Hay quienes eligen el asfalto en vez de la arena a la hora de buscar paz y alivio, y más si éste viene acompañado de una promesa cultural tentadora y un atractivo gastronómico.

 

Por Victoria Mass 

 

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No sólo de playas paradisiacas vive el hombre moderno. Las ciudades cada vez ganan más adeptos con base en una oferta cultural y atractivo gastronómico efervescente. Un estudio de Euromonitor de este año enumera las ciudades más atractivas para viajeros internacionales. La lista inicia con Hong Kong, seguido por Singapur y Bangkok en tercer lugar. El resto de las diez primeras posiciones se reparten entre Asia, Europa —con Londres y París— y sólo una urbe americana, Nueva York. Ni rastro de presencia latinoamericana en los primeros puestos. La Ciudad de México ocupa el lugar 46, con un crecimiento de 9.8% en cuanto a visitas de turistas, mien­tras que Cancún figura en el lugar 61, con un aumento de 4.8%.

La afluencia de turistas va estrecha­mente ligada al desarrollo económico de una urbe y en el Distrito Federal hemos sido testigos del florecimiento de varios centros gastronómicos y renovación en propuestas hoteleras. Una de las últimas que experimentamos fue la del hotel St. Regis Ciudad de México. La elegancia y delicadeza del servicio en el día a día es conocida por todos los huéspedes, por eso ahora quieren ir más allá y seducir con un programa cultural y de relajación a la carta. Como viajeros y urbanitas expe­rimentados, no nos resistimos a poner a prueba el servicio de mayordomo. Además del desempacado habitual de las male­tas, solicitamos una experiencia cultural relacionada con la fotografía y obtuvimos dos propuestas tentadoras: una exposición que recorría la vida gráfica del francés Robert Doisneau —curada por sus propias hijas— y una muestra que aglutinaba una pequeña parte de la productiva trayectoria del genio español Pablo Picasso.

Y como no hay urbanita que no se interese por la faceta gastronómica de una metrópoli, indagamos en los dos restau­rantes que cobija la esbelta silueta de St. Regis: J&G Grill y Diana. Tuvimos la opor­tunidad de conversar con Anthony Ricco, chef de Spice Market, quien creó una car­ta especial junto a Maycoll Calderón, chef de J&G Grill, para celebrar el segundo aniversario del restaurante en el pasado mes de junio. Tras diez años al frente de Spice Market en Nueva York la lección que ha aprendido es: “Tienes que crear y gestionar tu negocio con el corazón. No es una máquina. Si vigilas cada centavo pierdes la esencia del restaurante y tu alma. Tienes que respetar a tus clientes y dar algo a cambio”.

 

 

Hoja de ruta

Viernes

Check-in en la tarde. Recepción de equipaje y gestión de agenda con el mayordomo personal.

Cena gourmet en J&G Grill. El restaurante celebró su segundo aniversario con el Chef Anthony Ricco, de Spice Market Nueva York. Él creó un menú de cinco tiempos y diez sabores junto a Maycoll Calderón, chef de J&G Grill. Probamos el bacalao ros­tizado con salsa de chiles de malasia y albahaca, con guarni­ción de elotes baby y brócoli, té de limón y chile.

 

Sábado

Breakfast in bed, of course!

Expedición cultural. A la hora previamente indicada al mayor­domo del hotel, una camioneta Suburban nos recoje para llevar­nos a nuestro destino cultural elegido. En nuestro caso al Palacio de Bellas Artes. El mayordomo se encarga de gestionar la cita con un guía, cualidad esencial para comprender en tiempo récord la muestra y conocer anécdotas que difícilmente alguien más sabrá.

A mediodía. Curiosear por el centro histórico de la ciudad es la opción más recomendable para saborear platos locales.

Al caer la tarde. La misma camioneta busca a los huéspedes en el lugar indicado para volver al hotel y disfrutar del spa Remède. La propuesta es atractiva, desde un masaje en pareja al ritual sana­dor La Luna, que combina una exfoliación corporal enriquecida con AHA, una envoltura corporal antioxidante que contrarresta los efectos de la contaminación y una máscara que limpia y oxigena.

Cena chic en Diana. El chef francés Guy Santoro está virando hacia nuevos horizontes sin perder la esencia de la cocina que ha caracterizado sus 25 años entre fogones. Descubrimos platos sofisticados con guiños modernos. En la carta de verano desplegó un mar de emociones a través de ingredientes sugerentes, como Las Cuatro Estaciones, una bellísima ensalada de vegetales con flores frescas: primavera en un plato. Y la música en vivo convirtió la velada en la terraza de Diana en inolvidable…

 

Domingo

El desayuno dominical se convierte en comida y es inútil resistirse. Terminamos el fin de semana degustando un brunch en el restaurante Diana con vistas al Castillo de Cha­pultepec. Un must para todo turista urbano. Desde mariscos hasta pasta preparada al momento con los ingredientes seleccionados por el huésped o empanadas de carne. Aunque los postres son los verdaderos protagonistas. En el centro del restaurante Diana se erige una torre con todos los colores y dulzores imaginables: mango y fresa, chocolate amargo, mini cestas de frutas silvestres, merengues, etcétera. La mañana se dilata entre mimosas y capuchinos, y es inevitable que el huésped quiera volver a este oasis urbano.

Late check-out como cortesía para los viajeros cuyos vuelos despegan avanzada la tarde.

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