Termina el año con un pulso entre los gobiernos de México y de Bolivia. Es el saldo del breve exilio de Evo Morales en nuestro país, pero es también el reflejo de una nueva alineación en el continente.

El presidente Andrés Manuel López Obrador no tiene como una de sus prioridades a la política exterior y esto lo ha dejado claro en diversas ocasiones, inclusive señala que “la mejor política exterior es la interior”.

Sin embargo, si hay dos aspectos que significan un cambio profundo respecto al pasado reciente e inclusive a las últimas décadas. 

Lo que cambió es la relación con países de los que las administraciones, sobre todo panistas, se alejaron, como son Venezuela y Cuba, pero ahora también Argentina.

De ello no hay nada raro, porque las aspiraciones políticas suelen reflejarse en los acuerdos y convergencias con otras naciones. 

Por eso se tomó la decisión de dar cobijo a Evo Morales y ello apagado a una amplia tradición de refugio político, que caracterizó a México al menos desde finales de los años treinta, cuando llegaron los españoles y después con el arribo de argentinos y chilenos que eran perseguidos por los gobiernos militares que habían tomado el poder.

Pero dentro de la crisis que derribó a Morales, y de la que existen diversas lecturas, quedaron cabos sueltos y entre ellos los ex funcionarios que solicitaron resguardo en la embajada mexicana en La Paz y entre quienes se encuentran Héctor Arce, quien fungió como procurador de Justicia y Juan Ramón Quintana, el poderoso encargado de la oficina presidencial.

Para el gobierno mexicano se trata de asilados que están en riesgo, y para la presidenta boliviana,  Janine Áñez, son prófugos de la ley e inclusive pueden estar relacionados con delitos de tráfico de drogas, además de fraude electoral y de los más diversos grados de violencia. 

Esto es, son objetivos valiosos para ambos gobiernos y, para aumentar las tensiones, también para los españoles y en particular Pablo Iglesias, líder de Unidas Podemos y principal aliado de Pedro Sánchez, quien trabaja de modo arduo para lograr su investidura presidencial en España. 

Por eso las autoridades bolivianas aprovecharon el incidente de los escoltas de la encargada de negocios de la embajada de España, Cristina Borreguero, al tratar de abandonar la residencia de la embajadora  mexicana Teresa Mercado.  

Las diplomáticas terminaron expulsadas del país y se aumentó la presión para que los asilados, aunque sea momentáneos, sean entregados a la policía de Bolivia. 

España expulsó también a representantes del gobierno de Áñez, pero México optó por tomar la situación con más calma y no abonar para que se llegue a quiebre definitivo.

Una prueba relevante para la cancillería y en particular para Marcelo Ebrard, quien tendrá que mostrar su oficio para lograr que la crisis no afecte la imagen del gobierno mexicano en el exterior.

La clave, quizá, está en insistir en la necesidad de elecciones, prontas y democráticas, que conduzcan al relevo de Evo Morales, pero ya sin la crispación y las acechanzas que ahora imperan.

 

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