Cuando un partido y un candidato ganan la elección se inicia de manera formal un estilo y una forma de gobernar. Este estilo más el discurso, los nombramientos y las decisiones que se toman en el camino a la toma de posesión, generan paulatinamente que la población vaya formando un criterio de actuación ante el nuevo gobierno.

La ciudadanía se trata de acomodar al nuevo sistema. Identifico con preocupación algunos signos en ciertos sectores de la población que muestran factores tóxicos que hubiera imaginado desarraigados en nuestra época. El fin de semana pasado ocurrió un incidente en el cual una señora que, desesperada por entregar un documento a AMLO, se colgó de la ventanilla del automóvil en el que viajaba el presidente electo, lo que obligó al mismo AMLO a bajar para atender a dicha persona.

Independientemente del problema de seguridad que se pudo haber generado, estamos siendo testigos de actos que empiezan a rayar en el fanatismo por parte de los ciudadanos. Ya tenemos el antecedente de otra persona que intentó inmolarse frente a la casa de campaña porque nadie le hacía caso. Brotan rasgos de fanatismo que pueden convertirse en un serio problema.

El discurso de los últimos 18 años en campaña de que todo está mal, que la mafia del poder es la culpable de todos los males del país, y ahora que se recibe un país en  bancarrota, genera una cultura que se sitúa muy cerca del resentimiento social; lo que a su vez puede generar, por una parte, que esa misma actitud se asuma, por parte de cierto sector de la sociedad, hacia alguna clase trabajadora específica: empresarios, inversionistas o hacia todo ente productivo y pudiente; por otra parte, el debate sobre el aeropuerto y el enfrentamiento social que implica la consulta popular, aporta a esta cultura.

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México tiene muy arraigada la cultura del tlatoani, representada tanto por el líder máximo que guía al país, como por el partido oficial, que es la maquinaria social que lo protege y cumple un papel dentro de esta cultura de la adoración.

El problema que se podría presentar se divide en tres factores: primero, los rasgos de fanatismo que no se habían manifestado desde hace mucho; segundo, la famosa política de austeridad y su significado en la cultura nacional; y tercero, el discurso de AMLO impregnado de resentimiento social.

México, por su tradición de cultura colonial, genera mucha resistencia al cambio. La productividad y la competitividad no ha sido nuestro fuerte, la misma Revolución generó que arraigáramos que papá gobierno nos debía de dar todo, y el PRI como partido oficial generó toda una estructura social que reafirmaba esta idiosincrasia, se crearon monopolios públicos y privados con el objetivo de refrendar este esquema, lo que provocó que durante muchos años no se hicieran cambios y adecuaciones a las leyes para mantener esto privilegios.

Después de muchos años el país logró consensar reformas estructurales, buenas o malas éstas han generado cambios y mejoras al país y a su cultura social y laboral. Aunque algunas no se han podido implementar del todo, ya sea por falta de leyes secundarias detenidas en el Congreso por esa resistencia al cambio, otras han sido detenidas por la resistencia de las élites burocráticas o sociales, nos negamos a cambiar al parecer por nuestra naturaleza.

Ante estas resistencias, no es benéfico para nuestra cultura mexicana regresar a la figura del tlatoani, ya sea representada en una persona, una mayoría o un partido hegemónico; mucho menos con quien ostenta un discurso de austeridad que refrenda, en la mente de muchas personas, la cultura de resentimiento social. Por si fuera poco, el término “austeridad” empeora la situación, ya que se puede entender que con él se avala una burocracia lenta, dependiente y sin aspiraciones, carente de visión de competencia internacional; de corta ambición y detenida en la producción interna y en los problemas locales.

La conjunción puede ser explosiva para cualquier gobierno o país, ya no hay aspiraciones para ser funcionario público técnico especializado o para asignarle un perfil moderno a nuestro gobierno necesario para alcanzar el nivel de cualquier otro país. Dentro de las mediciones internacionales, México está destinado a colarse entre las 10 economías más grandes del mundo en el 2050.

¿Alcanzaremos ese nivel de desarrollo cuando el país está en bancarrota, cuando cerramos las oficinas que promueven a México en el exterior, cuando el Presidente pierde cinco horas en un aeropuerto por el mal tiempo, o cuando llegan los nuevos funcionarios a las dependencias y lo único que preguntan es cuántas plazas están disponibles para colocar a sus amigos y familiares, o cuando se proponen cambios de leyes solamente para regresar el control a los antiguos monopolios tanto privados como públicos?

¿El discurso en contra del sistema y fomentar la cultura tóxica que tanto daño causa nos ayudarán a crecer económicamente? Sólo es una pregunta.

 

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