Pensemos en una app de ligue. En esencia son catálogos de personas exhibiendo ciertas partes de su cuerpo o su poder adquisitivo a través de fotos en el extranjero o saltos en paracaídas. Los usuarios califican lo que ven y, en términos laxos, concretan un encuentro. Eso es todo.

Pareciera que la tecnología ha logrado convertir en un objeto a los seres humanos, una mercancía que puede ser calificada o desechada de manera rápida e inmediata. Sin embargo, la aplicación no es, en todo caso, la causante de dicha cosificación. Somos nosotros.

Los objetos técnicos (el Estado, una app, un algoritmo, etcétera) sólo replican las relaciones que construimos los seres humanos. Y si estas son nocivas o cosificantes, entonces nuestros desarrollos tecnológicos serán así. Por ello, es importante que reflexionemos sobre la tecnología que construimos desde una perspectiva crítica. No sólo se trata de reducir el conocimiento a una mera cuestión práctica (una patente, una reforma legislativa, la educación en sí), sino de reflexionar hacia dónde queremos que esos saberes nos lleven y cómo queremos construirlos.

Elena León, Coordinadora del Laboratorio de Investigación en Arte y Tecnología del Centro Multimedia del CENART, participante del Laboratorio Filosófico de Tecnologías, e integrante del Seminario Alteridad y Exclusiones, explica que la filosofía de la tecnología es una herramienta para crear una discusión sobre la relación de loa humano con lo tecnológico, así como sobre lo que llamamos conocimiento y la forma en que lo utilizamos. “Durante la posguerra, la ciencia y el conocimiento tuvieron un acento hacia lo tecnocrático, es decir, hacia la producción de conocimiento para su posterior aplicación tecnológica; ello implica una lógica capitalista de la innovación por la innovación en sí misma que debería llevar a construir cosas que pudieran utilizarse. Esa fue la dinámica que aceptamos de los saberes científicos y tecnológicos, sin embargo, está lejos de ser la única visión”.

De ahí la importancia de reflexionar sobre la ciencia y la tecnología, no para crear objetos o bienes en el sentido del capital, sino para entender de qué manera se pueden mejorar las relaciones entre las personas y las sociedades, señalando la forma en la que se reproducen relaciones nocivas de poder y generando una visión mucho más democrática e incluyente, capaz de reconocer la diversidad de individuos, de generar nuevos vocabularios y de cambiar las relaciones entre las personas.

La tecnología, a fin de cuentas, reproduce lo que somos como sociedad y la forma en la que vemos y entendemos a los otros. Cualquier tecnología, por consiguiente, no está libre de tener visiones y posturas ideológicas. De ahí la importancia de entender cómo la desarrollamos y hacia dónde queremos llegar.

 

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