Spike Jonze explora de manera sutil y afortunada la soledad por la que optamos al adentrarnos en nuestro mundo digital.


El protagonista de Ella (Her, 2013), Theodore Twombly (Joaquin Phoenix) es un hombre incapaz de expresar sus emociones, antes de enfrentarlas prefiere interiorizarlas. Incluso es mejor plasmando las emociones de otros, como lo demuestra día a día en su trabajo dentro de una empresa dedicada a escribir cartas por pedido.

Un día Theodore compra un nuevo sistema operativo, uno cargado con inteligencia intuitiva. Casi sin notarlo, Samantha, como se hace llamar el OS –la sexy voz de Scarlett Johansson–, comienza a poner orden en todos los aspectos de su vida y una relación nace.

Ésa es la base argumental sobre la que Spike Jonze (El ladrón de orquídeas, Donde viven los monstruos) reflexiona acerca del amor en la era digital, la fragilidad del ser humano y su estabilidad mental. En un nivel más personal, la cinta bien podría servir como un complemento/respuesta a Perdidos en Tokio (Lost In Translation, 2003) de Sofia Coppola, ex de Jonze.

El Theodore bordado por Phoenix es un producto de su tiempo, la película está llena de tomas que nos recuerdan lo aislados que se encuentran los integrantes de esta sociedad. En el metro nadie habla, todos atienden su teléfono o sostienen una charla con el mismo por medio de un chícharo en la oreja, como si se tratara de un pasaje de Fahrenheit 451.

Jonze evita caer en la obviedad llevando sus cuestionamientos a terrenos más profundos, ¿puede ser real la relación entre un hombre y una inteligencia artificial? ¿Quién juzga qué es real? ¿Es lo artificial más auténtico? Adentrándose en uno de los dilemas clásicos de la ciencia ficción: la tecnología supera al ser humano.

A diferencia de muchas películas del género que intentan crear un hipotético futuro mediante un diseño de producción recargado y ostentoso, Ella opta por la sutileza. Es un mañana muy parecido al presente, algunos efectivos detalles marcan el cambio. Una jugada muy parecida a la implementada por Jean-Luc Godard en Alphaville, une étrange aventure de Lemmy Caution (1965).

Gracias a la combinación de dichos elementos Spike Jonze logra crear algo hermoso y perturbador al mismo tiempo. No se queda en ser una mera actualización de la premisa presentada en Electric Dreams (1984) gracias a una serie de secuencias verdaderamente conmovedoras.

Theodore, como muchos, busca un amor perfecto –idealizado al extremo– y, por una temporada parece encontrarlo en una inteligencia artificial con una sensibilidad mayor a la de muchos humanos, hasta el momento en que la ilusión se derrumba y los naipes del castillo caen de golpe. Similar a la experiencia de Max (Max Records) con las criaturas del bosque de Donde viven los monstruos (Where the Wild Things Are, 2009).

La relación entre Theodore y Samantha falla por la misma razón que su matrimonio fracasó, no es una incompatibilidad física sino emocional. Él sólo busca llenar un vacío en su vida, acabar con su soledad sin ceder algo a cambio. ¿Así será el amor en la era digital?

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