Obama es importante para la política nacional

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La visita de Obama nos deja ver no sólo la falta de estructuración de un interés común, sino también la inexistencia de acuerdos básicos que nos den viabilidad como país en el largo plazo.

 

 

Barak Obama realiza su segunda visita oficial a México en un contexto distinto al que prevalecía cuando, en 2009, vino por primera vez como presidente de los Estados Unidos. Las condiciones de la relación con ese país no han cambiado mucho, pues se mantiene en el contexto de la seguridad, el narcotráfico, la migración y, en menor medida, aspectos comerciales. Es más, los 15 minutos que otorgó al presidente Peña Nieto en su visita a ese país en diciembre pasado, dejaron ver el espacio real que juega México en la agenda estadounidense.

En los discursos previos a la visita, el presidente Obama se ha referido fundamentalmente al tema de seguridad y el cambio en las prioridades del gobierno mexicano, pero no hay nada nuevo en la agenda; al contrario, los aspectos específicos de ella se han definido desde lo planteado por el presidente Obama recientemente. En realidad, no importa qué sea lo que pensemos o queramos desde México, la agenda ha sido preestablecida y el tono del discurso muestra poca posibilidad de cambio.

La última vez que fuimos capaces de intervenir la agenda de Estados Unidos, fue cuando el ex presidente Salinas de Gortari propuso el Tratado de Libre Comercio, hace ya casi 20 años, o cuando hubo que pedir dinero prestado para afrontar la crisis de 1995 en la administración de Ernesto Zedillo. Desde entonces, la temática se ha reducido a los aspectos de migración, los conflictos de sectores comerciales específicos como el aguacate, tomate, transporte, etc., energía y, recientemente, seguridad.

El foco de la política exterior estadounidense se ha ubicado en otras regiones, e incluso dentro de América Latina, México no ha atraído la atención como si lo han hecho Brasil, Venezuela, Argentina, Chile, Cuba, Colombia e incluso Costa Rica, por diversos motivos.

Por un lado, la estructura de poder internacional y la forma en que los temas se configuran evitan que México sea relevante en este momento. Pero hay una parte de culpa que corresponde a la forma en que el gobierno mexicano ha manejado la relación desde el año 2000. La inhabilidad por influir en la agenda bilateral refleja no únicamente falta de imaginación, sino también un tema histórico, que es la falta de definición en el interés de México como país, en el contexto de los intereses que regulan esta relación en particular.

 

 

¿Qué nos interesa?

Para Estados Unidos, es muy claro el punto de interés, la seguridad de su frontera, no únicamente en términos de migración, sino de aspectos de seguridad criminal, energía y condiciones que favorezcan a sus empresas y productos. En ese contexto ¿a nosotros qué nos interesa? ¿Incrementar las relaciones comerciales? Ok, pero qué empresas y productos son estratégicos en ese interés. ¿Mejorar las condiciones de los migrantes mexicanos en Estados Unidos? Ok, pero no es algo que dependa del presidente Obama, sino del Congreso de ese país. ¿Mejorar las condiciones de transferencia tecnológica? Si, pero en términos de qué áreas de desarrollo científico-tecnológico, comercial, etc. Preguntas como éstas podrían hacerse de manera indefinida para ver que las respuestas no son claras.

Como país no hemos tenido una discusión sobre nuestro interés en el contexto de la región o de otras regiones en el mundo. No hemos podido ni plantear el tema de seguridad en condiciones favorables a nosotros, como una comparación del Plan Mérida y el Plan Colombia pueden demostrarlo. El Pacto por México no es claro en ese sentido y el Plan Nacional de Desarrollo establecerá, seguramente, el mismo tono discursivo que los anteriores.

Esa discusión no está presente en ningún espacio formal e informal del contexto político, ni en el espacio responsable del manejo de la política exterior. La idea de “recuperar el liderazgo de México en la región” es atractiva a primera vista, pero complicada cuando vemos las condiciones políticas que lo permitirían. Además, surgen varias preguntas: ¿Y para qué? ¿Liderazgo de qué? ¿Qué tenemos para ofrecer a cambio del realineamiento de países en nuestro favor? ¿Cuándo lo hemos sido?

La visita de Obama es importante por ser el presidente del país más poderoso en la actualidad, además de nuestro vecino. Pero nos deja ver no únicamente la falta de estructuración de un interés común, sino también la inexistencia de acuerdos básicos que nos den viabilidad como país en el largo plazo.

 

 

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