Versa con frecuencia ese adagio eterno de Heráclito, el filósofo griego, que “nadie se baña dos veces en el mismo río”, frase puede leerse y ajustarse a perspectivas completamente distintas en nuestra vida, todas con una impronta clara: la repetición, muchas veces puede ser una oportunidad para enseñarnos a ampliar nuestra perspectiva.  

Sucede mucho al viajar, por ejemplo. Piensa en esto, que a veces, por trabajo, compromisos sociales o negocios solemos hacer trayectos a los mismos lugares de siempre: Semana Santa con los tíos, la navidad como cada año, otra vez a ver al cliente a Chicago. La rutina y la repetición puede sumergirnos en una automatización, en una pérdida de perspectiva sobre lo realmente valioso en la vida: las personas.

¿Qué es lo que hace distinto a los lugares de siempre?, ¿quién hace más divertidas las estancias y las mañanas en las que todo luce igual? Tal vez la pregunta se vaya a kilómetros de distancia, pero la respuesta está más cerca de lo que pensamos.

Las personas son tiempo. En los viajes, el tiempo pasa ligero cuando es al lado de alguien ameno, las horas y la espera no son nada cuando se emprende una travesía para vernos con ese “alguien” entrañable. Los minutos y los días son de carne y hueso y cada momento es disfrute y experiencia inolvidable.

Las personas son ojos nuevos. La escena se repite desde que saliste de casa de tus padres: llegas al destino, te abrazan, te cuentan la misma anécdota una y otra vez, la sopa sabe igual que hace años. Y sin embargo, todo es refrescante; como si esa calidez fuera equiparable a la fuerza que produce conocer un lugar.

Las personas son la alegría y el disfrute. Fue la chispa de genialidad la que hizo que el congreso de la empresa lejos de casa valiera la pena, fue la ocurrencia de tu hijo la que le dio al fin de semana escolar un matiz diferente, fue la mirada silenciosa de tu hermana diciendo “te extrañaba tanto” la que le dio sentido a ese fin de semana más en casa de sus suegros u otro destino. Somos las personas las que le hacemos que un lugar sea aún más maravillosa y que la comida, por sencilla o mala que sea, se convierta en una de las cenas más suculentas del mundo,

Las personas son momentos importantes. Paseaste con tu padre ese mismo sendero una cantidad notable de ocasiones, pero fue esta última vez la que lo cambió todo, en donde comprendiste en verdad por qué tenía tanta importancia para él. Ahora, ese pueblo aparentemente polvoriento, caluroso y aburrido es un paraíso. Tal vez, si tu padre no viviera ahí o no le gustara tanto a tu hijo, no sería lo mismo.  

Viajas todo el tiempo, mentalmente y de forma real, acumulas millas y tienes que viajar otras diez veces en el año para lo mismo. Sin embargo, a donde tú vas llevas ese botón que activa todo para que sea completamente distinto, memorable, divertido. Llevas el tiempo, las risas y los momentos en tu equipaje. Revalorarlo es sencillo: las personas son destinos y tú eres una persona. Si sabes a dónde vas, todo lo demás es un regalo. Así, el mismo destino siempre es uno nuevo.

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