En 2012, la transición no sólo anunciaba el fin de un gobierno que había puesto a nuestro país en una época de terror y narcoviolencia; anunciaba el inicio de una época reformadora.

Las reformas estructurales, los grandes proyectos de inversión, la anhelada paz social y política fueron hace seis años la esperanza de un México que podía ser salvado y reinventado.

A pesar del antagonismo que representó en aquel momento López Obrador y su plantón (casi interminable en Reforma), México le dio la vuelta a la página e inició uno de los sexenios más emblemáticos de nuestra historia.

Tristemente, la percepción de la población se fue transformando en decepción conforme los señalamientos y los errores se fueron vitalizando con la velocidad que le imprime hoy a la comunicación las redes sociales.

La frustración social ante un clima de violencia, inseguridad, corrupción y bajo crecimiento económico propiciaron el escenario perfecto para una masiva desaprobación hacia el gobierno y la clase política.

La cara de la izquierda mexicana pronto se convirtió en la cara de la lucha contra la violencia, la corrupción, la inestabilidad y las promesas incumplidas. Una nueva versión del poder estatal sobre la inversión extranjera, sobre la iniciativa privada y sobre la relación con los Estados Unidos.

Un cargado populismo, extremo nacionalismo y una gran habilidad discursiva, hicieron (finalmente) a AMLO presidente.

Con los ánimos divididos, una población polarizada, un alto grado de incertidumbre y un sinfín de nuevas promesas, México es testigo de una nueva transición. De un nuevo momento histórico, uno en el que las consultas populares y la forma de gobierno al estilo de los años setenta nos evocan gobiernos nacientes y prometedores como el cubano y el venezolano.

El miedo y la preocupación no es ni ha sido a la izquierda, sabemos que en el mundo hay gobiernos de izquierda progresista exitosos y ampliamente desarrollados; la incertidumbre permanece cuando vemos nuevamente el discurso de quien promete ser ese salvador que México ha estado esperando.

El presidente electo construyó un discurso en favor del pueblo que lo coronó como el líder insurgente del siglo XXI que puede acabar con todos los males que aquejan a México meramente con su presencia.

Sin saber que las consultas populares no pueden ser mandato de ley en México y que se aplican sólo para temas de carácter administrativos y no legislativos (al menos no en la Constitución vigente y en los términos que marca la actual legislación) quienes apoyan la regeneración nacional propuesta por Morena para acabar con el PRI y La mafia del poder, aplauden la retórica demagógica que categóricamente dice no al NAICM y a la Reforma Educativa y dice no a todo proyecto o política pública que tenga o siquiera evoque algún vestigio de la que será “la administración anterior”.

En países como Canadá, Reino Unido, Chile, Francia, Irlanda del Norte, Sudáfrica e incluso la Unión Europea se han llevado a cabo referéndums y plebiscitos que han cambiado el destino de sus agendas internas.

Sin embargo, la realidad es que las consultas populares han sido utilizadas alrededor del mundo (desde la era de la antigua Atenas) con la bandera de la democracia pura, para dividir a los ciudadanos, polarizar a la opinión pública, fortalecer los intereses populistas y en casos como el de Grecia de 2015 (con el referéndum convocado por el ministro Alex Tsipras) quedarse en letra muerta generando mayor encono y frustración entre la población.

Más que fortalecer el clima democrático, la excesiva necesidad de ofrecer a la población el espacio para la participación directa, parece más una tendencia a la tibieza y la falta de voluntad para asumir el costo político que tiene tomar decisiones en un ambiciosa y complicada agenda nacional.

La misma Margaret Thatcher lo decía en 1975, cuando el primer Brexit requería ser consultado, los referéndums son la herramienta perfecta para los demagogos y los dictadores, simplemente no tienen cabida en democracias donde los congresos están fortalecidos.

En ese tenor, repasemos nuevamente la composición de nuestro próximo Congreso y saquemos nuestras propias conclusiones.

 

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