Por Patrick Corcoran. InsightCrime

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ha pregonado grandes avances en materia de seguridad en su país, pero los logros de los que alardea no se ajustan a la realidad.

Durante una conferencia de prensa el 30 de enero, López Obrador (conocido como “AMLO”), anunció que el día anterior México había registrado solo 54 asesinatos en todo el país, una disminución de casi un tercio con respecto al promedio diario de 80 asesinatos. El mandatario presentó estos datos como evidencia de que su política de seguridad, que hace menos énfasis en el conflicto militarizado con los grupos criminales, ya está teniendo efectos positivos. En la misma conferencia de prensa declaró que no había ninguna guerra contra el crimen organizado.

Sin embargo, no es posible hacer este análisis con base en los resultados de un solo día. Se han necesitado meses enteros para determinar estadísticamente si se ha presentado un avance en materia de seguridad. En abril de 2008, los asesinatos en Juárez disminuyeron temporalmente, llegando a menos de 60, en medio de un gran despliegue militar. Pero en cuestión de semanas, los niveles de violencia volvieron a llegar a las altas cifras de cientos de asesinatos al mes, y los enfrentamientos por la ciudad fronteriza continuaron a pesar de que las calles estaban siendo patrulladas.

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Los datos actuales indican que México sigue siendo tan violento como lo fue durante el predecesor de López Obrador, Enrique Peña Nieto. En diciembre de 2018, el primer mes de López Obrador en la presidencia, México registró 2,916 asesinatos. Esta cifra, tomada del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP), representa un aumento del 9 por ciento con respecto al mismo mes de 2017. Es además el mes más violento que se ha registrado en México desde que el SNSP comenzó a recopilar estos datos en la década de los noventa.

Sacar conclusiones sobre la seguridad pública en México con base en un solo día es un criterio fundamentalmente erróneo. Es loable que la administración esté decidida a reducir el número de asesinatos, pero los datos estadísticos siempre tendrán valores atípicos, y es imposible determinar si los resultados de un solo día hacen parte de una tendencia general.

Análisis de InSight Crime

El SNSP no divulgará sus cifras de enero hasta dentro de varias semanas, pero no hay suficientes indicios para hablar de una transformación inmediata. Aunque es su responsabilidad, es demasiado pronto para atribuir la constante violencia a las políticas de la administración de López Obrador. Pero también es de esperar que él aborde este tema con claridad y honestidad, y sus comentarios de la semana pasada dejan mucho que desear.

La declaración de AMLO refleja dos tendencias diferentes que han prevalecido durante sus primeros días en la presidencia.

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La más evidente es que las declaraciones del presidente con respecto a sus políticas parecen responder más a los resultados deseados que a un análisis empírico. Pareciera que López Obrador quiere hacer creer que su nuevo gobierno ha provocado una transformación en la seguridad del país, y se está aferrando a cualquier evidencia, por muy ilusoria que sea, para utilizarla como argumento.

Esto se observa también en el rechazo de López Obrador a los informes de Reforma, un periódico de Monterrey que ha estado en contra de su administración, sobre la violencia en el mes de diciembre.

Lamentablemente, los resultados que pregona López Obrador no coinciden con los hechos, ya sea en materia de seguridad o energía. Este estilo de gobierno es típico de los líderes populistas, y López Obrador no es precisamente el primero en haberlo utilizado. Sin embargo, si no se corrigen, estas posturas pueden dejar de ser un simple disparate y convertirse en un verdadero peligro.

En segundo lugar, la altísima tasa de asesinatos pone de relieve los viejos problemas de seguridad de México. Durante su campaña, López Obrador propuso una gran cantidad de soluciones, que van desde un cambio de retórica (una de sus consignas hablaba de abrazos en lugar de balas) hasta cambios institucionales, como la conformación de una nueva Guardia Nacional. Pero la violencia en México no se disminuye con soluciones fáciles, y las ideas de López Obrador no representan un cambio drástico con respecto a las políticas de sus predecesores.

Las mejoras duraderas serán el resultado de transformaciones de largo aliento y de un trabajo coordinado de las autoridades federales, estatales y locales, y no de cambios repentinos de una semana a otra. El deseo de López Obrador de solazarse en la fácil conjetura de que él ha sido el artífice de una transformación repentina es un indicio de que aún no ha dimensionado la gravedad de los desafíos a los que se enfrenta.

 

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