Por Jonathán Torres

El miércoles 16 de agosto iniciaron formalmente las negociaciones para tejer la nueva era del acuerdo más importante para México: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), después de su entrada en vigor el 1 de enero de 1994. Sin embargo, el trabajo de inteligencia y lobbying de la parte mexicana se ha manifestado desde mucho tiempo atrás.

Las negociaciones, al calor del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP), cuya intención era frenar el avance de China, representaron un buen antecedente de trabajo conjunto entre el gobierno y los empresarios mexicanos ante los desafíos que venían del exterior.

Desde entonces, surgieron grupos de trabajo, conocidos como el “cuarto de junto” y el “cuarto de inteligencia”, para disponer de toda la data relativa a la importancia que México registra en el entramado económico global, sin dejar de ubicar sus puntos débiles, así como un pull de expertos en comercio internacional que pudieran acompañar al gobierno mexicano en sus giras de trabajo.

Ahora, la renegociación del TLCAN coloca a los representantes mexicanos frente a la negociación comercial más importante de los últimos años. Todos ellos presumen estar muy bien preparados para defender su postura, sobre todo, ante sus contrapartes estadunidenses. No habrá, aseguran, sometimiento. Su objetivo es materializar un acuerdo justo para todas las partes. Pero también ubican los flancos sensibles mexicanos que podrían descomponer esta historia… y los puntos flacos de su vecino.

 

Las papas calientes

Uno de los principales focos rojos que Estados Unidos no se cansará en citar resulta ser una desafortunada e inadmisible práctica que todos los días ocurre en México: la corrupción.

Como en cualquier sociedad, debe existir confianza entre las partes y que éstas tengan las manos limpias. Así, en esta negociación ya hay una confesión de parte: “Una de las debilidades que tiene México es la seguridad jurídica, el Estado de Derecho”, dice Manuel Herrera, presidente de la Confederación de Cámaras Industriales (Concamin). “Los niveles de corrupción son escandalosos y requerimos que se mande, muy pronto, un mensaje muy sólido de la fortaleza institucional para combatir la impunidad, y eso generará mayor confianza”.

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Foto: Daniel Acker/Bloomberg via Getty Images

Otro gran foco rojo, que también podría impactar a Canadá, es el retiro del Capítulo 19 del TLCAN, que ofrece salvaguardas para los socios ante posibles casos de dumping. México y Canadá van por su preservación, pero Donald Trump piensa lo contrario. “Ése es el foco rojo más importante que tenemos y el más preocupante”, afirma Bosco de la Vega, presidente del Consejo Nacional Agropecuario (CNA). “Estados Unidos quiere imponer sus propias reglas y ahí México estaría muy vulnerable ante casos de dumping por subsidios, temas laborales, etcétera”.

La cuestión fiscal no será cosa menor. Si Estados Unidos ajusta su sistema tributario, México tendría que actuar en consecuencia, cuando hoy sus montos de recaudación no son, necesariamente, los óptimos. “México tendría que hacer una modificación al sistema fiscal para, realmente, mantener los niveles competitivos con los que debemos estar jugando”, añade Manuel Herrera.

Las escaramuzas en torno de las reglas de origen ya han tenido lugar desde hace algún tiempo. México va por el fortalecimiento de la planta productiva nacional y el combate a las distorsiones provocadas por otras economías en perjuicio del bloque de América del Norte (léase China), entre otros puntos. “Pero, en lo que no debemos caer es en un proteccionismo mal entendido”, advierte el líder de la Concamin.

 

Los nichos de oportunidad

Tres días después de la toma de posesión de Donald Trump, el pasado 20 de enero, la US Food and Agriculture Dialogue for Trade, que aglutina a las organizaciones más poderosas del agro de aquel país, enviaron al presidente de Estados Unidos una carta que, palabras más, palabras menos, expresa la importancia que tiene el TLCAN para este sector y la riqueza económica que genera. Dicho documento fue interpretado de dos formas: como una súplica a no tocar el capítulo del agro en el acuerdo o como una advertencia de los millones de empleos y dólares que podrían perderse en Estados Unidos.

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Foto: Susana Gonzalez/Bloomberg via Getty Images

La contraparte mexicana sabe lo que tiene y sus negociadores sostienen que este sector es una de sus principales fortalezas. Las “sociedades binacionales” son bastante sólidas entre agricultores mexicanos y estadounidenses, sin hacer a un lado a los canadienses. En números redondos, 29 estados de la Unión Americana exportan grandes cantidades de carne, granos y hortalizas a México. El pronóstico es que los redneck, que representan buena parte del voto duro de Trump, no permitirán un ajuste que vaya en contra de sus propios intereses.

La inclusión en las negociaciones del capítulo energético también alimenta el optimismo en México, considerando la circunstancia que trae consigo la reforma energética. La apuesta es atraer más capitales a través de alianzas, pero en el balance hay un sector en el que se presume hay una ventaja competitiva: las energías renovables, donde Estados Unidos no puede presumir de buenas cuentas.

En este momento, las llamadas telefónicas, el lobbying con gobernadores y en el Congreso de Estados Unidos, las negociaciones de alto nivel ya tienen lugar y, junto con los demonios que surgirán en cada encuentro, una preocupación más se asoma: el factor político, las elecciones de 2018. El cálculo es compartido por buena parte de los negociadores: si, para enero próximo, no hay humo blanco, la renegociación tendrá que esperar hasta después de conocer al futuro presidente de México.

¿La posible llegada de Andrés Manuel López Obrador alteraría la negociación? Ésa es otra historia.

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Foto: Justin Sullivan/Getty Images)

 

 

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