Este tipo de instrumentos tiene la ventaja de que permite disponer de recursos de forma inmediata cada vez que se alcanzan los parámetros que definen un desastre. Conoce cómo funcionan.

 

 

 

 

Desde la perspectiva de la administración de las consecuencias de las catástrofes naturales, el momento más crítico ocurre justo después de esta: hay que atender de forma inmediata a las personas que por alguna razona hayan resultado atrapadas o bien hayan sufrido algún daño físico. Hay que proporcionar primeros auxilios, trasladar a la población a lugares seguros,  proporcionarles víveres,  techo y medicinas por citar algunos rubros.

La complejidad de la situación aún es mayor si se considera que los gobiernos no cuentan con los recursos de forma la mediata. Es difícil mantener una “reserva”, ya que también se tienen regularmente otros gastos apremiantes a lo largo del año: el sistema de salud, la educación, la seguridad, el abastecimiento de agua, la administración de justicia y otros muchos. Por otra parte, que al inicio de año se cuente con un presupuesto no significa que ya se cuente con el dinero, de ahí el nombre. Esto es, los gobiernos captan sus recursos a lo largo del año operando por ello condiciones de márgenes estrechos de liquidez.

Así hasta hace poco los gobiernos tenían básicamente tres alternativas para enfrentar los primeros momentos después de una catástrofe:

  1. Reasignar las partidas presupuestarias
  2. Obtener recursos de los seguros tradicionales que se hubieran contratado siguiendo con ello un proceso de ajuste de daños
  3. Aceptar la ayuda internacional.

Además de otras limitantes, estas tres fuentes de recursos tienen la característica en común de que se obtienen de forma muy lenta, haciéndolas poco viables como mecanismos para afrontar la emergencia.

Por ello, recientemente se desarrolló un instrumento financiero llamado bono catastrófico parametrizado. Se llama bono porque comparte las mismas características distintivas de un bono tradicional: valor nominal, emisor, clausulas, tasa nominal, vencimiento y, en su caso, cupones. Sin embargo, a diferencia de un bono tradicional, el tenedor de este tipo de bonos va a obtener una sobretasa en cada corte de cupón en adición a su tasa de interés nominal. Esta sobretasa es una recompensa adicional que recibe por correr un riesgo importante: si ocurre un desastre natural, va a perder toda o parte de su inversión.

La ocurrencia o no del desastre ha quedado definida previamente por ciertos parámetros: nivel de grados Richter que se registre en una estación sísmica previamente acordada, en caso de un terremoto o velocidad del viento que registre una estación meteorológica previamente acordada, en caso de un huracán, por citar un par de ejemplos.

¿Quién se queda con el dinero dadas estas condiciones? El emisor, el cual dispone de recursos de forma inmediata al alcanzarse los parámetros.

Entonces, este tipo de instrumentos tiene la ventaja de que permite disponer de recursos de forma inmediata cada vez que se alcanzan los parámetros que definen un desastre en términos de la rareza del fenómeno natural, o sea, para valores extremos de la amenaza natural.

Como lo ha comentado anteriormente en este blog, un desastre natural ocurre por la combinación de la materialización de una amenaza natural, la exposición a esta amenaza y la vulnerabilidad que se tiene dado que se está expuesto. Así, en ocasiones puede ocurrir una catástrofe ya que una población vulnerable se ha expuesto, o sea se ha establecido donde existe una amenaza (como régimen de lluvias torrenciales) que ocurre regularmente de forma natural.

México es pionero en el desarrollo de este tipo de coberturas. En el año 2006 nuestro país emite su primer bono catastrófico para cubrirse contra la ocurrencia de terremotos. Esta cobertura fue renovada en el 2006 y nuevamente ha sido renovada a finales del 2012. Actualmente cubre contra terremotos de gran magnitud (medido en grados Richter y profundidad) en varias regiones del país y contra huracanes de gran intensidad (medido en presión atmosférica) para ciertas regiones en ambas costas. En todos los casos las coberturas son para valores extremos de la amenaza natural.

 

 

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