Hace un par de semanas se desató una fuerte polémica por la reacción de Serena Williams durante la final del abierto estadounidense de tenis.

Hay quienes aseguran que lo acontecido no tuvo que ver con machismo, lo cual recuerda las viejas discusiones (porque han quedado ocultas, no por falta de vigencia) sobre lo que tiene que ver o no con el capitalismo. Y es que no terminamos de entender que el machismo es un tema estructural que define las relaciones entre seres humanos, y entre seres humanos y naturaleza; un modo de percibir el mundo y actuar en él. El machismo no solo describe el actuar de hombres sino de mujeres, y se exacerba en el ejercicio del poder.

Nadie puede dudar que Serena Williams es una mujer poderosa: la mejor jugadora de tenis de la historia, millonaria, estrella de Nike, una fuerza física sin precedentes, atleta convertida en líder social, referente de nuestro tiempo.

¿Cómo entender lo sucedido?

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Una pauta está en los estereotipos de género, que nos definen lo que debe ser o no el comportamiento de mujeres y hombres en determinados escenarios. Eso explica que se dedique tanto tiempo a la explosión de enojo y frustración de una mujer pero que no sea igual cuando es de hombres. Eso explica el tipo de calificativos que reciben los enojos de hombres y mujeres, o que se culpe a una mujer en competencia de quitarle el protagonismo a otra mujer, cuando son los medios los que calculan la rentabilidad de su cobertura. Podemos salirnos del mundo deportivo y analizar el tipo de posiciones que en política suelen darse a las mujeres: cuidados, grupos vulnerables, comunicación, educación. La historia y el presente dejan claro el costo que pagan las mujeres que se atreven a romper con esos roles.

Otra pauta está en la articulación que seguimos haciendo del feminismo en lo cotidiano, a la par que seguimos sin procesar la profundidad de la estructura machista que nos envuelve. El machismo lo tenemos introyectado las mujeres, muchas veces con la misma intensidad que los hombres, porque somos producto de esa cultura. No obstante, no lo sufren igual los hombres, puesto que las mujeres son las excluidas; las que viven dobles estándares; las que deben esforzarse más y demostrar más para llegar más alto y las invisibilizadas como protagonistas de sus vidas y de la historia de la humanidad.

El feminismo es la compleja y continúa construcción que impulsaron mujeres valientes y brillantes para evidenciar esas estructuras de poder excluyentes, cuestionarlas y transformarlas. El feminismo es eso que hoy seguimos construyendo muchas  (desafortunadamente no todas), acompañadas también de hombres, que creemos posible una sociedad basada en igualdad sustantiva y justicia.

En ese sentido, Serena Williams ha roto todos los estereotipos y obstáculos que podría romper una mujer en el llamado “deporte blanco”. Un deporte elitista que abusa del concepto de belleza de las mujeres blancas, europeas, de piernas largas y delgadas, obligadas a utilizar ropa que muestre a los espectadores más que su calidad deportiva.

¿Alguien imagina el costo emocional que habrá pagado una niña, una adolescente, una mujer negra con esas características, en ese deporte? Ese costo, en distintas intensidades y modalidades, es el que todas las sociedades han hecho pagar a las mujeres por intentar algo que a los ojos de quienes han dominado la historia no nos corresponde: ser líderes; ganar lo mismo; respeto a nuestro cuerpo; tener ambiciones; visibilizar injusticias sin ser llamadas locas o histéricas; sistemas que no castiguen más a las mujeres por ciertas conductas, como sucede también en la justicia penal.

La dificultad es que las mujeres reproducimos conductas machistas como mecanismo de sobrevivencia en casi cualquier ámbito que implica competencia y presión. La paradoja es que reproducir esos modelos conlleva la revictimización porque inconscientemente querernos ganar con estrategias que el sistema que queremos combatir usa contra nosotras. No es casual, por ejemplo, que el discurso constante del machismo sea buscar la confrontación entre mujeres: “Serena arruinó el triunfo de su contrincante”; “mujeres juntas, ni difuntas”; “trabajar con mujeres, nunca” (ahí las consecuencias del #MeToo en perjuicio de las mujeres). Todo eso tiene un mismo fondo: no se puede quebrar el machismo sino a través de nuevos estilos de ejercer nuestro poder, en donde sea.

Ese es uno de los más grandes desafíos del feminismo: ¿cómo construir nuevas formas de liderazgos no patriarcales, no machistas? Liderazgos fuertes sin ser violentos, con mejores habilidades emocionales, sin víctimas ni victimarios. No se trata de estereotipar el liderazgo de las mujeres sino de ampliar y reformular nuestros propios conceptos del poder y su ejercicio.

En este andar, es seguro, quienes intentemos sucumbiremos varias veces frente al peso de la cultura y de lo aprendido, y fallaremos en el proceso de llevar la consciencia a la acción. Eso vimos en Serena: una incuestionable feminista que ha puesto su legado al servicio de la visibilización de innumerables injusticias contra mujeres y contra personas negras, pero que, como todas, sigue tratando de articular su estilo de empoderamiento. En este proceso individual y colectivo, la sororidad, no la descalificación, debe ser nuestra guía.

 

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