Para generar crecimiento y mejores empleos formales se debe privilegiar el emprendimiento por vocación y no aquel que es por mera subsistencia.

 

 

Por Enrique Díaz-Infante Chapa

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A mediados de agosto pasado se celebró en la Ciudad de México la Semana del Emprendedor. La celebración del mismo da pie para reflexionar sobre la viabilidad y conveniencia nacional de avanzar la política pública de fomento al emprendimiento.

México tiene un problema de falta de productividad que afecta su crecimiento. Según el Plan Nacional de Desarrollo (PND), la productividad total de los factores en la economía ha decrecido en los últimos 30 años a una tasa promedio anual de 0.7%. Por eso, como bien apunta el PND, “el crecimiento negativo de la productividad es una de las principales limitantes para el desarrollo nacional”. La pregunta sería ¿por qué somos improductivos?

En un estudio reciente, McKinsey Global Institute da luces para entender mejor este problema. A decir de esta consultoría, la productividad que ha caído en el país es la de las unidades empresariales vinculadas al “México tradicional” –pequeñas empresas con menos de 10 empleados, generalmente operando en el sector informal–. Ésta ha decrecido 6.5% por año. En contrapartida, la productividad de las grandes empresas ha crecido 5.8%. Lo malo es que, como bien señala McKinsey, el crecimiento acelerado del empleo se está dando en el México improductivo, adonde la fuerza laboral se está moviendo mayormente.

La falta de oportunidades laborales en el sector formal y muchas de las políticas públicas asistencialistas han incentivado el crecimiento del sector informal. Según Santiago Levy (2010) en su libro Buenas intenciones, malos resultados: política social, informalidad y crecimiento económico”, varios de los programas sociales del gobierno están desincentivando el empleo formal porque ofrecen a los trabajadores no asalariados los mismos beneficios que aquellos que reciben los trabajadores que están en la formalidad y los pagan a través de sus cuotas obrero-patronales.

El acceso al financiamiento para las empresas es indispensable para su funcionamiento y crecimiento; sin embargo, el microcrédito ha incentivado también la informalidad. Milford Bateman, en un artículo de mayo de 2013 intitulado “La era de las microfinanzas: destruyendo las economías latinoamericanas de abajo hacia arriba” señala que el microcrédito ha generado “desindustrialización, infantilismo e informalidad”. Hace sentido.

Oportunidades, el seguro popular y el microcrédito generan un coctel favorable de incentivos perversos a favor de la informalidad improductiva. Se ha generado lo que Manuel Molano del Imco ha llamado el “síndrome de Peter Pan”. Las empresas buscan no crecer y mantenerse fuera del sistema de pagos para no ser detectadas por el radar de Hacienda y así evitar pagar cuotas obrero-patronales e impuestos.

Lamentablemente, estas pequeñas unidades de negocio son altamente improductivas y por lo mismo no generan crecimiento para el país. El autoempleo y la micro y pequeña empresa no ayudan a la productividad si no crecen, se formalizan, pagan impuestos, se tecnifican e innovan en sus procesos y/o producción. Tener un tamaño más allá de 10 empleados permite lograr eficiencias a través de la delegación de funciones y de la consecuente especialización del personal.

Estas microempresas son improductivas porque el dueño tiene que hacerla de todo y tiene poco tiempo para dedicarse a producir y vender. Tiene que abocarse a tareas tales como tratar con proveedores, calcular y pagar impuestos, administrar, llevar la contabilidad, atender las cuestiones legales, encargarse de los sistemas de cómputo. En cambio, constituirse ante fedatario público y darse de alta ante Hacienda permite a las empresas acercarse a la banca, a las sociedades financieras o algún inversionista para solicitar financiamiento y crecer. La tecnificación permite administrar y llevar control del negocio en forma ordenada.

Considerando lo anterior, pareciera que no hace mucho sentido seguir apostándole con financiamiento, subsidios, programas de apoyo y demás al emprendimiento. Máxime si sólo el 8% de la población económicamente activa pertenece al universo de emprendedores con capacidades para serlo. Sin embargo, eso sería una conclusión incorrecta. Las pequeñas empresas innovadoras y bien financiadas, una vez que libran el valle de la muerte de los dos años de vida, pueden crecer hasta convertirse en medianas y grandes empresas generadoras de empleos formales de calidad. Además, como bien señalan Vélez y Vélez, el emprendimiento “puede ser un buen vehículo de movilidad social… pues los ingresos de los emprendedores son mayores que los de los empleados. Sin embargo, considerando el universo tan reducido de la población que tiene capacidades emprendedoras, el tamaño de los programas debe ser diseñado para atacar a la población correcta (para no desperdiciar recursos)”.

En conclusión, si el objetivo es generar crecimiento y mejores empleos formales y bien pagados, se debe privilegiar el apoyar mediante financiamiento y capacitación el emprendimiento por vocación y no aquel que es por mera subsistencia. Así se va a lograr aumentar la productividad, el crecimiento del país y la movilidad social. Si el objetivo es meramente asistencialista sin importar la productividad, sigamos como vamos.

 

Enrique Díaz-Infante Chapa es licenciado en Derecho por la UNAM, maestro tanto en Políticas Comparadas como en Política Social, Planeación y Desarrollo, ambas por la London School of Economics and Political Science. Es investigador del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), profesor en el Instituto Tecnológico Autónomo de México y doctorado en el IIJ de la UNAM.

 

 

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