Por Isabel Studer y Kathy McLeod*

En México, se conocen perfectamente los impactos devastadores de las tormentas extremas. Por ejemplo, el huracán Wilma que golpeó las costas de Quintana Roo en 2005, afectó directamente a 114.000 personas, causando daños por un valor de mil setecientos millones de dólares. Algunos hoteles tardaron más de un año en recuperarse, lo que significó pérdidas masivas de empleo e ingresos del destino turístico internacional más importante de México. Habrá que recordar que el país recibe aproximadamente 10 millones de turistas al año, generando, también anualmente, cerca de diez mil millones de dólares.

El 1 de junio, inició la temporada 2017 de huracanes en el Atlántico y no debemos quedarnos con los brazos cruzados. El cambio climático ya no es una amenaza lejana. Es una realidad que vivimos, aquí y ahora.

México conoce bien los desafíos, y también sabe cómo encontrar soluciones creativas. Es, de hecho, uno de los países más avanzados en la gestión del riesgo de desastres. En 2009 emitió el primer bono catastrófico para protegerse de los riesgos asociados a los desastres naturales, y emitió otro en 2012.

Hoy, México puede tomar un paso más allá, usando la naturaleza como solución a estos desastres. Con frecuencia, lo primero que pensamos como protección ante los desastres son las estructuras convencionales como diques y los rompeolas. Sin embargo, éstas no son las únicas opciones que existen ni las más efectivas. En el Caribe Mexicano, como en otras partes del mundo, los arrecifes de coral, los manglares y las dunas de arena son la primera línea de defensa para disminuir la energía de las olas, reducir las inundaciones y proteger a las poblaciones costeras y su infraestructura de este importante destino turístico.

Los arrecifes de corales protegen a alrededor de 200 millones de personas en el mundo entero. Un arrecife de coral sano puede reducir en un 97% la energía de una ola antes de que rompa en la costa; por su parte, tan solo 100 metros de manglares pueden reducir en un 66% la altura de una ola. Estas soluciones basadas en la naturaleza son rentables, autosostenibles y adaptables al aumento en el nivel del mar. Además, ofrecen beneficios a las comunidades que las soluciones convencionales, conocidas como “infraestructura gris”, no pueden ofrecer, tales como una mejor calidad del agua, productividad pesquera e importantes atractivos turísticos.

Si bien la naturaleza nos protege, no hemos pensado suficiente en cómo proteger a la naturaleza para que nos siga ofreciendo sus servicios. Tanto economistas como ingenieros, aseguradoras y conservacionistas se han unido para desarrollar nuevos enfoques científicos, modelos y estrategias para evaluar e impulsar la protección de la infraestructura natural. Uno de los avances más prometedores para maximizar el valor de la naturaleza es la posibilidad de asegurarla mediante una póliza de seguro De esta manera, se podrá contar con fondos para restaurar los arrecifes tras el paso de una tormenta y conservar su salud y los servicios de protección que brindan.

México tiene la oportunidad de ser líder en la propuesta de soluciones innovadoras. El país puede apostar por soluciones que apoyen simultáneamente su economía, los medios de vida en las zonas costeras y nuestro capital natural que nos protege. Considerando que la temporada de huracanes ya dio inicio, esta tarea incluye examinar más de cerca cómo asegurando la naturaleza garantizamos que nos siga protegiendo.

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*Isabel Studer y Kathy McLeod son, respectivamente Directora Ejecutiva The Nature Conservancy, México y Centroamérica y Directora General de Riesgo costero y de inversión.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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