Ricardo Anaya y Alejandra Barrales son dos políticos que pueden ser cuestionados por varias cosas, pero no por ser ingenuos. Es por eso extraño que la semana pasada protagonizaran el mayor fiasco de la temporada electoral de este año. Citaron el viernes en la tarde a una conferencia de prensa para el día siguiente en la mañana. Por la premura y lo inusual de una conferencia de ambos dirigentes en la capital del país, el tema sólo podría ser el anuncio de la declinación de uno de sus candidatos en el Estado de México a favor del otro.

En realidad, parece que se trataba de un tema de la elección de Nayarit (nunca quedó claro), estado en donde tienen un candidato común para gobernador. Lo que en realidad se convirtió en la noticia del día fue la declaración de que formarían un frente común opositor para las elecciones presidenciales de 2018. Eso tuvo múltiples rebotes. Uno es que la rival de Anaya en la candidata presidencial panista, Margarita Zavala, quien aprovechó la ocasión para ofrecerse a encabezar tal alianza. Otra, es que el hecho ayudó a López Obrador a mostrar la veracidad de su argumento en el sentido de que el PRD es un partido que ha perdido su propósito y se ha convertido en una especie de apéndice del PAN. El principal perjudicado fue Juan Zepeda, el candidato del PRD, pues en su propio partido piensan que solamente con una alianza con el PAN pueden ganarle al PRI, pero en el Edomex ni siquiera emplazan a Acción Nacional a declinar a su favor.

Las alianzas entre el PAN y el PRD han sido comunes en el ámbito local. Su propósito, se supone, es lograr competencia y alternancia en estados y municipios. Actualmente uno supone que tienen otro propósito, ya que la única que se concretó, fue precisamente la de Nayarit, donde ya sucedió la alternancia y la competencia política es intensa. La alianza entre ambas fuerzas, con propuestas programáticas antagónicas para la elección presidencial, cobró fuerza para la elección del 2000.

Se decía que era necesario formar un frente, estilo de los partidos de la concertación chilena, con fuerzas que dejaran por un momento de lado su ideología, para hacer posible la alternancia política. Al final, el PAN pudo lograrla solo y poner en práctica políticas similares a las de los gobiernos priistas posteriores a la crisis económica. En ese sentido la idea de la alianza PAN-PRD tiene algo de retro, parece una noticia todavía leída por Jacobo Zabludovsky. Es difícil pensar en el programa común de dicha alianza y, por cierto, ninguno de los proponentes se ha tomado el trabajo de comunicarla.

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Es posible que estén pensando en un proyecto de centro derecha, tal vez moderado por algunas políticas sociales que se cuelen del programa perredista. Lo más evidente, sin embargo, es pensar que lo que los une es en realidad de idea de parar el triunfo de López Obrador a la presidencia en el 2018.

La alianza fue descalificada de inmediato por sectores del perredismo y por personajes como Cuauhtémoc Cárdenas. Sin embargo, el anuncio coincide con la reunión de la semana pasada de los tres gobernadores perredistas (Núñez, Aureoles y Ramírez), en la que se pronunciaron por tal posibilidad. Mancera, el supuestamente independiente, el viajero jefe de gobierno capitalino, no se manifestó en contra de la idea. Parece que entre la dirigencia perredista y los actores que toman las decisiones en ese partido, es una posibilidad real la de ir  con el PAN en el 2018, a manera de supervivencia política. Ellos saben que eso implica ceder a Acción Nacional la candidatura, que a estas alturas no existe un candidato que pudiera presentarse como “ciudadano” y mucho menos que surgiera del PRD. La narrativa sería la de apoyar un supuesto cambio de régimen, para hacer posibles los gobiernos de coalición, pero eso en realidad serviría para proponer la alternancia de personas y partidos, pero sin cambiar las políticas y manteniendo las reformas del Pacto por México.

Su apuesta es que ante la inviabilidad de que el PRI dispute la elección presidencial, la alianza PAN-PRD reciba los apoyos gubernamentales y privados que se requieren para enfrentar a Morena. No nos engañemos, se trata de  una alianza contra López Obrador.

Es evidente el tamaño de la apuesta del gobierno por ganar el Estado de México. Ellos están dispuestos a cualquier cosa por lograrlo. Su apuesta es a la fragmentación del voto, ya que su candidato nunca va a alcanzar niveles de votación superiores al 30%. En ese escenario, el mantener una candidatura como la de Zepeda es jugar en favor del PRI.

El PRD puede escoger la alianza con López Obrador en el 2018, pero eso pasa por renunciar a colaborar con el PRI en el Estado de México. La unidad de la izquierda es posible, sí se plantea como una alternativa real para disputar la elección del 2018 al PRI y al PAN, y cambiar sus políticas. La alternativa es que participe en una alianza que lo condena a ser el partido que ayuda al PAN a mantener vivo el proyecto de reformas económicas que llevó a la fundación del PRD, a su oposición a las mismas.

 

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