Por Jens Thurau

DW.- En esta cumbre climática de Madrid siempre hubo largas filas para acceder a conferencias en las que los políticos y diplomáticos de los más de 190 países participantes brillaban por su ausencia. Treinta minutos de cola para ver a Greta Thunberg y otros treinta para escuchar al actor Harrison Ford, que habló de la necesidad de que Estados Unidos sea más consciente del problema medioambiental y calificó a Donald Trump como un mandatario “terrible”.

Pero sí, en Madrid también estuvieron los representantes estatales, igual que todos los años desde 1992, cuando comenzaron las conferencias del clima de Naciones Unidas. En realidad, la tarea de ellos es el corazón de todo este circo: lo que deberían conseguir es reducir la emisión de los gases que provocan el efecto invernadero. Pero qué decisiones han tomado, qué proponen y de qué manera pretenden proteger el medio ambiente es  algo cada vez más difícil de explicar. Las cumbres climáticas de la ONU se han convertido, hace mucho tiempo, en un mundo en sí mismo, con acuerdos absurdos y acusaciones. Cuando entras a este juego, o ves el vaso medio lleno o lo ves medio vacío, dependiendo de tu perspectiva.

Pese a todo, las emisiones aumentan

Medio vacío: desde que comenzaron las cumbres climáticas, las emisiones de gases de efecto invernadero han aumentado, no disminuido. A pesar de la energía eólica, los paneles solares y los autos eléctricos. Los objetivos individuales de cada estado, acordados en París en 2015, son demasiado flojos como para provocar un cambio. A pesar de todas las buenas intenciones, la transformación -especialmente en los países desarrollados- hacia un futuro sostenible no se está produciendo. Esto ha dañado severamente la credibilidad de los países industrializados, que ya en 1992, en Río de Janeiro, prometieron a los siete vientos avanzar en la disminución de los gases. Y en un mundo donde el nacionalismo es cada vez más fuerte, marcado por los movimientos migratorios y nuevos conflictos, la búsqueda de una solución conjunta a la crisis climática es más y más urgente.

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Medio lleno: las reuniones sobre el clima han llevado a que los ricos países del norte transfieran miles de millones de dólares hacia el sur, para impulsar la construcción de tecnologías amigables con el medioambiente. No todas han tenido éxito y algunas han salido horrendamente mal, como por ejemplo cuando en algunos lugares de África y Sudamérica se han construido enormes represas con la excusa de proteger el clima.

Pero desde que hay conferencias del clima, las energías eólica y solar en Alemania han pasado de casi no existir a ser los principales generadores. Las grandes inversiones ya no se van al carbón. Y muy especialmente: una gran mayoría de la sociedad reconoce que el cambio climático es una amenaza para la existencia misma del ser humano, que somos nosotros los responsables de ello y, por lo mismo, quienes debemos resolver el entuerto.

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La diplomacia climática internacional se enfrenta ahora a los mismos problemas que han tenido otras estructuras establecidas en todo el mundo, como los partidos, los sistemas políticos y las sociedades en general: las cumbres climáticas deben moverse en una delgada línea que no rompa los equilibrios y los compromisos. Bueno, como son las negociaciones, en realidad. Pero hay una nueva generación, bulliciosa y decidida, que no quiere saber más de eso, sino que exige resultados, de inmediato, sin demoras. Son ellos quienes han dado al tema un nuevo impulso que solo puede ser algo positivo para las interminables negociaciones. Eso por un lado.

Pero al mismo tiempo, esa generación no explica cómo debería funcionar el ritmo que ellos exigen en un mundo cuya dinámica básica sigue siendo la quema de combustibles fósiles. “Queremos que entren en pánico”, dijo una vez Greta Thunberg. Pero la verdad es que el pánico es lo último que debe imperar en estas cumbres climáticas. En muchos países del sur, y eso se olvida especialmente en Europa, la gente tiene otras preocupaciones existenciales además del cambio climático, como lo demuestra el malestar social en Chile.

El “acuerdo verde” de la UE, un primer paso

Los países presentes en la cumbre climática se aferran al Acuerdo de París, a pesar de la renuncia de Estados Unidos y los bloqueos de Brasil, Australia, Arabia Saudita y Rusia. El acuerdo entrará en vigor a fines del próximo año, con todos sus vacíos, excepciones y deficiencias. A eso sumemos que los países de la Unión Europea parecen haber entendido que, pese a todo, el carrusel se detiene si Europa no avanza. Por ello el “Pacto Verde Europeo” impulsado por la nueva presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y acordado en Bruselas en paralelo a la cumbre de Madrid, es un primer paso.

Entonces pongamos sobre la mesa ambos vasos juntos, el medio lleno y el medio vacío. Los políticos deberían escuchar a los jóvenes activistas, porque tienen razón cuando describen la crisis climática como una amenaza para la vida. Los políticos han reaccionado y seguramente el “Pacto Verde” no habría existido sin la presión generada por Greta Thunberg y el movimiento “Fridays for Future“. Y los activistas también deberían entender que el trabajoso y tedioso equilibrio siempre ha llevado a mejores resultados. El clima solo se puede salvar con un enfoque multilateral impulsado por la ONU. Porque el mundo es como es, no como debería ser.

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