La industria textil contamina de forma preocupante y concentra la mayor parte de su fabricación en países donde no existen regulaciones laborales que protejan la mano de obra, ni políticas empresariales estandarizadas de calidad de vida para los empleados.

 

 

Por Adriana Rodrigo

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Imagina que estás en una conferencia y eres parte del público que responde a la siguiente pregunta: ¿Cuántas prendas de tu clóset tienen características sostenibles? ¿Cuántas personas crees que levantarían la mano?

Recreando este ejercicio entre mis colegas, ninguno pudo responder como un consumidor común. Sin embargo pudieron ejemplificar casos reconocidos de marcas como Nike y las camisetas de futbol hechas de material reciclado, o el programa de H&M Garment Collecting, que consiste en recibir prendas usadas en las tiendas, a cambio de un descuento en tu próxima compra.

Pareciera que en la cotidianidad y fuera del entorno laboral, lo último que pasa por nuestra mente cuando paseamos por un centro comercial es si los zapatos que “necesitamos” fueron hechos con responsabilidad social o a través de procesos sostenibles.

Lo que llama la atención es que probablemente tenemos alguna prenda o accesorio sostenible y no lo sabemos. Y quizá también desconocemos si nuestras marcas predilectas utilizan materia prima orgánica o reciclada en su producción; si tienen certificación de Fair Trade (Comercio Justo para sus productores), o si fabrican prendas veganas que prescinden de utilizar materiales procedentes de animales.

Las estadísticas muestran que la industria textil contamina de forma preocupante, al mismo tiempo que concentra la mayor parte de su fabricación en países donde no existen regulaciones laborales que protejan la mano de obra, ni políticas empresariales estandarizadas de calidad de vida para los empleados.

Según el informe Cleaning up the Fashion Industry, emitido por el gobierno chino en 2012, en este país se manufactura 54% del total de la producción textil en el mundo, lo que va acompañado de 2.5 billones de toneladas de agua contaminada que termina en sus ríos y lagos. Bangladesh es el segundo mayor exportador textil y ha sido testigo de incidentes fatales causados por incendios en las fábricas.

Siguiendo la trayectoria del sector, desde íconos memorables como Coco Chanel o pasando por las imitaciones baratas “made in China”, las razones que nos llevan a comprar ropa (calidad, precio, estilo personal o moda) suelen estar desasociadas y distanciadas del proceso y de quienes trabajan detrás de la elaboración de una bolsa, un par de jeans o unos zapatos deportivos.

Iniciativas globales, locales o, mejor aún, impulsadas por emprendedores sociales influyentes, conocidas como moda sostenible, eco-fashion o slowfashion, comienzan a ser protagonistas, principalmente en el mundo virtual. Y siendo optimistas, sería acertado pensar que más temprano que tarde esta tendencia nos salpicará como consumidores que, conscientemente, le abriremos las puertas de nuestro clóset.

Ejemplo de ello es la campaña Detox de Greenpeace, en la que 20 líderes globales de la moda como Valentino, Adidas, Levi’s y Zara se han comprometido a eliminar sustancias químicas de la ropa que comercializan y a controlar la contaminación del agua. Así como Ropa Limpia, otra campaña que defiende los derechos de los trabajadores en 14 países europeos en alianza con organizaciones de todo el mundo.

Y para los fashionistas, la modelo y actriz Amber Valletta se convierte en emblema global de moda sostenible con un éxito notorio. Su página www.masterandmuse.com sólo comercializa diseñadores sostenibles que emergen de una estrategia innovadora, en la que no se sacrifica el lujo por el aporte social o ambiental, sino que ambos atributos integrados lo hacen ser un concepto único y exclusivo para un consumidor exigente.

Si somos parte de la Generación X o Baby Boomers, traemos grabados hábitos de consumo de épocas en que la sostenibilidad no era tema de conversación. Hasta ahora no se identifica una demanda relevante hacia los grandes de la moda para que nos cuenten en sus campañas y en las etiquetas de sus prendas cómo operan sus cadenas de valor.

Un estudio reciente de The World Economic Forum revela que 61% de los Millennials a nivel global rechaza vestir por “la marca” y toma sus decisiones de compra buscando productos amigables con el medio ambiente, porque siente que tiene la responsabilidad de mejorar el mundo. Más interesante aún, 56% no confía en la publicidad pagada ni en los anuncios verdes de las empresas.

No es casualidad que los adolescentes nos sorprendan tomando las riendas de un tema que por décadas pasó inadvertido. El reto mayor recae en los adultos que aún traemos el viejo chip consumista, y que desechamos y compramos ropa como símbolo de abundancia y no de irresponsabilidad.

Podemos escoger quedarnos en el mismo lugar. Pero si cambiamos se revela un futuro alentador para las siguientes generaciones.

 

Adriana Rodrigo es socia y directora de Grupo Axius.

 

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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