En el último año he visto como hijos de amigos míos murieron por el estado decadente de nuestra sociedad política. Con la atención puesta en incrementar la riqueza personal, los políticos que han tomado el control del país en el Siglo XXI son personas sin conciencia histórica que, sin el mínimo interés por la labor social, por el servicio público, han llegado a posiciones de poder -algunas de responsabilidades de vida o muerte como la legislación de camiones asesinos en carreteras nacionales, o la responsabilidad de diseñar y cuidar la aplicación de las normas de relación entre policías, sociedad y delincuentes- únicamente con la visión de obtener dinero fácil que no pasa por  el rendimiento de cuentas ante nadie y si acaso, ante cómplices que persiguen el mismo interés. Sin conciencia histórica, sin un revisionismo de nuestra historia, estos políticos han destruido los principios y cimientos básicos de nuestra estructura social y cultural rompiendo los hilos conductores de lo que se ha llamado el ‘tejido social’ liberando conductas que en una óptica armónica serían conductas delincuenciales. Con un altísimo grado de cinismo, estos políticos, al no respetar las estructuras históricas de décadas de convivencia y construcción de esqueletos comunicantes en los que convivían fuerzas dinámicas en todos los sentidos de la inercia legal, cultural, social, fueron desgajando la estabilidad emocional y de convivencia de los distintos órdenes sociales, sin proponer una alternativa de dirección, dejando vacías las reservas de lógica y razón que dieran sustento a nuevas normas básicas de convivencia.

Sin una alternativa de dirección, como es el caso de la teoría revolucionaria -que destruye el orden establecido para sustituirlo por un nuevo orden preconcebido, prediseñado, que busca nuevas fronteras de desarrollo- la explotación de las posiciones políticas con fines económicos, ha destruido sistemáticamente el marco teórico del Estado Mexicano, dejándonos al país en la indefensión total.

Como ya lo hemos mencionado aquí, la insistencia en buscar y crear a Trump como un ‘punching bag’ a quien culpar de todos nuestros males, desde una perspectiva autocrítica, debería de servirnos para, al mirar hacia adentro de nuestro país, señalar las fallas sistémicas que nos están colocando en esta frágil posición en el teórico campo de batalla en el que ya estamos metidos frente al embate de las nuevas políticas de Estados Unidos. Culpar a Estados Unidos de sus políticas antinmigración, como un acto de agresión contra México, es el ejemplo más claro de esta lógica invertida. Si México tratara con dignidad económica, oportunidades laborales, distribución de la riqueza, a sus pobladores, estos no tendrían la necesidad de buscar opciones de supervivencia en Estados Unidos. Si bien, allá se ven beneficiados por la mano de obra barata y de alta calidad, ciertamente el ciclo comienza con la pobreza -y ahora la violencia- que expulsa a su gente, en México.

En el mensaje que Trump dio ante el Congreso norteamericano, destaca su política de incentivos fiscales para que las empresas norteamericanas no busquen salirse del país. La propuesta mas notoria es la reducción del equivalente al ISR de 35 a 20 puntos sobre utilidades declaradas. Una propuesta arriesgada para los ingresos del estado, que se verá compensada con una acción de ampliación y cumplimiento de la base fiscal. Se pueden reducir impuestos en tanto haya cada vez más personas pagándolos. En nuestro país, lejos de buscar ensanchar esa plataforma socioeconómica que genera impuestos, la acción ha sido cautivar más a los cautivos, incrementando los impuestos que paga una base reducida, en lugar de buscar la generación de más impuestos a lo ancho, es decir, en una base poblacional más amplia y activa. Una de las razones fundamentales ha sido el clientelismo que utilizan todos los partidos para generar votos a su favor. Tolerando el comercio informal, el hacinamiento poblacional, el reclutamiento extraoficial de sindicatos y asociaciones diversas, es el propio gobierno el que genera grandes cantidades de dinero que no se reporta al fisco. A ello hay que sumar que los funcionarios de partidos políticos, así como toda la plataforma del poder legislativo -por ejemplo- no pagan un solo peso de impuestos. Este clientelismo, que es el que, además paraliza ciudades en manifestaciones, deteriora la eficiencia de los servicios públicos y explota la tramitología como fuente adicional de ‘cobro de piso’, destruye la base económica al no ingresar sus recursos al sistema formal, manejando una sub economía en el terreno de una informalidad que, además, propicia el paso rápido y dinámico a negocios de carácter totalmente ilegal. Una vez zanjada la frontera de lo aparentemente legal -que sería el recibir dinero registrado fiscalmente, cumplir con obligaciones de impuestos, documentar las transacciones en la formalidad-, el terreno de movimiento del dinero ‘fácil’ se puede extender hacia cualquier frontera: la fayuca, la piratería… el narco, el tráfico de personas, el cobro de piso, etc. Acciones todas, toleradas por los políticos que, en su afán de crear riqueza, no voltean hacia la pirámide de corrupción que crean desde el inicio mismo del ejercicio de autoridad.

Así, la muerte de jóvenes consecuencia de la anarquía con la que circulan los tráileres de doble remolque en nuestras carreteras, es nota momentánea en la que se discute, la sociedad presiona, los periodistas presionan… hasta que se llega a un precio de negociación que concederá el silencio del ‘periodista’, la anulación de los políticos ‘activos’ a favor de una nueva legislación, y el sostenimiento del status quo por la clase política en pleno -poderes Judicial, Legislativo y Ejecutivo de todos los niveles- que actúan como pandilla que se autoprotege en beneficio del sostenimiento del sistema que, eventualmente, recompensara a todos los participantes. Así también, el asesinato de una joven se pierde no solo en el marasmo de la información convenientemente dirigida a la destrucción del ánimo nacional, sino también en círculos de protección en donde los policías, los jueces, los investigadores, desacreditan a la víctima y sus defensores, siempre a la búsqueda de un silencio que protege y mantiene la clase política, que, en su nuevo papel del Siglo XXI, es un grupo de personas que obtienen el poder para ofrecerlo a quienes quieran delinquir, abusar, utilizar el sistema en beneficio de acciones dudosas, pudiendo llegar incluso a la protección de acciones francamente delincuenciales, siempre y cuando genere dinero.

Por muy loco o descarrilado que parezca Trump, debemos de voltear a vernos a nosotros para darnos cuenta de que, mientras el ejercicio de poder en EU conserva contrapesos que limitan acciones que podrían rayar en la anarquía, en nuestro México no hay tales. Una reducción de 15 puntos en el ISR en México, sería impensable dada la estructura fiscal diseñada para el fraccionamiento clientelar. Una reducción de 15 puntos en el ISR en Estados Unidos, puede significar no solo la contención de empresas norteamericanas en Estados Unidos, sino también la atracción de otras muchas empresas y negocios que, de México, encontrarían allá las oportunidades financieras de desarrollo que aquí no existen… y no van a existir.

Aun cuan peligroso sea Trump, nuestra actual dinámica político/social es más peligrosa para el futuro inmediato de México. Sin argumentos contundentes de defensa, sin estructuras solidas de cultura histórica que den sustento a los argumentos de defensa -que la propia clase política ha destruido-, difícilmente pasaremos este episodio sin un sacudimiento intenso. El que ese sacudimiento sea externo y destruya aún más nuestra idea de país, o que sea interno, y contribuya a un cambio de paradigma, dependerá de la habilidad que tengamos para esquivar el bombardeo oficialista de información y pongamos el ojo en la discusión necesaria de transformar nuestra ideología.

 

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