Durante los últimos años, el país ha experimentado cambios muy importantes en su economía y sociedad que lo han llevado a ser un país muy diferente de lo que era apenas algunas décadas atrás. Pasamos de ser país rural a uno urbano, de ser un país cerrado al comercio exterior a abrirnos a la economía global, de ser un país fundamentalmente que vivía en la pobreza a ser un país de clasemedieros, de ser un país con un nivel de esperanza de vida de 40 años al nacimiento a una esperanza actualmente de 74 años, de ser un país que estudiaba humanidades a ser un país de ingenieros, de ser un país agrícola a ser una potencia manufacturera de clase mundial, de ser un país exportador de migrantes a ser un receptor neto de migrantes, de ser un país mayoritariamente desigual a ser un país menos desigual, de vivir en un país de un partido político a vivir en un país en el que las elecciones son cada vez más competidas por más fuerzas políticas, de ser un país con libertad de expresión limitada a ser un país en el que se cuenta con una libertad de expresión muy amplia. Y así, podría seguir la lista con una serie de grandes cambios que muestran en el sentido más amplio el progreso y transformación que hemos vivido en unas cuantas décadas.

Sin embargo, a pesar de este gran avance existen cosas que no funcionan o no están en absoluto como quisiéramos. Está en todos los periódicos, en todas las redes sociales y en nuestras conversaciones cotidianas. Esto representa un reto importante como sociedad porque requerimos un nuevo nivel de pensamiento para organizarnos y hacer frente a los retos que encaramos hoy en día. Lo que hicimos en el pasado nos trajo hasta aquí, nos dio lo que tenemos y no tenemos. No podemos quedarnos viendo a los problemas y actuando de la misma manera porque tendremos los mismos resultados, nos quedaremos con una variante de lo que ya tenemos y que no queremos. En forma muy resumida requerimos un cambio de paradigma o paradigmas respecto a México para ir al siguiente nivel de transformación de país. Al cambiarlos, se hacen disponibles -surgen y podemos ver- nuevas oportunidades desde nuevos ángulos que están faltando para llevarnos al México de siguiente nivel. En este sentido, es posible decir que la ciudadanía que nos trajo aquí no es la ciudadanía que nos va a llevar al México del futuro o al que anhelamos. La nueva ciudanía requiere de un nuevo paradigma para ver las cosas. ¿Qué cambios en la ciudadanía se requieren para la transformación de México?

