Esta historia fue publicada en la edición impresa de junio de 2018 de Forbes México. Suscríbete.

 

Por Lucía Pérez Moreno / enviada / Fotos: Angélica Escobar

Iguato, Sinaloa. En este paraje agrícola de la rivera del río Culiacán, difícilmente ubicable en el mapa, se ha comenzado a producir maíz amarillo. Es parte de un proyecto de agricultura sustentable de la estadounidense Kellogg’s, que busca potenciar la compra local de este insumo vital para su producción de cereal.

Kellogg’s es la primera multinacional que llega a esta región de abundantes cosechas, pero no es la única que intenta implementar un plan para tener proveedores locales que le surtan ininterrumpidamente una materia prima de calidad y reducir, así, sus importaciones.

El terreno conocido como Vega del Río es el lugar perfecto. Además de un clima benévolo, agua en abundancia y tierras planas, aquí los pobladores tienen fama de emprendedores. Estas cualidades ya les permitieron convertirse, en menos de tres años, en el mayor productor de maíz de México, rebasando a Jalisco, indica el doctor Ramón Soriano Robles, investigador en Recursos Socioambientales y Sustentabilidad, de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). “Vieron que los precios del maíz subían y comenzaron a sembrarlo”, dice.

En pocos años pasaron de cinco a 11 toneladas por hectárea (tons/ha), gracias a una combinación de factores, que van desde el clima hasta el uso de la tecnología y de semillas mejoradas, tercia Jorge Lugo, presidente de la Fundación Produce Sinaloa, dedicada a promover la innovación tecnológica en ese estado, y uno de los propietarios de los terrenos en Vega del Río. “Ya somos campeones en producción y calidad”, afirma.

Cuando Kellogg’s llegó a la región para invitarlos a su proyecto, muchos productores se apuntaron y, este año, los Lugo y otros van a entregar su primera cosecha de maíz amarillo. A cambio, van a recibir estímulos monetarios (equivalentes a lo que le costaría a la compañía traer el maíz de Estados Unidos), así como asesoría técnica y tecnológica para elevar los rendimientos.

 

Aliados por el maíz

Kellogg’s lanzó, en 2017, su proyecto “Apoyo al abastecimiento responsable y agricultura sustentable de maíz en México”, como parte de su estrategia mundial de garantizar la entrega de 10 insumos clave que digieren sus plantas, como maíz, arroz y trigo. Hoy tiene 35 proyectos similares por el mundo, incluyendo América Latina.

En México se ha gastado más de 250 millones de pesos (mdp) y tardado dos años en articular el Business Continuity Plan, elaborado en asociación con Cimmyt, una organización internacional, independiente y no lucrativa, especializada en investigación agrícola, surgida en México a mediados del siglo pasado.

“Teníamos que cuadrar las cuentas hasta encontrar la viabilidad financiera a todas las partes”, dice Bram Govaerts, representante del Cimmyt en América Latina y México para el Programa de Intensificación Sustentable.

Este centro es un socio clave, pues ha diseñado proyectos de agricultura sustentable de alto impacto. “No es un socio cualquiera: es un desarrollador de semillas que también tiene la capacidad de influir a las comunidades”, dice Alberto Raich, vicepresidente de Mercadotecnia, Ventas e Innovación para América Latina de Kellogg’s.

Cimmyt lleva varios años trabajando con MasAgro, un programa gubernamental de Sagarpa, para levantar proyectos sustentables; pero el proyecto con Kellogg’s es su contrato más grande e importante.

Dicho contrato abre una nueva etapa para el centro, afirma Alberto López Saavedra, gerente de relaciones público-privadas del programa de mejoramiento de Cimmyt, pues otras empresas, sobre todo mexicanas, se han interesado en construir modelos similares. “Estamos en pláticas con Gruma y Bimbo”, comenta.

Un círculo virtuoso

El modelo que propone Cimmyt está basado en utilizar la agricultura de conservación tradicional, pero agregándole conocimiento científico y tecnológico. Sus tres pilares son: un medio ambiente sano, viabilidad económica y mejoras sociales para los agricultores, lo que combina tres conceptos ideológicamente irreconciliables: maximizar los rendimientos de la tierra, cuidar el medio ambiente y asegurar la subsistencia de los campesinos.

Se trata de una revolución que empezó hace dos décadas, cuando se dieron a conocer las primeras noticias del cambio climático, y que se extiende rápidamente por todo el mundo, dice Víctor Saavedra, de Cimmyt.

Esta agricultura no sólo responde a la crisis ambiental y económica que causó el abuso de los agroquímicos, sino al abandono del campo, que lo hace cada día menos redituable para los pequeños campesinos.

Este tipo de agricultura ya se está convirtiendo en el nuevo mainstream, considera Soriano, de la UAM, porque regresa a las prácticas que había antes de la Revolución Verde y suma conocimientos científicos y tecnológicos para mejorar los rendimientos de la tierra y las condiciones de los campesinos.

Hoy todas las grandes empresas agroindustriales, como Kellogg’s y Nestlé, tienen planes para salvar la tierra, pues saben que su sobrevivencia depende de tener los insumos para sus productos. En Estados Unidos, Kellogg’s es parte de una asociación de agricultura sustentable, llamada Field to Market, que busca promover las buenas prácticas agrícolas y compartir herramientas científicas y tecnológicas para mejorar las cosechas. Esta asociación tiene una plataforma llamada Fieldprint, que evalúa, con métricas estandarizadas, los avances de la agricultura sustentable.

