No, seguramente no será para presumir. Al primer informe de gobierno, el presidente López Obrador llega con un país polarizado, una opinión pública desgastada y un ambiente enrarecido por los “otros datos”.

La sobreexposición del presidente en sus mañaneras nos ha dado un cúmulo de cuestionamientos en lugar de certezas y a lo largo de este primer tramo de gobierno, lo que tenemos es una permanente incertidumbre y falta de confianza.

Con la llegada del 1 de septiembre, llega la expectativa sobre el mensaje, las formas, los contenidos y el balance entre las promesas y las realidades.

No se puede pasar por alto, que a pesar de lo expresado en el spot pulido y bien cuidado con el que se presenta el “1nforme” está la percepción del ciudadano de a pie que ha perdido programas sociales, empleo, familiares a mano de la delincuencia, oportunidades de negocio y en general de la esperanza de que la transformación es para todos.

Si algo podemos esperar, es un acto de congruencia. Un estado de resultados no con lo que se ha hecho, sino con lo que no se ha hecho y queda pendiente por realizar.

Desde la congruencia y la honestidad, el presidente debe reconocer lo que no ha sido motivo de orgullo, lo que ha generado inestabilidad y lo que piensa hacer con esos pendientes por realizar.

No queremos oír las descalificaciones y el desdén con el que se tratan desde el pódium presidencial cada mañana los cuestionamientos sobre la seguridad pública, los medicamentos, las estancias infantiles, la Guardia Nacional, el crecimiento económico y el sin fin de temas que han pasado por ahí.

No queremos respuestas, queremos un plan de acción, la carta real de navegación, la ruta a seguir para hacer ajustes y se recomponga el rumbo donde sea necesario.

Más allá de la curiosidad que pueda generar el protocolo a seguir por la 4T, la lista de asistentes y las formas, el foco debe estar en el fondo, en lo que se dice y en lo que no se dice pues justo ahí estará el mensaje del presidente hacia la población.

Un informe de gobierno, de alguien que esperó 18 años para llegar al poder, debería ser más un ejercicio de transparencia y rendición de cuentas, sin mensajes interminables de los que poco se aprende y con los que nada te quedas.

Quisiéramos escuchar sin las culpas del pasado, un contundente y claro mensaje que nos devuelva la confianza a los empresarios, a los desempleados, a las jefas de familia, a las mujeres que caminan solas y a aquellas personas que no encuentran en México un espacio digno para su desarrollo personal.

 

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