DW.- Aumento de la temperatura, escasez de agua, salinización del suelo, incremento de la pobreza y de la migración: Estos son algunos de los efectos que está provocando el cambio climático en Centroamérica, una de las regiones más vulnerables ante este fenómeno.

“En El Salvador ya estamos sufriendo un incremento drástico de la temperatura, hemos tenido récords de 41 grados centígrados. Esto también altera todo el entorno natural”, asegura a DW José Santos, director de Acudesval, una organización campesina en el Bajo Lempa que acoge a  29 comunidades y 2,000 familias. Así, explica que, además de hacer frente a pérdidas de vidas humanas, el país también ha sufrido la pérdida de bienes materiales y de cosechas a raíz de sequías e inundaciones.

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“En los últimos años se han ido incrementando los fenómenos adversos, y a veces hemos tenido sequía e inundación en el mismo año. La producción campesina se ve impactada directamente y de ahí la escasez de alimentos”, lamenta. A ello se le suma la falta de agua y la salinización del suelo. “En zonas en las que se podía producir la sal ha cambiado el PH del suelo, y ahora ya no se puede. Y todos esos efectos llevan a incrementar los niveles de pobreza de la población”, agrega.

Santos, que además es coordinador del Movimiento de Víctimas, Afectados y Afectadas por el Cambio Climático y las Corporaciones (MOVIAC) visitó una docena de ciudades alemanas -entre ellas Fráncfort del Meno, Berlín, Hamburgo, Bonn y Aquisgrán-, en el marco de una visita de intercambio de experiencias organizada por la Oficina Ecunémica por la Paz y la Justicia de Alemania. “Nos ha permitido compartir todos los efectos que ya estamos viviendo, y hemos visto la manera en que aquí se entiende la problemática”, considera.

“Hemos hablado con alumnos de escuelas y nos hemos sorprendido del nivel de interés que tienen de estos temas. También están haciendo acciones y algunos han participado en Fridays For Future”, agrega a DW Janett Castillo, coordinadora del Movimiento Comunal Nicaragüense de Matagalpa, que acompañó a Santos en la gira alemana. Además de charlas, entre las actividades de este periplo alemán, destacan la participación en una protesta contra represas en Múnich y la visita a una finca ecológica “viendo como ellos venden sin intermediarios, directamente a las personas”, subraya.

Aprendiendo a sobrevivir a un modelo destructivo

Al igual que El Salvador, Nicaragua, forma parte del llamado Corredor Seco y sufre el fenómeno del Niño y la Niña, provocando sequías y pérdidas de cultivos que generan problemas de alimentación. “Se habla de un 36% a 40% de desnutrición en niños menores de 0 a 5 años en algunas comunidades que están en la montaña”, subraya Castillo. Para Castillo la situación actual del país también es fruto de políticas agrarias emprendidas en los años 50. “Los monocultivos nos destruyeron todas las tierras con agrotóxicos y han tenido consecuencias graves. Ahora ya no hay cultivo de algodón, pero el de la caña de azúcar se mantiene” recuerda, apuntando que este convive con el de palma africana. “El modelo económico y el sistema político, que protegen a los grandes productores, y las transnacionales, han causado los efectos en la agricultura”, critica.

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Esa opinión es compartida por Santos. “Si no revisamos el modelo económico va  a ser difícil que podamos generar cambios o una disminución del cambio climático”, alerta. El coordinador general de MOVIAC apunta que en El Salvador “hablamos más de sobrevivencia que de adaptación al cambio climático, y las medidas que tomamos van en ese sentido: sobrevivir, porque no tenemos apoyo gubernamental”, lamenta. Así, las organizaciones se han centrado en desarrollar prácticas como la soberanía alimentaria, la agricultura campesina y la diversificación productiva con frutales, hortalizas y tubérculos. “Tenemos un banco de datos de los diagnósticos que hacemos con los agricultores, y hay un promedio de 25 productos en cada parcela de nuestra zona”, se congratula.

Se trata de una práctica que también se está llevando a cabo en Nicaragua. “Hemos promovido los huertos familiares con árboles frutales, y la gente siembra en sus patios naranjas, limones y aguacate”, explica. Asimismo, dice que “ha habido un trabajo de rescate de semillas resistentes ante estas situaciones de sequía para que la gente pueda tener una opción de soberanía y seguridad alimentaria”. Una acción que también se está llevando a cabo en El Salvador que, además de tener un programa de producción de semillas criollas desde hace 8 años, cuenta con santuarios o reservas de semillas. “Siempre tratamos de tener semillas, y cuando el campesino no tiene, la asociación las distribuye para que pueda sembrar”, recalca Santos.

Cursos de agroecología, el uso de abono orgánico y el desarrollo de microrriegos son, entre otras, algunas de las prácticas que se están llevando a cabo en Nicaragua, donde, además, desde hace cuatro años, se ha instalado una red de pluviómetros con la que se mide la cantidad de agua de las precipitaciones, de manera que se pueden hacer comparaciones respecto a años anteriores. “Si no hay suficiente cantidad de humedad en el suelo, la semilla se va a perder. Entonces, tengo que volver a sembrar”, explica Castillo. Con los datos recolectados en cerca de 80 puntos se elabora un boletín climático. “Esos registros sirven para visualizar y saber cuándo más o menos se puede sembrar”, de manera que “se evita la pérdida de semillas y aumenta la producción”, concluye Janett Castillo.

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