Por Jonathan Heath*

Es un hecho básicamente incontrovertible que ningún país gana en una guerra comercial. Los consumidores siempre son los que más pierden, mientras los efectos netos en las industrias involucradas son pérdidas de empleo y disminuciones en el PIB. Después de décadas de experiencias negativas, 25 países acordaron en 1947 el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, conocido como el GATT, como una medida preventiva de guerras comerciales. El crecimiento acelerado y sostenido de los sesenta se debió fundamentalmente a las continuas reducciones de aranceles motivadas por este acuerdo. En 1994, los ya 75 países miembros, fundaron la Organización Mundial de Comercio (OMC), que hoy abarca más de 160 países que representan el 98% del comercio, mientras que más de 20 países adicionales han mostrado interés por adherirse a la organización. La finalidad primordial de la OMC es abrir el comercio en beneficio de todos, evitando los efectos negativos de guerras comerciales.

Estados Unidos fue miembro fundador del GATT y de la OMC, siendo tradicionalmente uno de los países que más ha promovido el libre comercio, como consecuencia de sus amplias experiencias negativas. Uno de los ejemplos más famosos fue la ley Smoot-Hawley de 1930, que aumentó los aranceles del país en un promedio de 20%. El Congreso de Estados Unidos aprobó la ley cuando empezaba la Gran Depresión, en medio de una demanda agregada de por sí deprimida. Al incrementar el costo de muchos bienes, disminuyó aún más la demanda y provocó consecuencias contrarias a las intenciones originales. La respuesta de la mayoría de los países fue la devaluación de sus monedas y la imposición de medidas recíprocas. Al desplomarse el comercio mundial, esta medida no solo profundizó la Gran Depresión, sino que además la prolongó.

Otro ejemplo también muy conocido y mucho más reciente, fue cuando el presidente George Bush (hijo) aumentó los aranceles para la importación del acero en 2002. Múltiples estudios han concluido que tuvo impactos negativos en el PIB, los salarios reales y en el retorno de capital de los inversionistas en Estados Unidos. El Instituto Peterson de Economía Internacional estimó que los aranceles de Bush costaron alrededor de 400 mil dólares por cada empleo directo que logró salvar. Al final de cuentas, la OMC declaró que la medida era ilegal, por lo que la medida fue revertida.

Si existe tanta experiencia negativa al respecto, ¿por qué Trump ha iniciado esta guerra comercial? El problema radica en que Trump tiene una manera muy peculiar de interpretar los eventos económicos. Es comparable con el fenómeno de la hiperinflación, causada (sin lugar a duda) por la impresión excesiva de billetes por un gobierno. Si existe tanta evidencia al respecto, ¿por qué gobiernos vuelven a cometer el mismo error? Los dos casos sobresalientes de la última década son Zimbabue y Venezuela. En el caso de Trump, él piensa que las guerras comerciales son “buenas y fáciles de ganar”, ignorando toda la evidencia contraria. Equipara un déficit comercial como un país perdedor, similar a una empresa con pérdidas, sin poder comprender que el comercio exterior no es un juego de suma cero, sino que todos suelen salir ganando. Pero peor aún, su razonamiento lo lleva a instrumentar medidas lesivas para todos con tal de reducir el déficit que tiene su país con el resto del mundo, sin vislumbrar que los aranceles más elevados no van a funcionar. Primero, dada la reacción natural de los demás países de tomar medidas recíprocas, y segundo, porque un déficit comercial es consecuencia de una falta de ahorro interno de un país. Mientras que el ahorro de las familias en Estados Unidos no cambie, el país mantendrá una posición deficitaria con los países con que comercializa.

Al final de cuentas, Trump utiliza su posición de fuerza para ganar negociaciones. El problema es que esta estrategia no va a funcionar en el ámbito político económico mundial. Va a infringir más daño, menos crecimiento, más desempleo y muy probablemente, llevará al mundo a una nueva crisis. Todos tenemos que perder, unos más y otros menos. Desafortunadamente, México está en la lista de los que más pudiéramos perder.

*Asesor Económico de American Chamber of Commerce of Mexico.

 

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