Quien piense protegerse con metales preciosos monetarios, debe hacerlo teniéndolos de forma material y fuera del sistema bancario.

 

El viernes pasado, el portal de Eric King (kinworldnews.com) publicó una buena entrevista con el Dr. Paul Craig Roberts, ex subsecretario del Tesoro de Estados Unidos durante el gobierno de Ronald Reagan y conocido crítico del sistema político-económico americano. Sus declaraciones causaron revuelo al asegurar –refiriéndose a la aparente complacencia alemana en dejar su oro en manos de la Reserva Federal (Fed) de Nueva York, que los estadounidenses “no tienen el oro y no lo pueden entregar, y han forzado a que Alemania acepte esos términos y deje de pedirlo debido a que no puede ser entregado”.

Roberts señala con dureza que el país europeo es un estado “títere”, y advierte que las implicaciones de la ausencia del oro en la Fed para otros países –como México que tiene algunas onzas “guardadas” allá- es que nunca lo tendrán de vuelta. “La gente en el mercado del oro ha sospechado por mucho tiempo que la Fed usó (vendió) todo el oro americano tratando de deprimir el precio a lo largo de los años. Y una vez que este se agotó, comenzaron a usar el oro restante confiado a la Fed”, declaró.

De este modo, el oro alemán hace mucho que habría sido vendido, razón fundamental para que, el año pasado, el Bundesbank (banco central alemán) recibiera solo cinco toneladas desde Nueva York (NY). A ese ritmo les tomaría 60 años recuperar sus lingotes (300 toneladas), en vez de tenerlo ya todo en Fráncfort hacia diciembre de 2020, como era el plan original. En este espacio, en su momento, el empresario Hugo Salinas Price ya nos había advertido en entrevista exclusiva que la razón de este “retraso” o reticencia estadounidense en entregar el oro que legítimamente le pertenece a Alemania, era que ya no lo tenían: “Estados Unidos era el custodio de un frasco de ´galletas de oro´, y simplemente se las comió todas, sentenció.

Roberts coincide en que incluso los inventarios de oro ajeno se habrían agotado, debido a que desde que el oro tocó su máximo histórico por encima de 1,900 dólares la onza en septiembre de 2011, hay ataques para tirar el precio con grandes posiciones cortas en el mercado de futuros del Comex (Commodity Exchange), en horas de bajo número de transacciones para maximizar los efectos.

La razón de estos ataques, explica Roberts, es que se pretende proteger al dólar de los efectos de los estímulos monetarios conocidos como “flexibilización cuantitativa” (Quantitative Easing o QE en inglés), y si la Fed tuviera todavía el oro que dice tener, seguiría usando la vieja técnica de prestar oro a bancos de lingotes para que lo vendan con apalancamiento en el mercado, y no atacando el de futuros. De manera que, considera, “es una conclusión segura que la oferta de lingotes de oro disponibles para las autoridades de EE.UU., es casi inexistente.

En todo caso, lo que debemos entender de la gravedad de esta situación, es que al engaño respecto a la fortaleza del dólar estadounidense, y por tanto, de la totalidad del sistema monetario-financiero basado en esa divisa fíat, se le está acabando el tiempo. Y es que incluso si quedara intacto todo el oro –tanto americano como extranjero- que la Fed dice tener en su poder, debemos tener claro que hay en el mundo más oro en el papel del que es posible entregar en físico. Y ese es el escenario optimista.

En el realista, la Fed se ha quedado con las manos prácticamente vacías, y en una situación similar se encontraría sin duda el Banco de Inglaterra, donde Banco de México piensa que le custodian sus 120 toneladas de oro. De manera que llegado el inevitable día del colapso del sistema monetario, cuando muchos comiencen a reclamar el metal con el que creen que se están protegiendo en el papel, no habrá oro físico para satisfacer la demanda. El mercado entonces tendrá que ser cerrado y los bancos centrales, tan acostumbrados a “rescatar” el sistema bancario, no podrán hacerlo en oro. Su oferta es limitada y en mayor parte estará en manos asiáticas, por lo que el “rescate” será en dinero papel justo en el momento de su debacle, cuando nadie lo quiera y se precipite hacia su justo valor: cero.

De ahí que Roberts concluya que “la peor parte de la catástrofe será la huida desde las divisas de papel. Y no podrán entrar al oro porque los chinos lo tendrán todo”.

Por ello, quien piense protegerse con metales preciosos monetarios, debe hacerlo teniéndolos de forma material y fuera del sistema bancario. Creer en los bancos centrales y en particular en su “catedral” –la Fed, por supuesto, es lo peor que se puede hacer.

 

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