Con el desmantelamiento de la Unión Soviética a principios de los años 90, la incertidumbre acerca del nuevo orden internacional generó en los diferentes escenarios geopolíticos el boom de los procesos de regionalización e integración económica. La transformación del GATT en OMC parecía ser la respuesta a esa nueva forma de relación económica y política al interior de las regiones.

El gobierno de George Bush no logró definir una tendencia clara respecto al orden internacional y lo único que se sabía era que todo aquello que no era bipolar era parte del nuevo orden internacional.

Desde entonces, el proceso de Integración económica ha evolucionado no sólo en lo que parecía ser la globalización sino en lo que hoy en día podemos llamar el regreso al nuevo proteccionismo.

El proceso de regionalización incluyó también, procesos de integración social y política como el que se vio en la Unión Europea con la firma del Tratado de Maastricht; así entonces el fenómeno de integración en Asia, América Latina, América del Norte, Europa y Medio Oriente requirió también la evolución en las políticas conjuntas para temas migratorios, financieros, monetarios y, por supuesto, comerciales.

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La cuarta ronda de negociaciones del TLCAN no sólo trajo consigo la especulación y excesiva respecto al futuro de la economía nacional y regional por una eventual salida de Estados Unidos del Tratado; sino que además pone de manifiesto el deseo claro del presidente Donald Trump de regresar a la época proteccionista en los Estados Unidos en materia económica y política.

El proteccionismo como una estrategia económica para el desarrollo de las economías internas busca primordialmente nivelar los déficits comerciales para potenciar así el desarrollo de los inversionistas nacionales y productores locales; no obstante en un mundo sumergido en un proceso de integración e intercambio comercial y económico tan avanzado como el que se vive hoy alrededor del mundo, difícilmente se puede aislar una economía tan dinámica como la de EU al interior de su región ni con el resto del mundo. Sabemos bien que el déficit de la balanza comercial en los Estados Unidos lo generan principalmente aquellos socios comerciales como China con quien no tiene firmado un TLC; por lo que las reglas del mercado internacional no les favorecen a dos de los grandes titanes comerciales del mundo.

No podemos olvidar que la especulación genera volatilidad en los mercados cambiarios y que es el factor principal para detonar fluctuaciones drásticas en la apreciación o depreciación de la moneda. El tipo de cambio, sin embargo, está relacionado directamente con el nivel de reservas federales que resguarda banco de México y que obedece sin lugar a dudas a la balanza comercial; es decir a las ganancias o pérdidas que tiene México por concepto de comercio internacional, turismo, entre otros indicadores macro económicos.

Si bien es cierto que, desde 1994 el TLC pareciera haber representado para México menos condiciones favorables que para Estados Unidos, la realidad es que en este momento el TLCAN ofrece a México y a Canadá la oportunidad de generar un intercambio comercial mucho más dinámico y justo.

Para Estados Unidos el factor determinante para la estabilización de su balanza comercial no es la relación comercial con México y Canadá, es por el contrario el comercio que sostiene con naciones cuyas prácticas desleales de comercio le representan bajos niveles de competitividad en sus mercados internos.

El objetivo de la delegación estadounidense en la renegociación del TLCAN es plantear como meta las modificaciones que conlleven a una mejora de la balanza comercial de EU y la reducción del déficit comercial con los países del TLCAN así como el desarrollo de un mecanismo apropiado para evitar que los países del TLCAN manipulen el tipo de cambio para ganar una ventaja competitiva desleal, la eliminación de la evasión fiscal y la reducción de políticas laborales dispares; pero al parecer el camino hacia esos objetivos es más complicado de lo que esperaban.

 

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