Al igual que sucedió con Shrek cuando decidió hacer vida de casado, tener hijos y vivir en un castillo, Gru dejó de ser un personaje interesante. 

 

A Jeziel y Nery Simental

 

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Hay que admitir que Mi villano favorito (Despicable Me, 2010) era encantadora y en eso se basaba su éxito. Pierre Coffin y Chris Renaud, los directores, no se fueron por las ramas ni trataron de verse vanguardistas, no. Tenían un grupo de personajes bastante carismáticos y ejecutaron con solvencia, el resto lo hicieron los minions –¿qué chingados es un minion?–. Esas pequeñas criaturitas amarillas fueron todo un suceso y dispararon la venta de entradas, de otra forma hubiera sido otra película animada cualquiera.

Los camiones llenos de dinero por la taquilla de la primera entrega –casi 550 millones de dólares–, motivaron a todos los involucrados a preparar una secuela y, también, anunciaron un spinoff exclusivo para los minions.

En Mi villano favorito 2 (Despicable Me 2, 2013), Gru con su hitchcockiana silueta (Andrés Bustamante) está completamente acoplado a su vida como padre suburbano de tres niñas. Sus planes de genio malvado que busca conquistar la Tierra son cosa del pasado. Ahora, su mente sólo está ocupada en satisfacer los deseos de sus pequeñas y nada más. Ni siquiera hay espacio para el romance. Ante el panorama, su mano derecha, el Dr. Nefario, decide marcharse a buscar pasturas más “malvadas” y aptas para la villanía.

Durante ese ataque de madurez suburbana, Gru es secuestrado por una agente de la Liga Anti-Villanos (con Andrea Legarreta en las cuerdas vocales). En el cuartel general de la organización le explican que un maligno villano robó una sustancia secreta y planea utilizarla para conquistar el mundo. Nuestro héroe –¿o era antihéroe?– acepta la misión con la esperanza de darle un poco de chispa a su vida.

Al igual que sucedió con Shrek cuando decidió hacer vida de casado, tener hijos y vivir en un castillo. Gru dejó de ser un personaje interesante. Su atractivo surgía de ser un villano que terminaba con el corazón derretido por el amor de tres niñas, ahora su vida no tiene nada de extraordinario. Es, como dice Fernando Zamora –Milenio Dominical N° 47–, “un pequeño burgués que ha dejado atrás sus ambiciones megalómanas”.

Incluso su nueva misión carece del encanto de sus trabajos anteriores, cosa que todos le recuerdan: en un centro comercial debe hacer equipo con la agente que lo secuestró para descubrir quién robó la sustancia que pone en peligro a la humanidad. Todas las sospechas recaen en un ¿mexicano?¿latino?¿pocho?, que es dueño de un restaurante de comida mexicana y que en su anterior vida criminal fue conocido como “El Macho” (con voz prestada y fingida de Alejandro Fernández).

Previsiblemente la misión dará pie a una relación amorosa, y ese no será el único guiño a las cintas de espías que la trama intenta homenajear –en especial, las de James Bond–. Por suerte, los minions están ahí para salvar el día.

Los pequeños y anárquicos personajes son una mezcla de las caricaturas de Tex Avery y las secuencias del slapstick más clásico del cine mudo. Ellos son el verdadero Mac Guffin de la trama, ¿el jugo misterioso qué? En realidad no son nada y lo significan todo para el avance de la acción, sólo están ahí para hacer un gag cada que la trama se empieza a empantanar.

Su aparición ayuda a disimular la poca profundidad del libreto, lleno de lugares comunes y clichés. Como esa fiesta del 5 de mayo ambientada como un pabellón temático de Epcot Center con música de Pitbull para aflojar las caderas, porque, por supuesto, ¿qué le puede gustar más a los niños que decir ya tu sabe ad infinitum? Con margaritas y sombreros nacho con guacamole. Incluso, las niñas tan importantes para el desenvolvimiento de la primera parte, aquí se ven reducidas a meras comparsas. Ni la subtrama de Margo atraída por el sexo opuesto logra agarrar pista.

En los últimos años Pixar nos mal acostumbró a buscar profundidad más allá del entretenimiento infantil en las películas que están pensadas para los más pequeños, ésas que buscan que los niños le extorsionen a los padres un par de juguetes y tres cajitas felices. Aquí no hay nada de eso, los niños se van a divertir, claro. ¿Quién cuando era infante no adoraba ver que alguien se golpeara la cara repetidamente? Pero, como bien apunta Eric D. Snider de Twitch Film, ¿qué no le gusta a tus chiquillos?

Es un preámbulo demasiado largo para el Minionfest del próximo año.

 

Bonus

 

Mucho ruido y pocas nueces: Ampliando el rango

Cuando Joss Whedon estaba dirigiendo Los Vengadores (The Avengers, 2012), llamó a unos amigos y filmó Mucho ruido y pocas nueces (Much Ado About Nothing, 2012), basada en la obra homónima de William Shakespeare.

En primera instancia suena extraño que uno de los geeks más respetados de la industria decidiera filmar una adaptación shakesperiana, después que lo hiciera para relajarse del mundo de superhéroes que lo abrumaba y, finalmente, que sea una experiencia tan disfrutable. Demuestra ser un director con un rango insospechado, que sabe sacar sólidas actuaciones de un reparto –en su mayoría– de desconocidos.

Las acciones son las mismas que en la pieza original y los diálogos también se conservaron, lo único que cambia es la ambientación, capturada por una elegante fotografía en blanco y negro. Para algunos será un shock la fidelidad al texto, sobre todo si no conocen parte del vocabulario.

Si no la vieron en su pase en la Cineteca, el estreno veraniego de Mucho ruido y pocas nueces es una buena oportunidad de descansar de superhéroes, segundas partes, y demás fauna que nos tiene el cine de Hollywood.

Contacto:
@pazespa
http://pazespa.tumblr.com/
http://butacaancha.com/

 

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