Por María Fernanda Salazar Mejía*

México está a unos días de celebrar elecciones presidenciales. Elegiremos también a diputados federales, senadores, legisladores locales, gobernadores en 9 estados, alcaldes y ayuntamientos. En un avance histórico, tenemos más candidatas que nunca. En ese contexto, vale la pena dimensionar la importancia del poder y la libertad del voto.

El 27 de diciembre de 1890, se anunciaba en México que la Constitución había sido enmendada para permitir la reelección indefinida del presidente. El Hijo del Ahuizote reflejó en su publicación la parodia de estos hechos, refiriendo que Porfirio Díaz duraría en su periodo “hasta que Dios quisiera”. Pero en noviembre de 1910, Francisco Madero declaró nula la última reelección de Díaz, exigiendo el sufragio efectivo, la no reelección y convocando a su derrocamiento; dando inicio a la revolución mexicana.

Según algunas estimaciones, esta guerra tuvo un saldo de entre 1.4 y 2.1 millones de muertes; el mayor retroceso demográfico en la historia del México independiente.

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Si bien el lema –sufragio efectivo, no reelección– estaba en todos los documentos institucionales del México posrevolucionario, los mexicanos del siglo XX no conocieron el significado del voto efectivo y libre. Aunque no había reelección, la competencia político-electoral solo sucedía dentro del partido político hegemónico, con el control del presidente de la República. La represión de los movimientos sociales y de la libre expresión, la cooptación de los poderes fácticos y el control de los poderes legislativo y judicial, eran característicos del Estado mexicano.

La elección de 1976 tuvo en López Portillo al único candidato. Esto dio origen a la reforma política de 1977 que marcó el inició una larga transición de partido único a la representación de las minorías en el Congreso, a través de los legisladores de representación proporcional (plurinominales).

La llamada “década pérdida” de los ochenta fue testigo de descontento social, político y económico que derivó en la elección de 1988 encabezada por Cárdenas y Salinas de Gortari, en la que solo participó 50% del electorado. Presumiblemente, con la caída del sistema, no se respetó la voluntad ciudadana.

Pasó un sexenio más en que la oposición ganó su primera gubernatura y avanzó en elecciones locales y legislativas, al tiempo que el levantamiento zapatista y el asesinato de Luis Donaldo Colosio marcaron una ruptura en nuestra historia. Estos hechos violentos tuvieron en la ciudadanía un efecto: rechazando el miedo y como voto de confianza en la democracia, las elecciones de 1994 registraron una participación histórica.

Así, en 1997 el PRI perdió por primera vez la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. En el año 2000 llegó finalmente la alternancia política y, desde entonces, tenemos elecciones altamente competidas en todos los cargos.

Pero ningún derecho se gana de una vez y para siempre. Los derechos se defienden ejerciéndolos y permitiendo que los demás los ejerzan.

En este proceso, 114 candidatas y candidatos han sido asesinados. Negar un vínculo entre las elecciones y los asesinatos de personas que buscan un cargo, como lo ha hecho el Secretario de Gobernación, es negar lo obvio.

La violencia política inhibe la participación de las víctimas y de quien sea que quiere participar en un proceso político democrático. Así lo evidencia la renuncia de candidatos y candidatas en distintas partes del país. La violencia política impone agendas ajenas a la ciudadanía o impide que ciertas agendas se realicen. Segura y desafortunadamente estos crímenes quedarán impunes porque la autoridad no investiga.

No podemos cerrar los ojos.

Lo que está en juego el 1 de julio, además de un proyecto político, es la defensa de un legado histórico: el voto libre. Ayer y hoy, gente ha dado su vida por nuestro derecho al voto democrático y por hacer desde el gobierno un trabajo que la sociedad no asume. Podemos simpatizar o no con uno u otro candidato, pero ignorar la violencia hacia ellas y ellos es condenarnos a lo peor: que solo quieran entrar a política representantes de intereses violentos o criminales.

Ningún candidato es perfecto, ni es todo lo que quisiéramos ser o tener como país, pero piensa quién se acerca más a lo que crees. Una vez que lo decidas, por lo que más quieras, vota.

*Consultora en Estrategia de Comunicación.

 

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