Por Steve Forbes

Somos un país inmigrante único en la historia, el único país que se inventó a sí mismo conscientemente más que evolucionar a partir de un pasado mítico. La gente no vino aquí a la conquista de nuevas tierras para una madre patria, sino para romper con viejos lazos y comenzar de nuevo (los afroamericanos, traídos como esclavos a la fuerza, son la excepción obvia). Los peregrinos desembarcaron en Plymouth Rock para fundar una comunidad libre de la opresión de Inglaterra. Este desprendimiento colectivo del pasado, combinado con las libertades extraordinarias que no existían en el resto del mundo, nos ha permitido atraer y asimilar a pueblos de todo el mundo con más éxito que cualquier otro país en la historia. (Muchos expertos creen ahora que los nativos americanos habrían prosperado mucho mejor después de haber sido desplazados violentamente si no hubieran sido condenados a reservas.)

Durante la mayor parte de nuestra historia no hubo tal cosa como un extranjero ilegal porque prácticamente no había ninguna ley de inmigración: Uno simplemente llegaba. A finales del siglo XIX los inmigrantes eran procesados en la isla de Ellis y otros lugares, pero eso se debía principalmente a razones de salud. Si no estabas enfermo, podías entrar. (En un horrible golpe de prejuicio se construyeron barreras para impedir la entrada de personas procedentes de China y Japón).

No fue sino hasta la década de 1920 que EU impuso graves obstáculos que llevaron a la inmigración a una virtual paralización. Esto resultó ser una aberración. Las barreras se aliviaron drásticamente en 1965, y el número de participantes se ha incrementado drásticamente desde entonces.

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Una de las principales razones de la excepcionalidad estadounidense es que la experiencia colonizadora británica era distinta de la de todos los demás. Por lo general los españoles y portugueses migraban a América Latina con la idea de hacerse ricos y luego volver a casa o retirarse a un centro urbano para vivir una vida de ocio, no tenían la intención de echar raíces profundas como la gente hizo en Nueva Inglaterra.

Otra gran diferencia era la gobernabilidad. Francia controló rígidamente a quienes migraban a la Norteamérica francesa y les permitía poca autonomía. En contraste, las colonias inglesas tenían un grado notable de libertad para gobernar el lugar, incluyendo la elección de legislaturas coloniales por parte de residentes “dignos”. Esas nociones están muy lejos de la democracia que disfrutamos hoy, pero estaban muy lejos de todo lo que existía en el resto del mundo. Tales organismos tenían poderes coloniales que los gobernadores, nombrados por la Corona, tenían que respetar.

Otro factor en este fenómeno de auto-gobierno era que la propia Gran Bretaña nunca tuvo el gobierno central todopoderoso que era algo rutinario entre las potencias continentales como Francia, España y Austria. Por otra parte, Londres no tenía una política colonial consistente. Era casual, a veces caía en la microadministración y luego caía en largos períodos de abandono.

La forma en que este país ha absorbido a personas de orígenes muy diferentes en el tejido estadounidense ha ocupado durante largo tiempo a observadores y líderes. Incluso en tiempos de calma la afluencia de extranjeros ha suscitado una mezcla de emociones. Antes de la revolución americana Ben Franklin se quejó sobre el número de alemanes que llegaban a Pennsylvania, que no eran como la gente de las Islas Británicas. Le preocupaba que no llegaran a encajar.

Los programas y proyectos para “americanizar” a los millones de inmigrantes de Europa central y oriental proliferaron a finales de 1800 y principios de 1900. Los estadounidenses estaban preocupados por que esas personas nunca podrían llegar a ser verdaderamente americanos. ¡Demasiados católicos y demasiados judíos! ¡Qué comidas y costumbres tan extrañas traían con ellos! Los sindicatos se opusieron a permitir la entrada de esos inmigrantes bajo el argumento de que la afluencia de trabajadores reduciría los salarios.

Medio siglo antes los políticos estadounidenses habían discutido la llegada de irlandeses y alemanes a nuestras costas. “¡Envíenlos de vuelta!”, era una consigna común. Durante un tiempo, la inmigración provocó más controversia que la esclavitud.

