No hay manera de predecir qué ocurrirá el siguiente año, pero no es imposible que los dos factores clave resulten ser: los candidatos en cada distrito (o sea, una dinámica más local y menos nacional) y la situación económica, particularmente la percepción y expectativas sobre cómo están las cosas.

 

 

¿Quién ganará la elección intermediade 2015? ¿Logrará el PRI una mayoría absoluta (casi) retornando con ello al viejo sistema político? Es imposible predecir el resultado, pero ciertamente es posible especular sobre los elementos que podrían arrojar diversos escenarios.

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La dinámica de las elecciones intermedias ha seguido una lógica cambiante. Para Salinas, la elección de 1991 fue un éxito radical: lo que no obtuvo en 1988 lo logró en la intermedia. Su triunfo fue arrollador pues ganó los 300 distritos de mayoría, como en los viejos tiempos. La lectura de los analistas fue que el resultado constituyó una aprobación del liderazgo del presidente. Esto se consideró la norma cuando la intermedia de Zedillo, en 1997, llevó a que el PRI perdiera la mayoría por primera vez en la historia: la crisis de 1995 había minado al presidente. Parecía una regla inamovible.

La situación cambió durante los gobiernos panistas: tanto Fox como Calderón perdieron la intermedia pero no es evidente que haya sido por la misma razón. En la lógica anterior, la derrota del PAN en 2003 y 2009 reflejaría un desencanto con esos gobiernos. Sin embargo, a partir de la derrota del PRI en 2000 ocurrió un cambio importante: el debilitamiento de la presidencia y el concomitante fortalecimiento de los gobernadores, que introdujo otro elemento en la dinámica electoral. A partir de 2000 se dieron grandes transferencias presupuestarias y los gobernadores adquirieron gran autonomía y capaci­dad de manipulación política y electoral. El presidente Peña fue quizá el más exitoso de los gobernadores de esa era.

En contraste con la era priista previa, los presupuestos comenzaron a negociarse en el Congreso y eso le confirió un enorme incentivo a los gobernadores para construir bancadas grandes y fuertes que garantizaran beneficios a sus estados. Esto ha vuelto a cambiar.

El presidente Peña ha recentralizado el poder y reforzado a la institución presidencial, lo que prácticamente ha eliminado la función presupuestal del Congreso. En consecuencia, los gobernadores han perdido poder relativo y presupuestos discrecionales, disminuyendo su capacidad e incentivo para actuar por su cuenta. En este contexto, ¿seguirá funcionando la lógica reciente? ¿Retornaremos a la era priísta? ¿Una nueva dinámica?

Sin duda, con el regreso del centralismo presidencial, la dinámica electoral va a responder en mayor medida a la percepción de liderazgo del presidente y, sobre todo, a su desempeño económico. Esto sugeriría que la dinámica de la elección intermedia retornará a lo que existía en la era priista. O sea que 2015 será un referéndum sobre el presidente Peña, donde el desem­peño económico se tornará clave.

Pero hay otro factor que es imperativo incorporar al análisis: la maduración de la sociedad. La primera elección presidencial en que hubo encuestas públicas profesionales fue en la de Zedillo. Tanto en su elección como en la de Fox se dio un fenómeno peculiar: mien­tras que el ganador obtuvo cierto porcentaje del voto, en encuestas sucesivas —seis meses después o más— un número mucho mayor de personas afirmaba haber votado por el candidato ganador.

La interpretación que los encuestólogos le dieron a ese fenómeno fue que se trataba de una sociedad políticamente inmadura y que eso implicaba que la gente tendía a asociarse con el ganador: el peso del presidencialismo. Con nuevas generaciones, ese fenómeno ya no se da: la popularidad tanto de Calderón como de Peña se ha mantenido “tercamente” muy cerca del número que obtuvieron en la elección misma. Ante la pregunta de por quién votaron, la discrepancia entre el voto real y lo que la gente dice es irrisoria; es decir, la sociedad ha madurado.

Otro ingrediente relevante es la situación de los partidos de oposición. Tanto el PAN como el PRD experimentan fuertes divisiones internas. A esto se adiciona el que ambos partidos participaron en el Pacto por México: si las cosas salen bien, se beneficia el PRI; si salen mal, pierden los tres. A menos que se dé una situación desastrosa en los próximos meses, esto quizá no impacte el resultado de 2015 (pero quizá sí de 2018). Por otro lado, es anticipable que muchas contiendas presumiblemente girarán en torno a candidatos locales y no a partidos nacionales.

Por supuesto, no hay manera de predecir qué ocurrirá el siguiente año, pero no es imposible que los dos factores clave resulten ser: los candidatos en cada distrito (o sea, una dinámica más local y menos nacional) y la situación económica, particularmente la percepción y expectativas sobre cómo están las cosas. De seguir la situación económica actual, el PRI tendrá mucho menos que ofre­cer a pesar de los éxitos políticos recientes del presidente.

 

 

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