Muchas veces reconocemos que algo está mal; pero no hacemos nada o bien nos escudamos diciendo “no es mi asunto” o “yo sólo cumplo órdenes”, ¿qué pasa cuando esta falta de consciencia se convierte en una conducta agresiva?, ¿hay vuelta de hoja? 

 

Por Julia Borbolla

 

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Los mexicanos estamos viviendo una difícil época de violencia en nuestro país. Los niños se agreden en las escuelas y ya no quieren ser bomberos cuando sean grandes, prefieren ser sicarios con guardaespaldas y armas de alto poder. El bullying en las escuelas es el claro reflejo de que el ejemplo cunde y va destruyendo el tejido social.

Un niño agrede a otro, un futbolista celebra un gol simulando un disparo en la sien de su compañero, un automovilista insulta y manotea al que se metió en la fila, una mamá se pone como fiera si le bajan la calificación a su niño. La verdad es que nuestras respuestas emocionales no están siendo sanas y la atmósfera de violencia le está ganando a la armonía.

Los gobiernos, las escuelas, los padres y maestros buscan la solución en la persecución y el castigo a todos niveles; sin embargo, hay algo más a lo que debemos poner atención, si queremos entender porqué hay maldad y cómo evitar que nuestros hijos caigan en ella, existe una vacuna para que la violencia no siga apoderándose de nuestra sociedad, empatía

La empatía es nuestra habilidad para identificar lo que el otro piensa y siente, y responder a eso con una adecuada respuesta. Esto ocurre cuando suspendes la atención hacia ti mismo y te conviertes en una persona con pensamiento bilateral, es decir, no solo “yo” sino “yo y el otro”. Es aprender a leer los mapas mentales de los demás y entender por qué hacen lo que hacen.

Generalmente, cuando hemos vivido una situación difícil, nos es más fácil ser empáticos con los demás; sin embargo, no es requisito indispensable. Aunque en mi familia nadie padezca cáncer, puedo suponer la angustia y el miedo que eso genera porque en otras circunstancias he experimentado esos mismos sentimientos.

El neurólogo Simón Barón Cohen, en su libro “The Science of Evil” dice que la empatía es como un regulador de luz que tienen una gama de gradientes del 0 al 6.

Nivel 0 = nada de empatía, no hay remordimiento o culpa. No puede entender lo que otra persona siente.

Nivel 1= reconoce el daño, siente pesar por ello pero eso no lo hace detener su conducta.

Nivel 2= vislumbra lo que el otro puede sentir como para dejar de hacerlo, aunque no necesariamente deja de hacerlo. Sabe que hizo mal, falla y se mete en problemas, como perder su trabajo o amigos.

Nivel 3= sabe que se le dificulta la empatía y hace esfuerzos por parecer “normales” pero la interacción social le cuesta trabajo y por ello prefiere estar solo. No entiende las bromas ni lee las expresiones faciales.

Nivel 4= bajo nivel de empatía, prefieren hablar de hechos que de emociones. (más hombres que mujeres).La amistad se basa más en compartir actividades e intereses más que sentimientos.

Nivel 5= ligeramente por encima de la empatía regular. Amistad basada en sentimiento, comparten confidencias, recibe y da apoyo, expresa compasión. No es que esté siempre pensando en los demás pero los tiene en su radar todo el tiempo (más las mujeres que los hombres).Pasa tiempo con otros aunque tenga mucho que hacer porque le interesa lo que hacen y piensan los demás.

Nivel 6= marcada empatía, siempre enfocado en lo que otros sienten y piensan. Los demás nunca salen de su radar.

A pesar de que cada persona se puede ubicar en alguno de estos niveles como parte de su personalidad, todos transitamos en una escala de empatía de baja a corta en el día a día. Por ejemplo: El alcohol, la fatiga, la depresión reducen temporalmente los niveles de empatía en las personas; por otro lado, un evento placentero puede aumentarla.

Se supone que la empatía es una función superior del cerebro exclusiva de la especie humana; sin embargo, en los últimos tiempos los científicos han descubierto conductas empáticas entre los animales, a veces hasta más que entre los seres humanos.

Para que se dé la empatía se tienen que cumplir dos etapas:

Reconocimiento: capacidad de distinguir lo que otro puede sentir o pensar.

Respuesta: reacción ante el otro.

Muchas veces reconocemos que algo está mal; pero no hacemos nada o bien nos escudamos diciendo “no es mi asunto” o “yo sólo cumplo órdenes”.

 

¿La empatía es innata o adquirida?

 

En nuestra red de neuronas está la base de la empatía. Literalmente podemos sentir lo que sienten los demás mediante las “neuronas espejo” esas que nos hacen cerrar los ojos ante una escena de tortura o hacen que movamos los labios al mismo tiempo, cuando le estamos dando de comer a un bebé. Los neurólogos han localizado 10 zonas cerebrales que tienen que ver con la empatía, desde el sitio en donde modulamos el lenguaje para no ser bruscos, hasta las conexiones sinápticas que nos permiten interpretar una mirada o conmovernos con una película. Muchos estudios han revelado que los asesinos seriales, por ejemplo, tienen bloqueadas o dañadas algunas de estas zonas y algunos, inclusive, ante un asesinato se les iluminan las zonas del placer.

De acuerdo a lo que dice Simón Cohen, no hay maldad como tal, sino total falta de empatía. Al mismo tiempo se ha comprobado que hay una parte aprendida, pues si un niño vive en desamparo, por mucho que haya nacido con la capacidad neurológica, le será muy difícil desarrollarla porque no ha sentido en carne propia la experiencia de amor y cuidado indispensables para ponernos en contacto con nuestro sentimientos y los de los demás.

La confianza de un niño, su concepto de sí mismo, su capacidad de lanzarse ante el aprendizaje y las relaciones sanas dependen de la calidad de cuidado que reciben de un adulto amoroso.

Mary Gordon, una maestra canadiense, inventó un programa escolar al que llama “Raíces de la Empatía”. En él, acerca a los estudiantes con los bebes, quienes despiertan sus más tiernos sentimientos y los conectan con la vulnerabilidad que todos hemos sentido alguna vez. En estos encuentros los estudiantes van ejercitando su empatía. El bebé y su madre los visitan en el salón cada mes y ellos van viendo su evolución y la relación de apego. Este programa que se complementa con ejercicios de empatía ha ganado premios internacionales pues ha demostrado que reduce significativamente los índices de violencia dentro de las escuelas.

Hoy, los padres y maestros sabemos que más allá de amenazas o privaciones tenemos que trabajar ejercitando nuestra empatía y la de los niños. Necesitamos que ellos aprendan a ponerse “en los zapatos de los demás” para que se protejan entre sí, se toleren y sobre todo, se consideren. El regalar juguetes en navidad no siempre es fruto de la empatía, pues puede surgir de una necesidad personal de “ser bueno” o de “calmar culpas” y no de una verdadera conciencia social que se practique de manera constante y coherente.

Cualquier momento es bueno para empezar a ejercitar la verdadera empatía.

Hay que comenzar con los que tenemos cerca y recordar que la empatía no es darles a los demás lo que yo creo que necesitan sino tomarme el tiempo de averiguarlo.

 

*Julia Borbolla es fundadora de Antenas por los niños y emprendedora social Ashoka

 

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Twitter: @ashoka_mx

e-mail: [email protected]

Página web: http://mexico.ashoka.org/

 

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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