  • Ser ciudadanos locales. Una virtud que tenemos como mexicanos -que pasa bastante inadvertida y pensamos que en todo el mundo es igual, cuando no lo es- es que lo que es un tema en una localidad se vuelve una noticia a nivel nacional. Para nosotros es la norma. Sin embargo, ocuparnos de lo que está fuera de nuestro alcance y de nuestro entorno, muchas veces poco hace una diferencia. Podemos opinar y dar muy buenas ideas, pero no necesariamente haremos una diferencia por eso. Es desde las localidades -nuestro entorno inmediato de influencia- donde podemos hacer una gran diferencia. Durante años el desarrollo vino de la Federación principalmente vía el gasto público en infraestructura para los estados y municipios. Se esperaba que el gobierno federal hiciera la autopista de cuatro carriles para que el progreso llegara a la localidad. Pues bien, la carretera llegó y agregarle dos carriles más no va a mejorar las cosas. Esto ha cambiado y ser causa del desarrollo económico corresponde a los municipios, el mejor ejemplo son los clústeres que jalan inversiones concretas y específicas a los municipios. Cada municipio o grupo de municipios puede crear condiciones para ser competitivo y atraer inversiones y empleos para la comunidad. El desarrollo regional es la alternativa para crecimiento y, por ejemplo, los clústeres de electrónica y software en Guadalajara, los automotrices en el Bajío o los aeronáuticos en Querétaro nos cuentan las mejores historias de éxito. En una economía global se requieren curiosamente un enfoque local para detonar el crecimiento económico. No se trata de inversiones generales sino de proyectos concretos en localidades específicas.
  • Exigir a quien le corresponde. En el México de antes cualquier asunto que tuviera que ver con la “autoridad” se escalaba a nivel del presidente de la República y el gobierno federal. No importaba el ámbito de competencia de la autoridad, todo se escalaba. Esta sigue siendo una forma de operar que observamos todavía frecuentemente. Ignoramos a los órdenes de gobierno y a la división de poderes. Reclamamos al ejecutivo por el legislativo y por el judicial. Ciudadanos exigiendo al presidente de la República que intervenga en asuntos que competen a los gobiernos municipales. Ciudadanos quejándose del presupuesto de egresos cuando éste es facultad exclusiva de la Cámara de Diputados. Ciudadanos molestos con el Ejecutivo federal por conductas y resoluciones de miembros del Poder Judicial. Requerimos ciudadanos que distinguen y empoderan a sus autoridades. Al no hacer esto en forma inadvertida dejamos de ser responsables por lo que ocurre. Al exigirle a quien no rinde cuentas por definición caemos en la esterilidad de nuestros reclamos, perdemos toda la efectividad. El primer paso para empoderar a las autoridades es reconocer las facultades que tienen y no tienen, saber a quién llamar a cuentas.
  • Pedir lo que queremos, sin exagerar. Las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) hacen una gran labor promoviendo y proveyendo cosas que faltan en la sociedad. Su labor es fundamental, extraordinaria e insustituible. Al mismo tiempo, es necesario revisar algunos de los paradigmas de algunas OSC -no todas- que tenemos hoy en día, así como ciertas prácticas asociadas que es necesario trasformar para este nuevo México. Existe una tendencia muy arraigada a dramatizar y magnificar las cosas para llamar la atención. Que, si México es el único país en el que algo pasa, que, si este mal es patrimonio exclusivo de nuestro país, etc. Todo este llega a rayar, algunas veces, en la exageración para conseguir adeptos a la causa o encontrar culpables para iniciar una lucha con un fin noble. En el fondo esto causa fatiga e incredulidad de la población, que muchas veces se convierte en una apatía que no queremos. Está faltado en algunos casos enrolar a la ciudadanía en las causas más que abrumarla con problemas y desánimo, tocar el corazón más que asustarla, decir las cosas como son y como no son más que dramatizar. No sólo esto, otro aspecto que falta es hacer equipo y sumar esfuerzos con las autoridades y los programas de los distintos niveles de gobierno. Un país con esfuerzos alineados y haciendo equipo entre sociedad y gobierno tendrá siempre mejores resultados. Y también es necesario que existan historias de éxito, pues si las OSC no hablan de historias de éxito entonces el mensaje es que no están cumpliendo su misión. Por último, está faltando redirigir más los esfuerzos hacia la prevención. Es más fácil prevenir que lamentar y hemos caído en una suerte de querer que “el que la hace la paga” -y es parte de lo que se requiere- pero también es clave que no “la hagan”. Es necesario poner las baterías en actividades autofinanciables, enfocadas en apoyar iniciativas que empoderan a la ciudadanía y población objetivo más que basadas en asistencialismo. Al mismo tiempo, hace falta consolidar a las OSC más que aumentar su número. Menos OSC, pero más fuertes, es mejor que muchísimas más débiles.

Finalmente, un país y un gobierno son sólo tan fuertes como su ciudadanía y sus OSC. Es precisamente de la ciudadanía de donde surgen después sus empresarios, emprendedores, artistas, deportistas, científicos y políticos. Los políticos no se crean en el vacío. La corrupción -que es uno de los problemas que tanto malestar generan hoy en día en la ciudadanía- requiere de alguien que pida y alguien que dé. Dos para bailar tango. Mientras no cambiemos la forma de ver las cosas, las cosas serán iguales. Requerimos un nuevo nivel de ciudadanía para transformar México. Empieza contigo, es tu oportunidad y tu privilegio.

 

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