Por Nora Méndez*

El movimiento #MeToo, que surgiera con gran fuerza en octubre de 2017, vino a develar no solo los abusos cometidos por numerosas personas en posiciones de poder, sino también pensamientos y actitudes machistas e incluso misóginas, en quienes menos imaginábamos.

Y cuando digo “quienes menos imaginábamos”, empiezo por mí misma. Yo, que me consideraba librepensadora, hija de la generación de la minifalda y los anticonceptivos y nieta de las sufragistas, me caché un buen día cuestionando si este movimiento no estaba exagerando las cosas.

Me asustó darme cuenta cuánto de machista tengo interiorizado. Me sorprendí minimizando algunas expresiones que, desde mi punto de vista entonces, estaban poniendo en un mismo nivel, un piropo en la calle y una violación.

Hoy, he entendido que, si bien algunas expresiones machistas pueden parecer nada frente a hechos de inimaginable violencia contra las mujeres, ninguna de éstas es aceptable, pues representan grados de un mismo continuo: el ver a la mujer como objeto que debe recibir sin importar lo que ella quiera.

Peor aún, no solo debe aguantar frases, chistes o avances incómodos y denigrantes, sino que debe hacerse cargo de lo que provoca.

Bajo esta perspectiva, si agreden a una mujer, es su responsabilidad y no del agresor (quien, al parecer, no ha evolucionado lo suficiente como para refrenar sus impulsos más allá de lo que haría cualquier otro primate).

Muchas mujeres de mi generación, la X, todavía crecimos creyéndonos el cuento de que era nuestra obligación darnos a respetar; que había que vestir decorosamente y no ponernos en situaciones comprometedoras, quitándole toda responsabilidad al hombre.

Esto, por supuesto, tiene mucho que ver con el morbo y la culpa en torno a la sexualidad con la que mi generación creció. Este pecado original bíblico que creíamos haber superado y que, descubrimos, se había traducido en seguir sintiéndonos responsables de los impulsos sexuales del macho con el que nos topáramos. 

¿Que cómo iba vestida?, ¿qué hacía a esas horas en la calle?, ¿qué hacía de buscona?, ¿qué se habrá metido o cuánto habrá tomado?, que su lugar está en la casa… Son comentarios que esperaríamos ya superados o limitados solo a contextos conservadores pero que, lamentablemente, son más generalizados de lo que supondríamos… en las propias mujeres.

Justo hace unos días pasamos en unas horas de ver atiborradas las redes de mensajes para localizar a una joven, a un linchamiento público de dimensiones extraordinarias… porque resulta que se había ido de fiesta.

Basta un caso como éste o la pinta de algún monumento para descalificar con gran saña todo reclamo y reivindicación promovida en torno a las mujeres. Comentarios degradantes, machistas, misóginos, que desacreditan la protesta de esas viejas. 

Y no, no considero adecuadas las manifestaciones públicas que destruyen patrimonio –cualquiera sea la causa-, justamente porque creo que se pierde mucho más de lo que se gana. Pero sí aplaudo que estemos discutiendo estos temas en la tribuna pública; que al menos hablemos de las desgarradoras cifras de violencia intrafamiliar, trata de personas, violaciones, feminicidios…

Todo ello en gran medida gracias a las jóvenes feministas que hoy, con toda claridad, saben que son crímenes que no se pueden justificar o atenuar NUNCA, alegando una supuesta provocación.

Que saben también que su cuerpo es suyo, que su sexualidad es suya y que son responsables de estos, pero no de los impulsos de los demás. Que nos enseñan a afirmar a todo volumen que NO es NO, independientemente de que sea en la calle, en la universidad, en la oficina, en el cuarto de un motel o en la recámara que se comparte con la pareja. 

Sí, afortunadamente, ahí están las feministas millennials –entre ellas mi hija y mi sobrina- con sus cánticos y declaraciones, que vienen a poner los puntos sobre las íes y a enseñarnos, con la mayor claridad, que mucho de lo que las generaciones pasadas habíamos normalizado, no debe ser aceptado bajo ninguna circunstancia.

Que no aceptan ni toques de queda ni que la culpa haya sido suya, ni dónde estaban, ni cómo vestían y exigen al gobierno y a la sociedad que actuemos todos en consecuencia.

 

Contacto:

LinkedIn: Nora Méndez

 

*La autora es Directora de Fundación Aliat – Aliat Universidades.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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