda, un futuro construido sobre el verdadero potencial de los ciudadanos únicamente es posible si se basa en el emprendedurismo y la colaboración”.

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Políticos, ¡entiendan!

¿Y el gobierno? El problema es que, mientras en otros países es un elemento actuante en pro de la innovación, en México las cosas parecen ser distintas.

Willem Heesbeen señala que el financiamiento público puede ser un motor para generar innovación en los países, a través del otorgamiento de incentivos.

“En Finlandia —dice— existe mucho financiamiento del gobierno; pero no hay mucho control por el gobierno. Es así que ves mucha innovación”.

Un ejemplo de esta afirmación es la empresa de telecomunicación finlandesa Nokia que, cuando tuvo que pasar por una reestructura, dejó a miles de personas sin empleo, mismas que migraron hacia los centros de Investigación y Desarrollo para después crear nuevas pequeñas empresas.

“En cierto sentido la situación de Nokia ayudó a la creación de muchas nuevas empresas, pero esto ha sido posible por esta combinación de financiamiento, aunque no controlado. El gobierno facilitaba ese proceso, pero no estaba controlando el proceso. Y creo que esto podría ayudar a México también”, presume Heesbeen.

 

Ciudadanos, ¡actúen!

Pero, más allá de recursos públicos y de una promoción más intensa de la innovación en el sector privado, nada, nada cambiará si no hay un tejido social comprometido con la causa.

Y éste es tema para el cuarto protagonista de este trabajo editorial. Sarah Brooks es diseñadora estratégica y escritora especializada en los retos socioecológicos contemporáneos.  Para ella no hay de otra: “Todas las esferas de la sociedad deben colaborar para crear una cultura basada en la innovación y creación, pues a pesar de que haya incentivos gubernamentales para que el país sea cada vez más competitivo e innovador, el gobierno también tiene prioridades y no puede atender todas las necesidades”.

Eso, en su opinión, no significa que el gobierno y las empresas esperen que las cosas ocurran. Así, dice, tanto el sector público como el privado deben trabajar juntos para encontrar ideas innovadoras y desarrollar programas que impulsen el espíritu emprendedor que requiere el país.

Brooks, quien ha colaborado con firmas como Aetna, Nokia, Opower, PopTech y Fundacion Skoll, conoce un caso en México que podría ser la raíz del cambio: la iniciativa de Gabriella Gómez-Mont al crear el Laboratorio para la Ciudad, un programa experimental de generación de ideas para la innovación cívica y creatividad urbana.

La idea de ese proyecto llamó la atención del Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, quien le solicitó a Gómez-Mont preparar un proyecto para la capital del país, que le permita vincular a las empresas y al gobierno local con políticas de innovación tecnológica.

Conclusión: los gurús consultados por Forbes México llaman a los mexicanos a “invertir” en la promoción de una nueva cultura empresarial, que derroche ideas y arriesgue con ellas, ya que, de no hacerlo, se estancará.

El diagnóstico, en un principio, alimenta el pesimismo: “México es actualmente un seguidor lento de la economía”, acusa Sean Madden. “Los mexicanos, cuando ven algo que ya existe, lo adoptan. México tiene que avanzar y empezar a crear. Y eso comienza con la educación”.

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