Un hombre pasa los días sacando oro de un río en la sierra de Sonora. Su trabajo luce rutinario, al igual que su vida “conyugal”, con una mujer que se empeña en proteger de los peligros del lugar. Ambos esperan juntar suficiente metal dorado para mudarse a un lugar no especificado, sin embargo, los demonios del bosque tienen algo que decir al respecto.

Mis demonios nunca juraron soledad (2017), dirigida por Jorge Leyva (Más amaneceres), forma parte de la décimo séptima edición de Macabro: Festival Internacional de Cine de Horror de la Ciudad de México, sin embargo, contrario a lo que podría esperarse esta no es una película de terror, sino de fantasía donde la culpa y sus demonios se encarnan para acosar el transcurrir de los protagonistas.

Este en un western con toques paranormales, que comparte más de un vaso comunicante con el cine de este tipo hecho en nuestro país. Piensen en el esoterismo aplicado al género por Alejandro Jodorowsky en El topo (1970), la venganza cruda de El arracadas (1978), con un estoico Vicente Fernández, y el peso de la culpa desatada por la violencia de Los hermanos del hierro (1961). Hasta ese cuento de venganza fraternal, Cuento de hadas para dormir cocodrilos (2002), encuentra ecos en este relato.

Incluso, el realizador se da tiempo de citar en más de un encuadre Avaricia (Greed, 1924), el clásico maldito de Erich von Stroheim, donde un par de hombres pierden la cabeza y deambulan por el desierto gracias a una bolsa de oro.

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Para Leyva, una vez que el protagonista principal, el actor Manuel Uriza, “ve” al diablo a los ojos, no tendrá forma de librarse de sus demonios. Estas figuras que habitan en nuestra mente son los verdaderos obstáculos que debemos enfrentar, infatigables, renuentes y capaces de empatar cada uno de nuestros pasos.

El joven realizador mexicano logra darle a su película una atmósfera de pesadilla, un mal sueño a mitad de la peor resaca de nuestras vidas y el punzante sol de Sonora. Esa sensación se logra gracias a un eficiente trabajo de edición, donde recuerdos, alucinaciones, pesadillas y realidades se mezclan hasta difuminar cada una de las fronteras del relato.

En la visión de Leyva, los héroes de la época temprana del western no existen. Vaqueros inmaculados, infalibles, buscando hacer justicia a justos y pecadores. La realidad planteada por el director se acerca más a los westerns crepusculares del gran Sam Peckinpah, donde todos parecen ser culpables de algo y la justicia, sí existe, es un ideal no del todo alcanzable.

Después de todo, la violencia deja marcas. Señales que, como un gran anuncio de neón, le anuncian al mundo que alguien bailó con el diablo y ahora se cubre las espaldas esperando que venga a cobrarse la deuda.

 

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