Mucho se ha escrito ya acerca de las razones que explican la victoria electoral de AMLO: el hartazgo ante incrementos notables en la criminalidad, en la violencia (con más homicidios que en el sexenio anterior), una situación de incertidumbre económica grave (causada en parte por tormentas externas), una desigualdad que no cede y, como cerezas del pastel, sucesivos escándalos de corrupción en las más altas esferas que, en su mayoría, parecen quedar impunes.  No es casual que el reclamo ciudadano más importante desde el inicio del proceso electoral –precampañas y campañas incluidas—haya sido por un cambio.

Sobre estas condiciones de fondo –el estado de la cancha y el tipo de estadio, por ponerlo en términos futbolísticos—, cada campaña perfiló la estrategia con la que saldrían a jugar sus candidatos. Y aunque los tres más importantes registraron este fondo, López Obrador fue el más efectivo en, al menos, cuatro aspectos cruciales de la comunicación política que, sin duda, contribuyeron a su victoria: congruencia, contexto, sencillez y empatía.

Ante el reclamo de cambio, José Antonio Meade se plantó como un candidato no partidista frente al descrédito del PRI, mientras que Ricardo Anaya se presentó como el candidato del “cambio inteligente”. Por su parte, López Obrador representaba una versión más frontal de oposición, tanto al régimen político como al modelo de desarrollo vigente, que esta vez, abanderaba bajo la idea de combatir la corrupción. A lo largo de la campaña, los dos primeros perdieron congruencia: Meade al terminar por abrazarse al PRI y Anaya al buscar acercarse a un gobierno federal que criticaba ferozmente. Frente a estas inconsistencias, López Obrador no sólo no cambió el rumbo, sino que comenzó a moderar más su discurso y a atraer figuras políticas de diversos ámbitos que, si bien le criticaron su excesivo pragmatismo en el círculo rojo, en el verde consolidaba la idea de un “movimiento amplio” que encarnaba la oposición más clara a un statu quo.

Y en este sentido, la campaña de AMLO también entendió mejor el contexto de lo que estaba en juego en esta elección: para ganar, no sólo bastaba presentarse como un auténtico candidato opositor (por sus propuestas y lo que representaba como cambio de modelo), sino que debía hacerse de la manera más amable (abriendo las puertas y tendiendo manos). A diferencia de sus dos candidaturas anteriores, AMLO entendió que a la sociedad mexicana le importan mucho las formas. Y esta vez las cuidó.

Asimismo, en los tres debates, las propuestas de políticas públicas más sofisticadas y la explicación de su operación, no provinieron de AMLO, sino de Meade y de Anaya. Pero a diferencia de ellos, la machacona simplicidad de sus mensajes nunca tuvo la intención de mostrar su capacidad de elocuencia, sino de reforzar ideas presentadas de manera clara y contundente: “vamos a acabar con la corrupción”, “quiero ser un buen presidente”, “no les voy a fallar”, “hay una mafia del poder”, etc. Mensajes repetitivos y simplones para el círculo rojo, pero claros, directos y sencillos para una población harta de rodeos y de tecnicismos.

Todo lo anterior, sumado a su propia imagen, al hecho de haber recorrido durante años cada rincón del país y su lenguaje común, terminó por conectar con una gran mayoría de ciudadanos que le otorgaron 53.6% de la votación (al momento de escribir estas líneas), el más alto de cualquier presidente de la alternancia, así como 6 de las 9 gubernaturas en disputa y la mayoría en el congreso.

Queda ahora lo más difícil: transitar de la comunicación a los resultados. Y esta vez tendrá que decir cómo lo hará en temas tan complejos como la contención de la violencia, el desarrollo económico, la relación con Estados Unidos, la impartición de justicia y el combate a la corrupción. Ha llegado la hora de privilegiar el fondo sobre las formas.

 

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