El asesinato de Manuel Buendía fue un golpe seco al gremio periodístico. Era la evidencia de que grupos criminales, dentro del propio estado, estaban dispuestos a rebasar límites y a pagar los costos que implicaba silenciar a un periodista incómodo.

Netfilx está transmitiendo un documental, dirigido por Manuel Alcalá y narrado por Daniel Giménez Cacho,  sobre el contexto en que falleció el autor de Red Privada, la columna periodística que se publicaba en tres decenas de diarios y de modo destacado en Excélsior.

¿Quién mandó matar a Buendía? La pregunta sigue abierta, porque muchas pistas no se han agotado, y porque parece poco factible que José Antonio Zorrilla,  quien fungió como jefe de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), sea el único autor intelectual implicado. 

Tenemos certezas, sin embargo, y no son menores. A Buendía lo asesinaron en una operación realizada por profesionales y que además eran policías. La detención y condena del propio Zorrilla  y de Rafael Moro Ávila, un agente de la DFS, así lo indican.

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Buendía era un periodista acucioso y sus análisis abarcaban las atrocidades del caciquismo político, el sindicalismo corrupto, el papel de la ultraderecha, las actividades de la CIA y el papel que empezaban a jugar los narcotraficantes.

La propuesta narrativa de “Red Privada: ¿quién mató a Buendía?”, es interesante y se acompaña de entrevistas con periodistas que saben del asunto: Blanche Petrich, Raymundo Rivapalacio, Jorge Menéndez, José Reveles y Rogelio Hernández.

Es también la memoria y mirada de testigos privilegiados de ese tiempo, como Iván Restrepo, amigo de Buendía y conocedor de su trayectoria en ascenso.

Son años de insistir en piezas que faltan. Rogelio Hernández ha sido fundamental por su tesón y descubrimiento a lo largo del tiempo, de los años que se cuentan a partir de la tarde del 30 de  mayo de 1984.

Petrich da en el blanco al señalar que una de las lecciones  de la muerte de Buendía, es que abrió la puerta a sucesos de mayor alcance, a una historia que empezó a marcar una ruta violenta que no termina.

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Otro entrevistado relevante es Jorge Carrillo Olea, quien en esos días era subsecretario de Gobernación y contaba con una idea bastante precisa de los grados de pudrición en los que se encontraba la DFS. Es más, tenía la encomienda del presidente Miguel de la Madrid de acabar con aquello, aunque todo se le dificultaba por la oposición del entonces encargado de la política interna del país, Manuel Bartlett.

La propuesta de Alcalá no concluye, porque no puede hacerlo, pero desliza la posibilidad de que detrás del crimen se encuentre la CIA, aunque no descarta los pasillos y entretelones del propio poder.

Todo puede ser, y más aún en un entramado tan complicado, con diversos pliegues y tonalidades. Muchos querían matar al columnista más influyente de México, pero pocos contaban con las capacidades logísticas y de protección para hacerlo.

Por ello, son certeras las conversaciones con el entonces procurador del Distrito Federal, Ignacio Morales Lechuga, quien detuvo a Zorrilla y con el subprocurador de combate a la delincuencia de la PGR, Javier Coello Trejo, que lo interrogó y a quien el ex director de la DFS le dijo que no era responsable del homicidio pero conocía al responsable.

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Zorrilla nunca ha hablado, jamás deslizó imputación o sospecha sobre alguna persona o grupo. Aguantó, como se decide y eso es lo que hace que las hipótesis pueden ser diversas. En todo caso, si mantiene algún tipo de lealtad, es porque existen motivaciones para hacerlo.

Impresiona la entrevista con Moro Ávila, que más allá de la defensa que hace de su propia situación, esboza la forma de actuar de la DFS, las operaciones de encubrimiento y las periferias del suceso.

Se dice inocente y víctima de engaños para que confesara su participación en la “Operación Noticia”. Paso 18 años tras las rejas.

En todo caso, la difusión del documental es una ganancia, porque acerca a públicos más jóvenes a un episodio oscuro del antiguo régimen, del México de partido dominante y de la democracia escasa.

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