Razones de peso

La parte más complicada para Kellogg’s y Cimmyt ha sido atraer a los agricultores. Muchos se resisten a dejar el maíz blanco, con el que se preparan las tortillas, para sembrar una variedad que les es ajena.

Este año, la cosecha de T83, como se conoce a la variedad comercial que usa Kellogg’s, será de 5,000 toneladas, pero la empresa necesita 10 veces más, de acuerdo con Servicios Agropecuarios de la Costa (Sacsa).

Para 2020, la compañía quiere llegar a las 100,000 toneladas, lo que significa agrandar 20 veces el programa. Cimmyt es responsable de convencer a los agricultores de sumarse al proyecto, lo que hasta ahora sucede a cuentagotas porque, aun cuando los empresarios de la zona son emprendedores, no quieren correr riesgos innecesarios. Según Cimmyt, con el maíz amarillo se obtienen 9.5 toneladas por hectárea (ton/ha), y, con el blanco, 11. “El amarillo es más sensible a las plagas y a las sequías”, dice Leopoldo Lugo, coordinador técnico de Cimmyt en Sinaloa, para explicar la reticencia de muchos agricultores a cambiar de cultivo.

Kellogg’s les ofrece un apoyo de hasta 267 pesos por cada tonelada (cerca de 7% del precio de la tonelada), para comprar fertilizantes y agroquímicos y cubrir gastos de flete y seguros. Pero como eso no les compensa la caída de ingresos que sucederá al menos en los primeros años, también ofrece asesoría técnica y tecnológica para bajar sus costos.

Las técnicas sustentables les permitirá reducir el costo de la tonelada de 3,500 a menos de 2,800 pesos, a través de ahorros en agua, insecticidas y fertilizantes nitrogenados, de acuerdo con Lugo, del Cimmyt.

Con todo, la migración a este tipo de agricultura implica perder rendimientos, señala Soriano, de la UAM. “Le pasa lo mismo que a la [agricultura] orgánica: Primero pierdes, pero luego ganas”, señala.

Entre las desventajas del programa está que los campesinos no reciben apoyo para la compra de las semillas híbridas comerciales que están obligados a usar. Podrán conseguirlas a mejores precios y con descuentos conforme más agricultores se sumen al programa, pero no por ahora, dice Víctor Hugo Gómez Aldapa, director general de Servicios Agropecuarios de Sacsa, la comercializadora de semillas.

Empresa global, consumo local

El problema no es la falta de maíz en el mundo, sino la volatilidad de precios. “Si la cosecha en Estados Unidos cae, los precios suben”, indica Raich, de Kellogg’s Latinoamérica.

De ahí la importancia de tener una relación más cercana con los proveedores de materias primas. En el caso del maíz, hay incertidumbre adicional, pues este cereal tiene gran demanda para preparar etanol.

Esto complica la situación de empresas que, como Kellogg’s, dependen del maíz que compran en dólares y venden en monedas locales.

Raich reconoce que la caída de ingresos de Kellogg’s se debe más a la volatilidad cambiaria que a una menor demanda de sus productos. Entre 2013 y 2017, sus ventas netas cayeron de 14,800 millones de dólares (mdd) a 12,900 millones, y sus utilidades netas pasaron de 41 a 38%, lo que la está obligando a reducir el crecimiento de sus inversiones.

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Alberto Raich, vicepresidente de Mercadotecnia, Ventas e Innovación para América Latina de Kellog’s. Foto: Angélica escobar/Forbes México.

En Kellogg’s se sabe que los consumidores son cada vez más exigentes respecto a la información que reciben acerca de sus alimentos y su procedencia. Las emblemáticas hojuelas doradas y crujientes que dieron vida a la empresa hace más de 110 años, están amenazadas por nuevos cereales, libres de transgénicos, gluten, sodio, sal, azúcar… endulzados y colorados, estilo Zucaritas y Frootsies, y los de marca libre.

Kellogg’s va a destinar toda la cosecha de Sinaloa a su producto más simple y menos azucarado, el cual elabora en la megaplanta de Querétaro, la tercera más grande del mundo.

El plan de este año es preparar 20% de las hojuelas con maíz mexicano y 40% para 2020, para lo cual espera sumar 4,000 hectáreas de maíz amarillo, lo que equivale a casi 10% de las tierras de temporal de Sinaloa.

A un año de iniciado el proyecto, no logró tener masa crítica. Lugo, el técnico de Cimmyt asignado en Sinaloa, lo atribuye a lo difícil que es hacer labor de convencimiento. “Es como querer cambiarle la religión a todo un pueblo”, dice, y recalca que la parte más desafiante es atraer a los pequeños productores que Kellogg’s insiste tener en su esquema, como parte de su estrategia mundial de sumar a unos 500,000 campesinos.

Raich recalca que la empresa no se dará por vencida. “Tenemos que acercarnos a ellos y decirles que sí hay negocio con el maíz amarillo; hay semilla y hay molino. Todo está listo para la entrega”, dice. A la empresa le urge hacer más visible su proyecto y justificar la inversión de 250 mdp que ha hecho.

Antes, tendrá que ganarse no sólo la confianza, sino la lealtad de los agricultores de Sinaloa, al demostrarles que sembrar maíz amarillo con técnicas sustentables es más redituable que sembrar maíz blanco.

Y mientras sigue con su proselitismo, la única certeza que tiene es que haber llegado primero al granero de México le da ventajas frente a sus competidores.

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Jorge Lugo, Presidente de la Fundación Produce Sinaloa. Foto: Angélica Escobar/Forbes México.

 

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