La elección del Reino Unido de la semana pasada llamó la atención por dos cosas. Una es la torpeza de la primera ministra Theresa May al llamar, de manera anticipada, a elecciones, supuestamente para fortalecerse frente a la negociación de la salida de ese país de la Unión Europea. En realidad, May calculó que bajo el liderazgo de Jeremy Corbyn, el partido laborista tendría una caída estrepitosa que permitirá a los conservadores alcanzar una amplia mayoría parlamentaria. Sucedió lo contrario.

Los laboristas lograron una votación que no habían alcanzado desde 1997 y se perdió la mayoría conservadora. Corbyn, un veterano parlamentario laborista, opositor al movimiento que encabezó Tony Blair, pudo lograr cerca del 70% del voto de los menores de 25 años, que además se presentaron a votar de manera masiva. Corbyn también pudo arrebatarle votos al ultra derechista Partido Independentista Británico, que había logrado el apoyo de sectores marginados y olvidados en las propuestas laboristas de las últimas décadas.

Tanto el británico Corbyn, como el estadounidense Bernie Sanders, encabezan fenómenos que surgen cuando los partidos laborista y demócrata, respectivamente, se vuelven elitistas y pierden el contacto con los electores de menores ingresos. De hecho, la fuerza de ultra derecha viene precisamente de que los partidos socialdemócratas no dan respuesta a los reclamos de quienes resultaron afectados por las reformas económicas de mercado. Corbyn y Sanders, a diferencia de Macron o de Clinton, son descaradamente izquierdistas, por lo que su propuesta se centra en reducir la desigualdad.

No se trata de propuestas anticapitalistas, sino que buscan recuperar las fórmulas que permitieron generar riqueza y distribuirla, como fortalecer el estado de bienestar, los servicios públicos, la inversión, sobre todo en tecnología, establecer impuestos progresivos, ofrecer educación superior gratuita, mientras que además incorporan la agenda ambiental. Advierten de los excesos de quienes han capturado a las agencias del Estado que tiene como función regular, particularmente en sectores como el financiero o el farmacéutico.

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En ambos casos sus propuestas buscan el apoyo de clases populares, pero no recurren al expediente irresponsable del racismo. Por el contrario, su énfasis en el respeto absoluto de los derechos humanos. Su propuesta de seguridad pasa también por atender sus causas y trabajar en la prevención con las comunidades. Son críticos de la globalización y de sus mecanismos, proponen mejorarlos en favor de los salarios y el medio ambiente, pero apoyan el comercio y la integración. Corbyn hizo campaña en favor de la permanencia de su país en la Unión Europea.

Las propuestas de Sanders y Corbyn rompen con las políticas que no solamente incrementaron la desigualdad, sino que también pusieron en riesgo a la propia democracia. Otros fenómenos, como el de Macron, escapan, hasta cierto punto, de la lógica partidaria, pero esencialmente promete mantener el estado de las cosas. Es decir, por alguna razón, se piensa que el problema son los partidos, sus burocracias e intereses que representan, no las políticas que se han aplicado bajo el paradigma neoliberal. En ese sentido la solución a nuestras crisis, económica y de representación, son propuestas como las de Sanders o Corbyn, no Macron. El resultado de la semana pasada nos hace pensar, incluso, que si Sanders hubiera encabezado la candidatura demócrata hubiera vencido a Trump. Eso le hubiera ahorrado tantos problemas a la civilización.

 

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