Desde su llegada a la Casa Blanca, Donald Trump ha despachado como si estuviera en su oficina de la Trump Tower en Nueva York.

Con una rutina precisa y bien establecida, desde el inicio de su carrera, Trump no almuerza porque piensa que es una pérdida de tiempo, su teléfono siempre ha sido parte importante de su agenda; hace 30 años le dedicaba la mayor parte de su tiempo a las conversaciones telefónicas con socios y políticos, y hoy, desde la cima del poder, su cuenta de Twitter es su principal instrumento de interlocución.

Para el presidente Trump el arte de la negociación y los acuerdos siempre han tenido sentido, porque los entiende siempre como una victoria a su favor. “Deals are my art form”, escribía  Trump en su libro The art of the deal (1987); y más de treinta años después ha puesto al mundo de cabeza porque él “no acepta un no por respuesta”.

Con la mayor naturalidad ha afirmado en diferentes ocasiones (incluso antes de ser electo presidente) que algunas veces se debe estar dispuesto a pagar el costo político que conlleva el lograr grandes acuerdos y ganar negociaciones.

Para un hombre como Donald Trump, con una visión centrada en la inmediatez y teniendo en juego uno de los retos más ambiciosos para un presidente de los Estados Unidos como lo es la reelección, politizar temas como el comercio y la migración son solo daños colaterales de un bien mayor.

Negociar con el gobierno que encabeza requiere mucho más que una estrategia política local, requiere de astucia, arriesgue y de gran ambición, como la que él muestra. Se requiere mirarlo a los ojos y al mismo nivel y no como quien mira una imponente e inalcanzable figura.

Tomando varias de las experiencias narradas por el mismo Trump en entrevistas y libros, sabemos que le gusta poner a sus adversarios contra las cuerdas, llevarlos a posiciones complejas en la negociación en las cuales sea prácticamente imposible no aceptar sus condiciones. Por eso, no resulta difícil entender la súbita decisión de imponer una nueva franja arancelaria a los productos mexicanos como consecuencia de una política migratoria ineficiente.

Hacer políticos dos temas que nada tienen que ver entre sí (comercio y migración), está debidamente calculado en el juego de negociación iniciado por Donald Trump. Ante la tajante posición que mantiene el mandatario, en la que afirma que es México quien necesita de los Estados Unidos y no distingue a la cooperación bilateral como una sociedad ganar-ganar, podemos esperar el inicio de la parte más importante de este juego, ese en el que el costo político se convertirá después en capital político. Pues imponiendo o no los aranceles, Trump conseguirá lo que busca: que México acepte la responsabilidad de contener los flujos migratorios para evitar la llegada masiva de migrantes centroamericanos a los Estados Unidos.

Ya se dio el primer paso, el Canciller ha comprometido el despliegue de seis mil elementos de la Guardia Nacional en la frontera con Guatemala para reforzar los filtros de control migratorio.

El siguiente paso podría ser que, aprovechando que el gobierno mexicano suscribió el Pacto Mundial para la Migración de la ONU el pasado 10 de diciembre en Marruecos (de hecho fue el primer compromiso internacional que le tocó a Marcelo Ebrard presentar al Ejecutivo de México), los migrantes en tránsito permanezcan en nuestro país a la espera de los juicios de asilo en los Estados Unidos o bien que ante la gama de programas sociales ofertados para la atención a los migrantes en México, ellos decidan solicitar refugio y permanencia en el territorio nacional.

Ante esto, el escenario le favorece a Trump a todas luces. Pone a México contra las cuerdas, impone aranceles para después quitarlos, mostrando la magnanimidad que le confiere haber alcanzado un “acuerdo” en el que su contraparte termina cumpliendo la mayoría de sus demandas sin recibir beneficio alguno.

 

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