Todo ser humano que solicita asilo, apátrida, desplazado interno o repatriado, ha sido forzado a dejar su hogar, su entorno. No importa cuál ha sido la causa que ha originado el desplazamiento; es necesario generar conciencia acerca de lo que experimentan las personas que atraviesan mares, continentes, o que transitan en rutas migratorias peligrosas  para llegar, ya sea a campos de refugiados saturados o a sociedades cada vez más intolerantes ante las nuevas oleadas de migrantes.

De acuerdo con el informe Global Trends 2016 publicado por la ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados) durante 2016 se registraron más refugiados que nunca antes en la historia y, esto, debido a los conflictos armados y la persecución. Esto, implica que cada minuto, se ven forzados a huir de sus comunidades 24 personas, cuatro veces más que el número registrado 10 años atrás.

Sí se toma como base, una población mundial de 7.4 billones de personas; hoy, una de cada 113 personas busca asilo o refugio alrededor del mundo en este momento.

Conforme se ha ido perfilando el escenario internacional, las causas de los desplazamientos son tres básicamente: los conflictos armados son ahora más prolongados, hay nuevos conflictos escalados a nivel regional que detonan situaciones de inseguridad también a nivel regional y desde el final de la Guerra Fría hay cada vez menos oportunidades para resolver eficientemente la atención a los refugiados en los países receptores.

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Diferentes informes señalan que los tres países con mayor cantidad de desplazados son Siria (4.9 millones), Afganistán (2.7 millones) y Somalia (1.1 millones); en América Latina, los países con mayor número de desplazados son El Salvador y Venezuela. Este último tiene acumulados 34,200 ciudadanos solicitando asilo tan solo en 2016; mientras que El Salvador tiene 42, 900 ciudadanos solicitantes de asilo.

Es cierto que los más de 65 millones de personas alrededor del mundo que han sido forzadas a dejar sus comunidades de origen, equiparan la población total de Francia y ello de manera natural requiere de toda una infraestructura que permita la atención adecuada y de calidad para garantizar el pleno acceso a servicios públicos y sociales que a su vez salvaguarden la dignidad y los derechos de los refugiados. También es cierto que el cierre de fronteras y las restricciones migratorias no son la solución a un problema que requiere privilegiar el interés del ser humano y no de una nación en particular.

Una expresión de solidaridad como la que han puesto países receptores como Líbano, Jordania, Turquía; se requiere en otras latitudes donde hoy por hoy el miedo a los migrantes les lleva a cerrar sus fronteras, buscar la imposición de prohibiciones migratorias, o aspirar a construir muros fronterizos.

La realidad hoy en día apunta a que además del fenómeno en incremento de la población desplazada, los patrones de los flujos migratorios ha cambiado y se han detonado nuevas rutas migratorias que obedecen ahora a nuevos patrones culturales, comerciales y sociales.

 

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