Por Julián Andrade*

Todavía recuerdo el último informe de José López Portillo en septiembre de 1982. El entonces presidente lloró, nos contó que nos habían saqueado, estableció un control generalizado de cambios y nacionalizó la banca.

La salida de divisas se acompañó de la amenaza de dar a conocer la lista de los “saca dólares”, los fifis de aquellos años. Nunca supimos los nombres de los malvados, aunque con el tiempo comprendimos que así son los capitales, volátiles e interesados.

Comprar dólares se volvió complicado y quienes tenían ahorros en esa moneda vieron cómo se convertían en mexdólares.

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La nacionalización bancaria significó un duro golpe hacia el sector empresarial y funcionó para que el Estado controlara la economía en un momento de alta turbulencia.

Estas determinaciones no fueron consultadas con el presidente electo, Miguel de la Madrid, quien tuvo que hacer frente a una crisis estructural que, con los años, se manifestó también en el panorama político.

Parte del descontento y de las rupturas del grupo en el poder se fueron cultivado en esos días de sobresaltos, donde los ajustes económicos y los pactos se volvieron un lenguaje cotidiano.

La “administración de la abundancia”, que era el sueño de López Portillo, se convirtió en una pesadilla prolongada que complicó a los mandatos siguientes.

La enseñanza es que muchos de los problemas se habrían podido evitar con el cuidado y la planeación debida.

La banca se volvió a nacionalizar y con el paso de los sexenios quedó, casi en su totalidad, en manos extranjeras, lo que tampoco es una buena idea.

La otra gran crisis inició con la llegada de Ernesto Zedillo al poder, tan solo semanas después del final del gobierno de Carlos Salinas. El dólar se fue a los cielos, los créditos se hicieron impagables y se tuvo que intervenir para que los bancos no quebraran, por medio del Fobaproa. El “error de diciembre”, le llamaron los expertos.

Miles y miles de familias sufrieron en su patrimonio, porque se quedaron sin posibilidades de cumplir con los compromisos financieros que adquirieron años antes, cuando la economía marchaba bien y se percibía un horizonte de estabilidad.

Las deudas se convirtieron en UDIS y había que revisar los índices inflacionarios para determinar el pago por el dinero prestado. Para salir del bache, por demás peligroso, funcionó la autonomía del Banco de México y su mandato de contener la inflación.

Una de las virtudes de la administración de Zedillo es que entregó el poder a Vicente Fox sin un derrumbe en la economía. Esto mismo ocurrió con la llegada de Felipe Calderón y de Enrique Peña Nieto.

Desterramos, de algún modo, la maldición de los ciclos sexenales para establecer las pautas de las alternancias y entregas ordenadas.

El costo siempre es alto y por eso valoramos las buenas decisiones económicas.

Aprendimos, a golpes de espantos, que una de las mejores políticas sociales es la que permite el crecimiento, la inversión y la estabilidad en los empleos.

En la fiebre de las crisis, los más pobres suelen ser los más afectados, en una paradoja tan triste como persistente.

*Periodista y escritor. Es autor de la Lejanía del desierto y coautor de Asesinato de un cardenal

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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