Al parecer, para los extranjeros este no es un país bananero. Pero, ¿para nosotros? ¿Es éste el Mexico’s moment visto desde afuera o es de verdad nuestro momento dorado?

 

 

Por Carlos Mota*

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El pasado 19 de julio me encontré a Roberto Hernández y Layda Negrete en una banqueta de Polanco, en la Ciudad de México. Son los creadores de la película Presunto culpable (2008), que muchos vimos hace un par de años y que implicó profundas reflexiones en la sociedad por lo ominoso de las prácticas penales en el país (ministerios públicos poco profesiona­les, policías carentes de capacidad técnica, jueces parciales). Les pregunté cómo estaban. “Nos dedicamos a defendernos”, me respondieron. “Hay 19 procesos judiciales en contra nuestra por la película”, remataron.

Me quedé boquiabierto. No supe qué responderles. Les ofrecí mi apoyo. Caminando después de ese encuentro cruzaron por mi mente algunas escenas de la película. En mi memoria aparecía el momento en el que, en la rejilla de prácticas, la ministerio público y los policías hacían de la procuración de justicia una caricatura.

Una noche antes había yo acudido a una fiesta en la casa de un diplomático. Esa noche pude conversar con un empresario en particular, director general de una gran empresa del sector de la construcción que construye puentes, carreteras e infraestructura de energía. Es una corporación europea poderosa. Este empresario llegó a vivir a México hace seis meses.

Le pregunté cómo lo había acogido nuestro país. Habló maravillas. La cultura le parecía fenomenal, la música del mariachi le había cautivado y sonreía con gusto por la plenitud de oportunidades. Para tratar de eliminar el espejismo de sus respuestas, le pedí su opinión en torno de los procesos de licitación, que él vive a diario. ¿Son transparentes? ¿Son confiables? ¿No hay corrupción?

Su respuesta me gustó. Primero sonrió como en señal de “no hay que ser ingenuos” (implicando que la cosa no estaba ciento por ciento bien). Pero luego fue específico y aseveró que una de las virtudes de México es que hay muchos jugadores en la industria de la construcción, que garantizan una calidad mínima, y que eso implica dificultades para la corrupción. Aseguró que la variable “precio” es la que determina en buena medida al ganador de las obras públicas y que si en un proceso de licitación se pos­tulan 15 o 20 empresas, es prácticamente imposible que gane alguna que esté en la tercera, cuarta o mayor posición; es decir, las reglas funcionan y casi siempre gana quien ofrece el precio más bajo.

Añadió que el problema más recurrente se da en los estados de la República, donde sí se observa corrupción. En adición, dijo que un obstáculo a la licitación expedita de contratos es el miedo que se genera entre los funcionarios públicos para firmar un permiso. Es tan grave la pena que se le impone a alguien que comete una falta, que ocurre un anquilosamiento en la toma de decisiones, porque hay funcionarios que demoran la firma de los permisos para no incurrir en responsabilidades penales. Ase­guró que esto en Europa está superado, y que allá las decisiones sobre licitación de obra pública se toman con gran velocidad.

Para mí el relato de este individuo fue muy ilustrativo, y documentó en alguna medida el optimismo que escuchamos sobre México en los últimos meses. Al final remató diciendo: “México no es un país bananero. Aquí las cosas funcionan”.

Dormí feliz esa noche. Vivo en un país mejor, pensé. No obstante, a la mañana siguiente ocurrió mi encuentro con Layda y Roberto, y mi optimismo se erosionó. No podía creer que ellos, con el bien que le hicieron a la sociedad, estén enfrentando tantos procesos judiciales y dediquen su vida a defenderse. De manera que la afirmación del empresario de la construcción quedó en entredicho.

Por esquizofrénico que parezca, cinco horas después me topé con un amigo británico que trabajó en la Embajada del Reino Unido en México y que ahora vive en África. Se encontraba aquí de vacaciones. Le pregunté cómo veía las cosas y me dijo que fenomenal, que México se ve impresionante desde afuera; que el presidente Peña Nieto está haciendo un gran trabajo; que los mexicanos seguimos hablando mal de nosotros mismos; y que las oportunidades en este país son de lo más atractivas. Sus expresiones eran muchas, todas estaban documentadas y reflejaban total optimismo.

De manera que para los extranjeros este no es un país bananero. Pero, ¿para nosotros? ¿Es éste el Mexico’s moment visto desde afuera o es de verdad nuestro momento dorado? Quizá llegó la hora de homologar las percepciones de lo que es México y lo que representa. Pero eso no le toca al gobierno. Es tarea personal.

 

 

Contacto:

*Carlos Mota es periodista, reconocido por el Foro Económico Mundial como Young Global Leader. [email protected]

 

 

 

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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