Una economía en auge permitió que todos esos esfuerzos de asimilación tuvieran éxito. Incluso las maquinarias políticas urbanas corruptas que se popularizaron a finales de 1800 jugaron un papel para ayudar a los inmigrantes a encajar. Entre 1870 y 1914, los salarios reales aquí se duplicaron y el nivel de vida mejoró notablemente.

En los últimos años varios grupos de presión han luchado contra la asimilación de los extranjeros, tratando de crear comunidades aisladas en las que el inglés, incluso para segundas generaciones, sería una segunda lengua distante. El objetivo era político, económico e ideológico. A estos radicales no les gustaba la noción de un crisol estadounidense. Querían grupos balcanizados cuyos votos, creían, serían más fáciles de controlar. Entonces podrían aprovechar ese poder para hacer toneladas de dinero a nivel nacional y local. California ayudó a poner un freno a esa locura restrictiva cuando, en 1998, sus votantes aprobaron por abrumadora mayoría un referéndum que ordenaba la enseñanza inmersiva de inglés a niños inmigrantes. No es de extrañar que estos jóvenes aprendieran rápidamente inglés.

Sin embargo, estos antiasimilacionistas ayudaron a darle mala fama a la inmigración, a los estadounidenses no les gustaba la idea de que los recién llegados se aislaran perpetuamente.

Hoy, la ira y la oposición se concentran en la entrada ilegal de migrantes, la seguridad (tanto el terrorismo y el crimen), los trabajos que quitan a los residentes legales y la reducción de los salarios, especialmente entre los trabajadores no calificados.

Veamos cada una de estas preocupaciones.

Entrada ilegal. Sorprendentemente, durante décadas nuestros líderes miraron para otra parte mientras millones de personas entraban a EU ilegalmente. Y nunca se dirigió a la raíz del problema: El país tenía un déficit de mano de obra. Los empleos iban desde los mal pagados –agricultura, construcción, restaurantes, hoteles y jardinería–, hasta los más sofisticados y especializados de alta tecnología. En lugar de instituir programas integrales para trabajadores temporales, al igual que las que existían antes de mediados de la década de 1960 en la agricultura, los políticos ignoraron esas necesidades. El Congreso aprobó un programa especial de visados para trabajadores de alta tecnología, pero los números asignados permanecieron lamentablemente bajos y eran insuficientes.

La patrulla fronteriza se ha incrementado sustancialmente y las detenciones han caído casi 90%, aunque eso podría deberse, en parte, a la depresión económica que hemos sufrido recientemente en EU.

Seguridad. Incluso después del 11 de septiembre, aún no sabemos quiénes son los 11 millones de “trabajadores indocumentados”.

En lo que respecta a los refugiados de Medio Oriente, Donald Trump tiene razón cuando dice que necesitamos mejores procesos de depuración. Incluso Alemania, el receptor de refugiados más liberal, está mejorando sus filtros debido a preocupaciones de seguridad.

Pérdida de empleos estadounidenses. La mayor parte de los trabajos que hacen los ilegales son rechazados por la mayoría de los estadounidenses, especialmente los que tienen que ver con la agricultura. Los estudios muestran que hay pocos casos de abuso en el mundo de la alta tecnología al contratar mano de obra inmigrante barata a expensas de los estadounidenses.

Los dos factores que más han golpeado la generación de empleos para los trabajadores no calificados son la economía estancada y los estados que han elevado el salario mínimo. Otro villano en este cuento son los impuestos demasiado altos (Trump quiere bajarlos, mientras que Clinton quiere elevarlos ellos); el dólar inestable; y hiperregulación, tales como el tsunami de reglas derivadas de ObamaCare que está aplastando las empresas.

En el futuro tenemos que racionalizar el sistema para satisfacer las necesidades laborales de los diversos sectores de la economía. También hay propuestas sensatas que podrían manejar el estatus de los inmigrantes ilegales sin darles la ciudadanía. Siempre hay que tener espacio para esas personas, incluso los trabajadores no calificados, que tienen el deseo ardiente, como Abraham Lincoln dijo, de mejorar su suerte en la vida.

Nuestra historia demuestra que es nuestra capacidad única para aceptar a los inmigrantes y asimilarlos la que ha sido crucial para alcanzar el increíble récord de oportunidades, movilidad social y creación de riqueza. El éxito de los inmigrantes aquí significa el éxito para todos los estadounidenses.

 

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