Por Juan Fernández*

El poeta Donald Hall escribió “Después de una vida de admirar la vejez, la naturaleza me convirtió en viejo”. Esto resume sabiamente el hecho irrefutable que estamos destinados a convertirnos en ancianos; y añado: Todos nos haremos viejos económicos.

Esta vejez económica consiste en la incapacidad de generar ingresos consistentes basados en el trabajo durante la (muy cursi) llamada tercera edad: Es evidente que un agricultor de edad avanzada no cuenta con el mismo vigor y energía que uno joven, por lo que es natural que su productividad vaya en declive con los años. Pero la vejez económica no solamente aplica para aquellas actividades que requieren de labor física: Eventualmente, la mayoría de los doctores, abogados, pilotos de avión y enfermeras sucumbirán a los estragos de la vejez y en algún momento tendrán que dejar de trabajar. Este es el temido retiro, que resulta en lo que puede ser el problema financiero más difícil y desagradable que existe.

Los incrementos significativos en la expectativa de vida en los países desarrollados (40 años al principio del siglo XX vs. 80 años actualmente) han modificado radicalmente la ecuación económica a través de la cual los individuos sobreviven a la vejez: Hace unas cuantas generaciones, la solución era formar una familia extensa, en donde los hijos y nietos pudiesen procurar de forma mancomunada el sustento a los ancianos. Esta fórmula ya no aplica bajo el modelo de familia moderna con 1 o 2 hijos, que difícilmente podrán mantenerse a sí mismos de adultos, mucho menos cargar con sus viejos cuando éstos se retiren.

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Estoy cerca ya de los 50 años, y pienso frecuentemente acerca de cómo será mi retiro. Estoy convencido que retirarme a los 65 años puede ser demasiado tarde para llevar a cabo los planes de vida que tengo con mi esposa, y no estoy seguro que pueda trabajar otros 15 años al mismo ritmo que lo hago actualmente. Me pregunto: ¿Estoy preparado? ¿Mi ahorro será suficiente para mantenerme a mí y a mi esposa durante nuestra vejez? ¿Qué haré con el tiempo que recupere al momento de mi retiro? ¿Qué pasará con nuestros hijos?

Cuando hablamos acerca del futuro, a los mexicanos nos gusta poner nuestras esperanzas allá arriba. Encogemos los hombros al tiempo que decimos “ya Dios dirá”. Sin embargo, encuentro que entre mis colegas y amigos también se hacen estas mismas preguntas. La educación financiera, el incremento en nuestra longevidad, la existencia de planes más sofisticados de pensiones y en general una mejor conciencia del retiro en México son los ingredientes con los que podemos abrir más esta discusión en nuestro país.

Recientemente, el premio Nobel de economía William Sharpe (quien de forma ejemplar sigue muy activo a los 83 años) publicó abiertamente su trabajo relacionado a las Matrices para Escenarios de Ingreso durante el Retiro, incluyendo el “dilema de la decumulación”, es decir: El uso de los ahorros durante el retiro.

Sharpe, siendo el padre del Capital Asset Pricing Model, y otras teorías bastante sofisticadas, llama a este dilema el Problema más Difícil y Desagradable en finanzas. Muchos retirados viven actualmente bajo la regla de dedo que les ha sido recomendada por sus asesores financieros: Retirarse a los 65 años, y gastar anualmente el 4% de sus ahorros hasta que a) Fallezcan, o b) Se queden sin dinero. En mi caso, la opción a) parece la menos agresiva.

Esta regla de dedo resulta incompleta para una realidad financiera en donde los escenarios potenciales son casi infinitos cuando se combinan las distintas variables relevantes: Expectativas de años de vida, niveles de inflación, desempeño de los mercados financieros, ingresos por otras fuentes (por ejemplo: pensiones, rentas inmobiliarias, o empleo ocasional en el futuro), así como la variable más compleja en evaluar: La utilidad del ingreso obtenido en cada año subsecuente.

Los académicos de la economía del comportamiento (Richard Thaler recientemente ganó el Nobel de Economía por su trabajo en este campo) han demostrado que los seres humanos a menudo tomamos decisiones económicas que resultan irracionales. Esto es, no somos una computadora que puede calcular con total precisión los posibles escenarios derivados de nuestra toma de decisiones: Nos gobiernan el miedo, la avaricia, la incertidumbre y todos los sesgos emocionales que constituyen parte de nuestra esencia. Por lo tanto, cuando tomamos decisiones financieras con respecto a nuestro futuro, y especialmente en cuanto a la vida que visualizamos tener durante el retiro, somos criaturas irracionales con una capacidad extraordinaria para fabricar expectativas y soluciones inverosímiles.

Sharpe nos brinda algo de ayuda en delinear esta situación idealizada de nuestra vida de ancianidad con base en el cálculo de un valor numérico de “utilidad esperada” de cualquiera de los escenarios de ingreso durante nuestro retiro. Por ejemplo: Si dado que considero que al jubilarme ya no tendré que gastar en aspectos como gasolina, vestimenta formal, estacionamientos, comidas fuera de casa, etc.  entonces podré definir al 75% de mi ingreso laboral como ingreso de retiro, y podré entonces definir también a mi “utilidad esperada” como 0.75 veces mi ingreso corriente. Naturalmente, esta utilidad esperada puede irse reduciendo al paso del tiempo conforme los requerimientos de ingreso son cada vez menores (los hijos ya están trabajando, se viaja menos, los gastos superfluos se reducen, etc.).

La idea planteada por Sharpe es que esta utilidad esperada se convierte en una medida de felicidad, medida como un promedio de todos los niveles futuros de felicidad posible; considerando la inflación, expectativa de vida y desempeño de los mercados, ponderados todos por su probabilidad de ocurrencia. La idea es seleccionar de entre los escenarios posibles el “mejor”, es decir, el que tenga el mayor nivel de utilidad esperada de acuerdo con las preferencias personales de cada individuo.

La miríada de escenarios y resultados potenciales de este análisis son dignos de los problemas más sofisticados en finanzas. También pienso que el proceso de análisis para resolver este problema resulta desagradable: Además de estar considerando nuestra propia inhabilitación económica y mortalidad, este dilema no admite equivocación – El recipiente de un mal análisis, o una decisión equivocada, seré yo mismo. Y francamente, prefiero morir antes que convertirme en un lastre económico durante mi vejez.

*Juan Fernández es CFO de Engenium Capital.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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