El miércoles de la semana pasada, el gobierno de Donald Trump en EU anunció las líneas generales de lo que se supone será su reforma fiscal que, a decir verdad, como está, pinta para ser uno más de los múltiples fracasos de su aún joven administración. Pese a ello, generó mucho ruido en los medios y reacciones en los mercados.

No es para menos. Steven Mnuchin, secretario del Tesoro, dijo que los cambios propuestos son ‘el mayor recorte de impuestos en la historia’ de ese país.

El ‘pequeño’ detalle es que como no llegó acompañado de un anuncio igual de rimbombante sobre ‘el mayor recorte al gasto’ de todos los tiempos, será inevitable que la reforma agrave el déficit público y dispare la ya de por sí imparable espiral de acumulación de deuda.

Claro, lo anterior, en el caso remoto de que se aprobara en el Congreso. El panorama luce demasiado complicado.

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El Comité para un Presupuesto Federal Responsable (CRFB, por sus siglas en inglés), estima que los recortes impositivos planteados costarían entre 3 y 7 millones de millones de dólares a lo largo de una década. ‘Sin las compensaciones adecuadas, la reforma fiscal podría elevar la deuda federal, perjudicando el crecimiento económico en lugar de impulsarlo’, dice en un artículo publicado en su portal.

Mnuchin revira que los recortes -que implican entre otros, el reducir la carga fiscal a los ingresos empresariales de 35 a sólo 15%, y un impuesto de una sola vez a las ganancias que las empresas tienen en el extranjero-, se ‘pagarán solos’ gracias a que habrá una repatriación masiva de capitales y se impulsará la inversión para acelerar el crecimiento económico. Suena bien, pero no son más que buenos deseos.

Después de todo, los inversores no tienen en mente el próximo año o dos, sino que ven siempre mucho más allá del período presidencial corriente y están atentos a las señales económicas de una posible -y ahora hasta demorada- nueva gran recesión.

Además, no pasan por alto que tarde o temprano una explosión del déficit se tendrá que financiar con mayores tasas de impuestos, lo que hace menos atractiva la idea de retornar los capitales a casa, y en todo caso, no hay garantía alguna de que se usarán para inversión productiva.

De hecho, Goldman Sachs y el Congressional Research Service consideran que, como en el pasado –cuando en 2004 también se otorgaron beneficios fiscales a capitales repatriados-, es muy probable que el dinero que regrese sea empleado en la recompra de acciones de las propias empresas y/o en la amortización de su deuda.

Así las cosas, la propuesta fiscal de una sola hoja exhibe al 100% su estilo de trabajo: “propongamos algo que suene bien, vendámoslo como ‘lo mejor que jamás se ha hecho’, aunque no tengamos ni la menor idea de si será económica, financiera y/o políticamente viable”. Fracaso asegurado.

Conviene además recordar que el actual nivel de deuda pública de ese país es el más alto de la historia, y que ya rebasa el 100% del Producto Interno Bruto (ver gráfico de deuda pública total como porcentaje del PIB, cortesía de la Fed).

En este contexto, no sorprende que JP Morgan anticipe que será ‘prácticamente imposible que pase en el Congreso’.

En lo que a México se refiere, es ganancia que no se haya presentado el tan temido impuesto de ajuste fronterizo (BAT), o a las remesas. Eso sí, no hay que cantar victoria.

Un Trump vapuleado tan temprano es un peligro enorme para EU y el mundo, pues como ya se vio con los botones de muestra que han sido sus ataques en Siria y Afganistán, no dudará en seguir jalando el gatillo para distraer la atención y conseguir ‘victorias’ fáciles.

Corea del Norte parece ahora el candidato perfecto a ser flanco de una guerra que debe evitarse.

De cualquier modo, queda claro que Trump no será diferente de sus antecesores en materia de déficit y acumulación de deuda, los dos clavos más grandes en el ataúd de la supremacía estadounidense y del reinado del dólar. ¡A refugiarse en el oro!

 

 

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