Por Isabel Studer

Pocas veces hemos arrancado un periodo poselectoral con el grado de escrutinio al que están siendo sometidos el candidato ganador y su virtual equipo de gobierno. Sabedores de ello, están midiendo al milímetro cada paso que dan, cada declaración que ofrecen y cada encuentro que celebran, habiendo conseguido, por el momento, que referencias como el tipo de cambio, el riesgo país o el IPC de la BMV se hayan mantenido estables, cuando no es que han mejorado levemente sus marcas.

Sin embargo, existen otros indicadores con un alto impacto sobre la economía y nuestro nivel de desarrollo que, al margen de los resultados electorales, siguen mostrando síntomas de empeoramiento.

Por ejemplo, el avance del cambio climático o la acelerada degradación de la riqueza natural de nuestro país continúan con su perjudicial tendencia, por lo que, superado el Día D, resulta imperativo ponerse manos a la obra para también revertir estas tendencias y así generar confianza en un futuro de bienestar y progreso sostenible para México.

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No en vano, la resolución de problemas como la pobreza o la seguridad energética dependen inevitablemente de ello.

Como hemos señalado durante la campaña electoral, la problemática ambiental es muy amplia: desde asuntos concernientes al manejo integral de mares y costas, hasta aquellos relacionados con la conservación y gestión sostenible de la biodiversidad, pasando por la transición energética que está emprendiendo nuestro país.

La candidatura ganadora esbozó en ese momento algunas propuestas al respecto. Después de los resultados, es evidente que el ejecutivo que encabezará contará con un respaldo mayoritario en el Legislativo como no se recuerda. Sin embargo, más que en el capital político, la clave radica en tener voluntad política.

Ya nos lo dice la experiencia: del dicho al hecho hay mucho trecho. Por eso, el primer paso debe de ser el establecimiento de una agenda de trabajo con el equipo de transición, la cual debe necesariamente desembocar en la fijación de los ejes rectores que guiarán al próximo gobierno en materia medioambiental. Lo recomendable es comenzar con un diagnóstico que sea de adentro hacia fuera, privilegiando aquellos esfuerzos encaminados a reforzar nuestras instituciones ambientales desde un plano legal, técnico y presupuestario (cuando no a crear nuevas), así como a dotar de un enfoque medioambiental transversal al Sistema de Planeación Democrática.

El medioambiente y su cuidado deben también beneficiarse de la proactividad con la que el virtual presidente electo y su equipo están actuando. Esperemos que esta inercia continúe y que el periodo de traspaso de poderes, uno de los más largos entre las democracias del mundo, sirva para sentar unas bases solidas en materia de política medioambiental por el bien de nuestro desarrollo presente y futuro.

De lo contrario, serán el propio tipo de cambio o el riesgo país los que nos dirán que vamos por el camino equivocado.

 

* La autora es directora ejecutiva de TNC México y Norte de Centroamérica.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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