Es una zancadilla. Donald Trump no es de fiar, pero eso ya lo sabíamos y nadie puede llamarse a engaño. Lo inquietante es que los cambios que anunció en la política de asilo, cancelando los ingresos por la frontera sur, en los hechos convierten a México en un tercer país seguro.

Es un eufemismo, por supuesto, porque los miles de migrantes que ya no llegarán a Estados Unidos se quedarán en nuestro país y elevarán las necesidades de protección, salud, educación vivienda y empleo.

El margen de acción es reducido, porque ya aplicamos medidas bastante estrictas para el ingreso de quienes tienen el sueño de cruzar, algún día, el Río Bravo.

Somos, aunque suene triste y grave, una zona de encierro, un espacio delimitado para dar certeza a las líneas imaginarias de defensa de nuestros vecinos.

Es el costo, ya desglosado, de los acuerdos para evitar que se impusieran tarifas del 5% para los productos nacionales de exportación.

La ecuación es sencilla: nadie que llegue a Estados Unidos por medio de un tercer país podrá solicitar asilo, si no lo hizo previamente ahí. Esto es, ya no tendremos personas extranjeras esperando la resolución en cortes de EU, sino que se tendrá que determinar su residencia o su expulsión de México.

Éramos una suerte de sala de espera, y lo que pretende Trump es que nos convirtamos en destino final, con todas las consecuencias que ello pude deparar.

El gobierno mexicano, y en particular el canciller Marcelo Ebrard hacen bien en señalar sus objeciones y en dejar claro el desacuerdo, aunque sospecho que es tarde, porque Trump nos lleva la delantera, porque para él no hay límites morales y no tiene referencias éticas.

Lo que sí se podría hacer, es reflexionar sobre la pertinencia de continuar con un compromiso que de todas formas ya se rompió. Hay mucho en riesgo, pero las variables económicas no lo son más que las humanas.

Por ello, la política que implementará Trump, y que tiene una clara finalidad electoral, no durará mucho tiempo, porque será impugnada en los tribunales, donde terminarán por desecharla, porque contraviene políticas públicas que se encontraban en operación y que responden a la propia identidad de una nación fundada por migrantes.

Pero mientras ello ocurre, el daño puede ser inmenso y quizá irreversible en el corto y mediano plazo. Las grandes migraciones suelen moldear cambios inclusive en las sociedades. Fernand Braudel les llamó los tiempos largos.

Trump sabe que juega contra las propias dinámicas de transformación e inclusive culturales, pero intentará causar todo el daño posible mientras esto se vuelva redituable en su electorado, en la América profunda, donde el populismo y la nueva derecha han echado sus raíces.

Como maestro de escena, anunció redadas para detener migrantes. Es la pulsación de un político que le habla al núcleo duro de su apoyo, y que hará todo lo posible por repetir en el cargo. Por ahora las encuestas no lo favorecen y eso es muy peligroso para nuestros paisanos, quienes son una moneda de cambio, en estos tiempos inciertos.

 

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